Dentro

1062 Words
Asher y su primo se veían muy poco; se hablaban menos. Todo negocio familiar tiene un líder, y ese día ambos habían sido convocados por su tío. Los dos estaban enfocados en demostrarle al mayor de los Stanton que merecían el negocio en exclusiva. Había una competencia por la silla de poder. Sin embargo, el viejo Stanton sabía a quién quería heredar. La tenía jugando a dar tiros con una mano atada, lo mismo que había intentado su cuñado con Vito, pero sin llenarle la cabeza de traumas y dolores. Los tres hombres estaban reunidos, bebiendo licor, mientras veían a la pobre Lexi intentar sobrevivir a la mano derecha de su padre. —Quería saber cómo están —preguntó el hombre. Los dos se miraron. Asher, quien soñaba con un padre amoroso, respondió que estaba bien, que salía con alguien. Su primo se rió. —Los negocios están bien, si es lo que quieres saber. —He escuchado cosas de los dos —dijo el tío—. Y estoy igualmente preocupado. Tú estás dejando que una costurera te ayude a crecer el negocio… y a ti se te infiltró la DEA. —Se rumora —replicó Asher—. Tengo a tres hombres torturándolos y unos le echan la culpa a los otros. —¿Qué vas a hacer? —preguntó el tío. —Matarlos. —Eso es fácil, pero desastroso. La policía se enfada, vienen por ti, vienen por mí. Perdemos producto, hombres y dinero —respondió Vito. Aplaudió cuando su prima desarmó al hombre y lo golpeó. Su padre rió. —Esa tiene el mal carácter de toda la familia. —Dios nos ayude —respondió su padre divertido—. ¿Qué harías tú, Vito? —Dejarlos libres —contestó con calma—. Los tres huirán; el más inteligente lo hará lo más lejos posible. Si hay un policía, ya saben cómo son, se comportan como hormigas: unos irán a ayudar a los otros, y eso nos llevará al responsable. A ese es al que torturaremos y mataremos. A los demás, deshidrátalos, que terminen en el hospital. —Brillante, sobrino. Ahora trae a la mujer, quiero conocerla. Vito se puso en pie, estrechó la mano de su tío y la de su primo, y salió al jardín. Saludó a la princesa de la familia. Lexington lo retó a una competencia y la niña sonrió, creyendo que podría ganarle. Él la dejó sentir ese poder: el de la victoria, la seguridad recorriendo su cuerpo… hasta que le practicó una llave y le guiñó un ojo. —Todos somos destructibles —dijo, dándole un beso—. La vida es preciosa, Lex. Tú deberías estar jugando; no permitas que él o nadie juegue con tu mente. Ella lo mordió porque le costaba respirar. Su primo la soltó y la joven se quitó el zapato deportivo con rapidez antes de estamparle la suela en el rostro. —Te traeré un juguete por la tarde. —Tráeme un libro —respondió. —Uh, ¿qué género? —Misterio. Los de Agatha Christie. Soy muy fan y tengo mi propia colección —explicó la niña. Sacó de la suela de su zapato la lista de libros que le faltaban. Su primo le dio un abrazo y ella lo devolvió de inmediato. Se despidieron con un puño, y su padre observó toda la interacción. Vito detestaba la casa de su familia y la forma en que el hombre educaba a sus hijos: esa necesidad de enseñarles y asumir que esa era la vida que tendrían. Era dictatorial y egoísta. Por eso se había prometido no engendrar descendencia, y si algún día lo hacía, buscaría la forma de absolverlo del sacrilegio que significaba ser su hijo. El día laboral estaba haciendo de las suyas. Yo tenía un compañero perdido, y Stanton sentía que presentarme con su tío significaba que nuestra relación estaba en riesgo. Yo estaba en riesgo; solo no sabía cuánto. Esa tarde, cuando llegué a casa, estaba muy preocupada por Gil. Trataba de recordar todos los datos de su expediente encubierto. Se suponía que era soltero, huérfano, metido en la mafia desde hacía años; vendía, compraba y movía coca y marihuana por todo el país, pero su mayor desempeño lo había realizado en seguridad. —Cariño —me llamó Stanton. —Volviste —le dije con una sonrisa. Salté del sillón directo a sus brazos. Me estampó un beso en los labios y me acarició la espalda. Esa caricia prolongada solía significar que quería subir a la habitación, pasar un tiempo a solas. Lo notaba estresado, misterioso. Le dejé acostarse en la cama y yo me encargué de todo: de desvestirlo. Luego me desvestí lentamente bajo su atenta mirada. Me encantaba provocarlo, lo cual no era difícil. Dejé caer cada prenda al suelo y él se sentó en el borde de la cama, acarició uno de mis pechos, besó el otro y me mordió ligeramente el pezón. Yo dejé caer la cabeza contra su hombro. Mi respiración cambió. Tomé su polla entre mis manos: estaba dura, lista para penetrarme, pero esperó para lubricarme. Me acarició con dos dedos en mi zona más íntima: introdujo uno y con el otro frotó mi clítoris. Sabía que quería tenerme rogando, y lo logró. Le pedí más. Vito sonrió contra mi mejilla, buscó mis labios y yo los suyos, mientras me acomodaba sobre su regazo. Me penetró con fuerza, me tomó de los pechos y me hizo una seña para que tomara el control. Subí y bajé lentamente; su respiración se volvió fuerte, sus manos siguieron apretando mis pechos. Lamiendo su boca, reímos y gemimos. Me tomó de las caderas para ajustar mi ritmo. Lo apreté con fuerza y me obligó a mirarlo mientras lo cabalgaba. —Estás apretada, nena, y siento cómo quieres correrte. —Siempre quiero más de ti —respondí, aferrándome con fuerza mientras le daba con más ganas. Los dos gemimos, suspiramos y finalmente me corrí. Él lo hizo poco después, con ayuda de mi mano. Vito se acostó sobre la cama y me mantuvo encima de su cuerpo viril. Me acarició lentamente; sus dedos viajaron curiosos por mi piel, intentando memorizar cada espacio y a la vez encendiéndola. —Tenemos que ir a una cena, pero antes planeo volver a relajarme dentro de ti —dijo, repartiendo besos en mi cuello.
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