Vito y yo regresamos a Mainvillage; fuimos a su casa.
Cenamos: todos mis favoritos —comida chatarra a tope, mariscos—, mi vino preferido, todo para consentirme. Vito me tomó de la cintura y me dio un beso en la mejilla.
—Te amo.
—Lo sé —respondo mientras me giro para abrazarlo.
—No tienes que hacer esto —reconoce—, no sabía, no pensé...
—¿Tienes miedo de que me meta en su cama y me enamore? ¿O simplemente de que me meta en su cama?
—No me hace gracia en absoluto —reconoce—, pero no quiero perderte.
Se ve sincero; percibo un amago de tristeza y miedo que Vito jamás ha permitido demostrar, no delante de mí. Lo abrazo, lo acaricio y le recuerdo nuestro plan para cuando todo esto acabe: vamos a desaparecer, empezar de cero —aunque sea una fantasía—, iniciar una vida juntos y ser tan felices como sea posible mientras se pueda.
Lo abrazo, lo beso.
—Voy a volver a ti, siempre.
—Siempre —repite—. No importa si tienes que dar las operaciones o lo que sea necesario; tú mantente libre. Si la policía te atrapa, entrégame, negocia un trato y tú sal. Yo no voy a ir a la cárcel ni me van a matar —me asegura—. Solo mantente fuera, mantente a salvo, y yo voy a volver por ti. —Su frente y la mía se quedan unidas; le doy un beso y lo abrazo mientras lloro. Él me acaricia la espalda y me acuna entre sus brazos. No hacemos el amor, no nos despedimos demasiado; no cenamos ni siquiera la comida. Solo me quedo entre sus brazos, repasando nuestras claves, repasando todo lo que tenía que conseguir y lo que tenía que hacer esas primeras horas. Él repasa mi plan de escape y trata de convencerse a sí mismo de que estaré bien.
Él coloca unas pastillas y un vaso con agua frente a mí; yo las tomo. Staton me besa y me mantiene entre sus brazos incluso después de que me desmayo.
He estado en operaciones en el extranjero; he estado entrenando durante gran parte de mi vida para ir detrás de la gente más peligrosa y conseguir un arresto. Cuando en verdad lo que necesitaba era enfocar mi vida a un nuevo fin: amar a alguien con todo mi corazón, amar intensamente y tratar de ser feliz.
Más tarde despierto desorientada en un basurero, rodeada por policías que nunca había visto en mi vida. Un paramédico me examina; yo lloro, me muestro asustada, me siento mareada por la falta de líquidos y por el olor horrible de la basura. Me trasladan al hospital; escucho las máquinas, escucho a la gente, siento muchísimo dolor. Pasan horas entre revisiones, doctores, dolor, enfermeras, algunos policías que entran y salen de la habitación, y finalmente abro los ojos y veo a Domenic.
Él había recibido la noticia de la posible aparición de su hija a las 2:05 a. m. En los basureros de la costa, había viajado en el helicóptero de la policía como un favor; lo habían escoltado en tres horas de viaje mientras me hacían pruebas, me revisaban y determinaban que había sido víctima de abusos, que estaba deshidratada y muy desnutrida. Staton había conseguido todos los laboratorios para evidenciar esos abusos: las radiografías, las marcas en la piel; había tenido en cuenta cada detalle. Mi piel estaba reseca, lacerada y pálida.
Me costaba muchísimo respirar por los medicamentos; me costaba hablar, pero recordaba sus indicaciones. Ella había perdido la memoria parcialmente y necesitaba hacérselo creer a Domenic.
Vito no se sentó a esperar en casa.
Fue a la comisaría y buscó a Gil, Edward y Richard.
Todos dejaron lo que estaban haciendo y corrieron a la comisaría.
Staton estaba sentado en una sala de declaraciones, con la temperatura a tope, vestido de traje y apenas sudando. Estaba tranquilo, y los tres hombres del otro lado del espejo lo observaban, porque, para empezar, él estaba “muerto” y si yo no estaba ahí, quería decir que estaba muerta.
—Buenas tardes, señor Staton.
—Buenas tardes, caballeros —responde y les hace una seña para que tomen asiento—. Tenemos un enemigo en común y necesitamos negociar.
—¿Dónde está ella?
—Ileana... bueno, pensé que si la policía podía mandarme a alguien encubierto tan buena como para hacerme creer que es una simple costurera, que no cose ni para taparse en la nieve, tal vez podría aprovechar el recurso y deshacernos del verdadero peligro.
—Tú pones droga en la calle, estás matando a pobres.
—Yo no le vendo a pobres; les vendo a niñas pijas como su hermana, que están aburridas con la vida porque mamá y papá trabajan demasiado.
—¿Dónde está? —pregunta Edward.
—La acaban de encontrar en un hospital. Su nuevo nombre es Margarita Montés.
—Domenic no es un vendedor de drogas —lo defiende Westborn—.
—Es un traficante de personas, armas y drogas. Ileana necesita protección que mis hombres y yo le brindaremos, pero ustedes la pusieron en esa posición y deberían estar anuentes a recibir toda la información.
Les entrega una carpeta con toda la información, un caso policial que armé yo misma, con lo que sucedía en el extranjero y cómo operaba. Solo necesitábamos encontrarla con las manos en la masa.
—Díganos que te creemos, ¿qué quieres?
—Les entrego a Ileana y les entrego a Domenic a cambio de Asher —responde—. Lo que quiero fuera de la cárcel en 26 horas o Domenic e Ileana mueren.
—¿Estás tirándote un farol? No te vas con alguien por más de un año para decir que es desechable; es imposible amarla y no sentir su pérdida.
—Ella es preciosa, perfecta, pero él es mi primo; por muy imbécil que sea, no lo voy a dejar padecer. Lo quiero en 20 horas en la puerta de mi casa o ella se muere, si le recibo tendrás al mayor criminal de Mainvillage para plantar en el periódico.