Primera y última

1433 Words
Para muchos, el tío Staton era una entidad invisible. Nadie lo conocía. La policía no tenía sus descripciones. Sabían que todo el que quería entrar en grande, con nueva mercancía, tenía que hablar con Staton, tenía que tener su bendición. Pero, regularmente, se enfrentaban a sus perros bravos: Asher y Vito. Ellos decidían si la información era lo suficientemente buena como para reunirse con el tío y hablarle de negocios. La casa era preciosa. Nadie pensaría que, para llegar a la guarida del mafioso más poderoso del país, había que tomar una lancha, subir en un auto y atravesar un túnel de al menos ocho kilómetros. La propiedad era tan impresionante como la de su sobrino… pero mucho más difícil de acceder. Yo me sorprendí cuando lo vi. El hombre era alto, fuerte, atlético. Se parecía demasiado a Vito, con la diferencia de los años en el rostro y unos ojos más oscuros, más intimidadores. Vestía un traje caro. Todo en él gritaba dinero. Poder. Su manera de moverse lo confirmaba. Estaba sentado en una mesa larga jugando parchís con sus hijas y con Asher. Nos vio. El juego se detuvo al instante. Sonrió y se puso de pie: a su sobrino lo recibió con un abrazo fraternal, a mí con un beso en los nudillos. Mientras intercambiábamos saludos, los demás retiraron las manos de la mesa, como si existiera una regla no escrita. La pequeña Lexi miró a su primo llegar con dos bolsas de regalo: una para el anfitrión, con un par de botellas de whiskey; otra para su competidora. Ella sonrió. La otra niña lo observó con tristeza… pero guardó silencio. Yo memoricé cada detalle de Staton: su aspecto, sus gestos, el tono de su voz. Información útil. —Señora Cárdenas —me llamó. —Lily. —He leído mucho de sus actividades de ingenio —dijo divertido—. ¿Cómo está su marido? —En proceso de descomposición. —Lo miré directo a los ojos. Asher se encogió en su asiento. Vito ladeó la cabeza como diciendo: no te metas con ella, Staton. El tío se disculpó para terminar la partida. —Beban, coman lo que gusten. —Estrechó la mano de su sobrino—. Escuchaste: su marido, la persona a la que le juró lealtad de por vida, está muerto. Sírvele de beber… algo bueno. Vito me llevó al minibar, me sirvió una copa de vino y me advirtió en voz baja: nada de lo que se dijera esa noche era válido para nuestras vidas o nuestra relación. Staton perdió la jugada ante su hija mayor. Larisa sonrió orgullosa y su padre le dio un beso en la frente, antes de venir a sentarse con nosotros. —¿Cuál es tu intención? —preguntó. —Yo solo quería un trabajo. Vito es una grata casualidad. —El hombre asintió. —Cásate. —¿Perdón? —Hay un operativo grande en Mainvillage. Por la cabeza de Asher y la de Vito. Cásate. Si te casas, no podrás testificar contra él. Cásate… y yo estaré seguro de que mi sobrino no duerme con el enemigo en su cama. El silencio cayó sobre la mesa. Conozco a Vito. Odiaba que alguien decidiera por él. Su mandíbula estaba rígida. Sus dedos apretaban la copa hasta el límite. —Entonces soy una asesina de maridos o una policía. ¿Eso cree usted, ah? —pregunté. —Sí. Puede que seas ambas: una asesina estúpida que ahora cree que puede jugar a favor de la policía. Porque desde que entraste a la organización no has dejado de matar, de secuestrar, de robar… o de vender. —Su voz bajó, como un cuchillo—. Los cacos nunca se dan tanta libertad. Eres hermosa. Te pareces a Paula… el amor de la vida de Vito. Y a alguien se le ha ocurrido usarte como caballo de Troya. —Cualquiera estaría feliz y agradecido con nuestros números —interrumpió Vito, con la voz tensa, como si no soportara escuchar más de Paula—. Hemos tenido buenas ventas y pocas detenciones. Pocos muertos en el equipo. —Vito, no es nuestro negocio. Ella no ha puesto nada. Es tu negocio. Tu nombre. Tu posibilidad de ir o no a la