Suplicar

1230 Words
Después de que aceptó, nos sienta a las tres y nos explica el plan. Nos advierte que podrían estar esperándonos y, por eso, una de las niñas iría con él y la otra conmigo. Nos enseñó las rutas en el mapa que debíamos seguir paso por paso, dónde había escondites con municiones. —Se supone que es un lugar seguro —comenta Clarisa, y su hermana la ve divertida. —Bueno, es una aventura. —Yo prefiero irme con Vito. —Es más probable que maten a Vito. —Es más probable que él me lleve cargada por partes —responde, y Lexie se ríe. —A veces es bueno aprender a defenderse con mujeres que saben defenderse —comenta, y su hermana niega con la cabeza. Nos asegura que ella solo quiere ser como su tía: tener un castillo impenetrable y un arma debajo de la almohada. —La próxima vez prometo mandarte con ella. Ahora, recuerden que tenemos que ser rápidos, pasar desapercibidos para que esto funcione. —A mí lo único que me preocupa es el paracaídas... no sé si lo resista —comenta Lexie. —Uhh, sí, siempre vomita en las montañas rusas. —Trágate el vómito —le digo, y ella se queda seria, preocupada. Los cuatro procedemos a cambiarnos de ropa. Yo me hago unas trenzas, me amarro el pelo con pines, me coloco un gorro, guantes, los tenis bien amarrados. Aseguro a Lexie y Clarisa porque no voy a dejar que algo les pase. Su primo me observa mientras les explico a las dos por qué tienen que llevar los tenis bien atados y el pelo lo más recogido posible. —A mí no me gusta nada de esto. —Clari, ya sabemos, nena... pero nos toca. ¿Tú crees que en mi cartón de lotería yo elegiría llevarte conmigo a un lugar en el que no hay centros comerciales? —No hay ni uno. —Y sí, se supone que estamos muertas —responde su hermana, divertida. —Ahora, el que llegue primero gana —añade, extiende su mano hacia su primo. Yo me río por la competitividad de la chica y él le da un apretón de manos. —¿Qué estamos apostando? —El agua caliente y baño limpio por un mes. Ellas se miran la una a la otra. Clarisa no dice nada, pero sospecha que su vida va a ser muy similar a morirse, porque ¿qué quieren decir con “baño limpio y agua caliente”? Eso viene en el paquete de los básicos. Lexie y yo dejamos que su primo nos ayude con los arneses. Le pido a la pequeña que se agarre bien de mí antes de tirarse y ella asiente. Vito me da un beso y me pide no morirme ni dejar que maten a su prima favorita. Clari se queja, y después de unos cinco minutos él me da la señal y nos lanzamos al vacío. Para mí, tirarse en paracaídas significa confiar. Confiar en que todo va a estar bien. No es mi actividad favorita, pero durante el descenso siento que mi compañera se ha desmayado. La sostengo de las piernas, porque aterrizar será complicado. La intento despertar, pero no lo consigo. De todas formas, nuestro descenso es terrible, pero logramos hacerlo lo suficientemente bien para no salir heridas. Me desabrocho y hago lo mismo con la pequeña: tiene pulso, débil. Su primo viene hacia nosotras, le da unos caramelos, y su hermana le pasa un algodón con alcohol. —Voy a ganarme ese agua caliente —comenta Clarisa en su oído, y Lexie se queja. Los tres nos reímos. Su primo y yo nos encargamos de doblar los arneses y todo lo que teníamos, quemarlo sin que genere demasiado humo o un incendio forestal. Finalmente, repasamos el plan. Vito me da un beso en los labios, uno suave y corto, antes de preguntarme si estaría bien. —No estaba mintiendo cuando dije que te amo —respondo, y me besa. —Yo tampoco —dice, y me besa de nuevo—.No quiero que lo sepan, pero es un área peligrosa. Los locales van a defender su territorio a toda costa. —¿Y por qué nos metimos aquí? —Porque tus amigos de la policía tampoco quieren venir a buscarnos —responde, y me da un último beso. Luego ayuda a su prima a ponerse en pie. Él la obliga a comerse una galleta, y la joven acepta. Le comparte un pedazo a su hermana, a quien le dice que no se desmayó, pero iba muy preocupada de orinarse encima de su primo. —Si tienes ganas, ve a orinar —le advierte. —Aquí no hay un inodoro. —Te bajas los pantalones y orinas —responde su hermana tranquilamente. La pequeña niega con la cabeza antes de ponerse a llorar. Su primo le recuerda que viene de un jet privado y que posiblemente pudo evacuar, pero ahora tenía que hacerlo. Yo le prometo cubrirla y él se gira mientras tomo las manos de Clari para orinar. Contengo la risa y le doy unos pedacitos de papel que traje cuando revisé la mochila. Le dejo un par más y me despido de ella antes de comenzar a subir con Lexie. Ella parece entender esto como una aventura, una oportunidad. Suena segura de que lo vamos a lograr. Camina tranquila y yo voy hipervigilante. Sigo el mapa y Lexie me ayuda con el tema de la dirección y la toma de municiones. Hasta ese punto, después de dos horas de caminar, todo está bien. Decidimos descansar como sugirió Vito: dos horas de descanso, luego subiríamos cinco más y encontraríamos un lugar en el que dormir. Lexie estaba comiendo una manzana mientras se masajeaba un pie. Yo le ayudé con el otro y le sugerí que después de comer y beber se durmiera un ratito. Ella aceptó, se abrazó a mí mientras dormía, yo le acaricié la espalda e intenté mantenerme alerta. Todo iba bien, de verdad. Hasta nuestro segundo turno de caminata. Fue entonces cuando me torcí un tobillo. La pequeña me ayudó a vendarlo para darle estabilidad y yo seguí caminando por la montaña. Escuchamos un balazo justo en la dirección en la que estaba nuestro camino, seguido de unos más. Le hago una seña a Lexie para que corra en la dirección contraria y busquemos refugio. Es todo árboles, todo verde, seco, ramas... Todo deja de ser un paseo tranquilo y se convierte en una expedición. Ella me hace una seña para agarrar hojas y cubrirnos —muy inteligente de su parte—. Creamos nuestro propio refugio y nos abrazamos la una a la otra mientras escuchamos los balazos. El viento comienza a incomodarnos, azota lento, frío, pero lo suficiente para dejarnos al descubierto y tener que movernos a otra dirección. Lexie y yo encontramos una especie de cueva. Hay murciélagos y yo quiero morirme, pero nos cubrimos y nos mantenemos juntas, abrazadas. —Lily. —¿Sí, nena? —Estamos perdidas. —Estaremos bien... solo que no tendremos agua caliente ni baños limpios. —No hay regadera, ¿verdad? —Seguro que no. Las dos escuchamos más ráfagas y le abrazo con todas mis fuerzas, el cubro los oídos y Lexie me acaricia en la esplada, la escucho rezándole a Dios y todos los ángeles.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD