Las cosas que no se ven

1105 Words
Stanton es desconfiado, muchísimo. Se notó cuando llegamos a casa: su tío se había metido en su cabeza con mucha fuerza. Yo tenía dos opciones: distraerlo con sexo —lo cual me ayudaría pero fortalecería la idea de que estaba haciendo algo mal— o crear una crisis. Elegí la segunda. —Voy a ir a correr. —¿Quieres que mande a alguien contigo? —No. Asher seguro tiene eso cubierto —respondí mientras iba a cambiarme. Llamé desde la línea oculta que llevo en el bolso y le pedí a mi handler vernos al final de la calle. Él vendría con pinta de indigente; no le di más información porque lo mejor para mi seguridad es ni siquiera usar un teléfono de esta casa ni la línea telefónica. Pero era lo más rápido. Tardé en alistarme para ganarle tiempo a Edward, aproveché para beber y comer un poco Bebí un poco de agua y me aseguré de comer miel antes de salir. Llevé algo de efectivo en la media y una pulsera de diamantes que me había regalado Stanton. Él se quedó viéndome desde el balcón. Corrí siete kilómetros hasta encontrarme con Edward, disfrazado de indigente. Él vino por la pulsera; yo me defendí. —Nadie puede ir a verle; ningún policía. La seguridad tiene que ser para los otros y necesitas un antídoto —me advirtió. —Es una trampa —contestó. —Sí. Lo voy a extraer, y tú tienes que comunicarte con el periódico —me indicó. Me dio una cachetada. Le pegué de vuelta y él me empujó; sacó el dinero que llevo en el pie y me preguntó si necesitaba más golpes. —Un labio y la ceja —respondí. Él negó con la cabeza antes de darme un golpe que me dejó dormida. Cuando desperté, lo hice en la habitación de la casa de Stanton. Él estaba sentado a mi lado en la cama; parecía asustado. Yo estaba acostada con un monitor en el brazo. Él tomó mi otra mano y me pidió que me tranquilizara. Llamó al médico, quien me revisó de pies a cabeza y nos aseguró que había sido el golpe y el susto del asalto. Yo miré mi muñeca; él seguía con la mirada en el mismo lugar. —Te compraré otra —me prometió, acariciándome el pelo. Poco después fue a cambiarse para dormir. El médico nos dijo que se quedaría en la habitación de al lado. Le agradecí y él aseguró que no me sintiera mal; solo un poco de dolor. Vito sonrió, se acostó a mi lado, me acarició la espalda y me acunó entre sus brazos. Me protegía y mimaba, como hacía hace mucho tiempo nadie. Durante tres días me mantuvo en una burbuja. Entré en pánico porque sentía que estaba decidiendo qué hacer conmigo; pensé que si lo hacía sería como en una bolsa, como mi primo. —Buenos días —dijo—, y me puso el plato con el desayuno. Nos miramos. Apreté los labios para pedir un beso; Vito me besó con todo el cuidado y me acarició mientras me miraba a los ojos. —Voy a salir de la ciudad —le avisé. —¿Por qué? —Mi tía se está muriendo. Quiero ir, comprarle comida, dejarle dinerito, pagar algunas cosas para que estén cómodos. —Voy contigo. —No lo entenderán. Iré sola, como si fuese costurera; todo normal. —Puedo ir como si fuese camionero. —Mi amor, tú no has sido pobre ni una hora en tu vida —respondí, y le di un par de besos en los labios—. Te voy a extrañar muchísimo. Probablemente regrese antes, pero lo tengo que hacer. Tú tienes negocios que atender. Además, como voy a la frontera, puede que me lleve a Pancho o lo Trompa. —Deja de cambiarle los apodos —respondió divertido, y me acarició la espalda. —Tengo negocios que atender. Me quedaré, pero espero que estés de vuelta en la noche. Vas en helicóptero y regresas en helicóptero —respondió, y yo asentí. Me preparé para crear un mensaje para el periódico. La gente no se imaginaría lo curioso que es el entrenamiento encubierto. Siempre he sido muy numérica, así que para el sudoku envié coordenadas. Como respuesta, ellos me enviaron vecindarios de esa zona, el más largo, siempre el más largo. Y como sabía que Pancho era 100 % fiel a Vito, le puse unos cuantos laxantes en la comida; así logré llevármelo entero. Le permití quedarse fuera de la casa. En el interior estaban Edward, Richard, Gil y mi papá. Corrí hacia él último; lo abracé con todas mis fuerzas. Él me acarició el pelo y me miró. Me alegré de haber cubierto los moretones; mi papá habría querido encerrarme en casa de una vez por todas. —Vamos a iniciar el operativo para detener a los Stanton. Gil ha conseguido bastante evidencia. Creo que es lo mejor, sobre todo si comparamos los desastres que has cometido con la libertad que te hemos dado —dijo mi jefe. —Ayer fui a una reunión con Asher y Vito —respondí—. No es el momento. —¿Por qué? —Les han dado 20 kilos de fentanilo a cada uno, y ya lo distribuyeron. Si los metemos a la cárcel ahora tendríamos montones de sobredosis, una crisis pandillera y policías muertos. Lo mejor es esperarnos —respondí. —Este es el mejor momento. Tendrán que reajustarse; eso nos dará tiempo para hacer espionaje. —No es el mejor momento. Estoy intentando formar parte del círculo de los Stanton.—Propongo —Detengan a Asher, eso significaría que todos respondería en exclusiva a Vito y acumular el poder en una sola persona lo vulnerabiliza. Me escuché mentir durante esa reunión. Lo de los 20 kilos había pasado el mes anterior. Ya conocía al tío Stanton y podía dar su localización; podía elegir irme con Gil, podía dar detalles. No necesitaba mucho más. Pero no quería dejarlo. Entonces comprendí que lo peor que podía pasar me estaba pasando. Estaba enamorada. Gil también lo entendió. Antes de salir, con la aprobación de mis jefes, me dijo al oído: —Tienes que elegir un bando. No siempre vas a poder detenerles con historias; tu mentira no calza con lo que yo sé. Gil me lo confirmó, me dio un beso en los labios y, por primera vez, no sentí que el mundo se acabara. No sentí que mi casa fuera este lugar; supe que mi casa estaba en otro lugar, que mi corazón correspondía a otra persona.
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