cárcel. —Suspiró—. Eres mi sangre. Velaré siempre por ti. Te mandaré dinero, comida, seguridad… como a cualquiera de mis hijos. Pero no es lo mismo. No es la libertad que tienes ahora. —Mi marido me golpeaba todos los días. Me violaba. Porque aunque estés casada, cuando dices no y el otro entra a la fuerza… es violencia. Yo fui a la policía, no una, seis veces. Y nadie hizo nada. Nadie vino a rescatarme. Así que no soy una víctima. Soy una asesina… como usted. Y tampoco soy policía: ellos cobran su salario mirando hacia otro lado. Y no voy a casarme solo porque usted no se siente seguro de lo que soy. El silencio se quebró. —Hay una mujer y un hombre infiltrados en el equipo —dijo Staton. Me encogí de hombros. La tensión era densa, como humo. Vito estaba más serio que nunca. Yo me quedé callada, igual que su tío, hasta que aproveché la pausa. El sorbo largo de whiskey. Y hablé: —Soy un unicornio. Puedo pensar y hacer lo que usted hace, sin que nadie ponga sus ojos sobre mí. —Señalé la mesa—. ¿Le gustaría perder de nuevo contra una mujer? —Las únicas dos mujeres a las que les permito ganarme… son mis hijas —susurró, mientras asentía y nos dirigíamos otra vez al tablero. El juego reanudó. Vito tomó azul o rojo. El tío eligió verde. Asher, amarillo. Noté al instante que los tres tenían estrategia. Los dejé avanzar, luego giré el tablero. En casa, uno no juega con las reglas del otro. Me miraron incrédulos. Las niñas, en cambio, volvieron su atención a los adultos. —Tranquilos. Si les da miedo, volvemos a como estaba. —Nadie tiene miedo. Solo aumentaste las probabilidades de que pierdas —replicó Staton. —¿Cómo te fue con tus cautivos? —preguntó Vito. —Bien. Conseguí un médico. Les inyectará una toxina. El que sea policía, tendrá a toda la fuerza buscándome. Me iré unos días… hasta que baje el calor. —¿Tienes un posible sospechoso? —Mi mano derecha. Venía recomendado por el anterior. Él me conoce. Sabe que, si me traiciona, lo mato yo mismo. Sería una lástima perderlo, trabaja bien. Y los otros… unos estúpidos con los que he negociado. No creo que sean policías. Pero perder al Gilman… me mataría la ilusión. —Yo escuchaba. Jugaba. Vito ganó. Miró a su primo. A su tío. Desafiante. —Si tienen alerta de espionaje, ¿por qué no me llaman y me lo dicen? —Yo resolví mi problema —dije. Todos me miraron—. Una de mis chicas, Salomé, apareció ansiosa por un nuevo puesto. La puse de administradora del bar. La policía comenzó a intervenir. Los dejé. Solo cambié la operación por mi gente de confianza. —¿Qué pasó con Salomé? —preguntó Vito. —Encontraron droga en su casa. —¿Para eso pediste el kilo hace un par de semanas? —Sí. —¿Y eso hacías en la comisaría? —preguntó Asher. Yo asentí. Aunque la verdad era otra. Había ido a un debriefing. Pero la historia me servía para justificar mi presencia. Vito me miró con dureza, los otros con sospecha. —Claro. Somos amigas. Y no quiero que se le olvide que intentó cruzarme —respondí—. No te lo dije porque me dio vergüenza. No deberían pasar esas cosas. Mucho menos a mí. Mucho menos con la confianza que me has dado. —Lo resolviste bien. Eso es lo que cuenta —cerró Staton. Me lanzó una mirada larga, calculadora. Sentí miedo. Entre los tres podían matarme y desaparecer mi cuerpo sin dejar rastro. Y lo sabían. Nos invitó a cenar. Vito negó con la cabeza, estrechó la mano de los dos hombres, abrazó a las niñas. Yo me despedí y caminé hasta el auto. Cerró mi puerta con violencia. Condujo a toda velocidad. Yo solo pensaba: necesito alertar al equipo, necesito prevenirles de la trampa de Asher, necesito que Gil esté a salvo. —Lily —me llamó Vito. —¿Sí? —Que sea la primera y última vez que me entero de algo por otra persona. —Tiró la puerta del auto tras su salida. Necesito ponerme a salvo.
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