Después del susto que pasamos, y de estar toda la noche en un lugar con posibles enfermedades por ratas voladoras, Lexie y yo nos empezamos a mover antes de que saliera el sol, buscando la dirección que nos habían dado. Cuatro horas más tarde lo logramos: llegamos a la casa y nos encontramos con Clarisa. La pequeña estaba muerta de miedo, escondida en el armario, y no pude evitar preocuparme por Vito.
Ella contó que tuvieron que cambiar de ruta, que se vinieron por la misma que nosotros, cortaron camino para ganar (tramposos) y que hubo un enfrentamiento con unos hombres. Eran aproximadamente cinco, todos muy armados. Su primo le había pedido no parar de correr por nada del mundo y seguir una ruta específica; le dio las llaves y un arma para que atacara a quien intentara impedírselo. La joven corrió y llegó hace horas, sin saber nada de su primo.
Lexie y yo nos miramos preocupadas y le pedimos que marcara el lugar aproximado en el que se separaron. La pequeña no recordaba y prometía que no iba a moverse de ahí nunca más porque, según ella, fue horrible, y en realidad no creía que Vito estuviese vivo. Todo lo que oyó le pareció altamente agresivo.
Yo sé quién es Vito Staton. He leído todo sobre él, y si alguien puede dar de baja a cinco hombres, por más armados que estén, en medio de la nada, es él. Su papá crió a un mercenario, alguien con tan poca piedad como para acabar con su propio instructor; alguien frío y determinado a sobrevivir.
Clarisa no dejaba de contar cómo la habían picado los mosquitos, que tuvo que matar un ciervo, y que había dejado de rascarse la piel apenas tres minutos antes de que nosotras dos entráramos a la casa.
No hay más balazos desde la madrugada.
Solo silencio. Y no ha regresado.
Vito podría estar muerto.
Ellas me miran preocupadas, esperando que yo decida qué vamos a hacer. Yo trato de identificar la zona en el mapa: si nosotras estuvimos en un punto y escuchábamos, si Clarisa recordaba una parte de cuevas que atravesó corriendo, eso quiere decir que él podría estar, o no, al este de donde nosotras estábamos.
Es una locura.
No puede morir.
Él es el del plan.
Clarisa seguro ve mi cara llena de preocupación y explica que el otro camino parecía tener una base militar. Era imposible pasar en medio de ella sin ser vistos, y que no valía la pena bajar o rodearlos porque era un riesgo. Habían hecho lo mejor que podían: corrieron por el bosque porque en la otra zona estaban muy expuestos y, cuando sentían que ya tocaban la casa, después de horas sin comer, sin dormir, con los pies cansados, el cuerpo doliéndoles, creyendo que eran solo unos kilómetros más y la meta… se encontraron con esos cinco hombres patrullando.
Yo no les doy más tiempo de pensar que, si dejo pasar las horas, lo que voy a ir a buscar es un cadáver. Pero mi cara me delata. Lexie le pregunta a su hermana si puede bañarse y preparar una sopa para cuando regresemos con su primo. Nosotras caminamos de nuevo por el bosque en busca de Vito, y no hay rastro de nada. Las cuatro horas de bajada parecen un suplicio: creo que el cuerpo de ninguna de las dos está listo para esto, pero de todas formas lo hacemos porque escuchamos la guerra que hubo en la noche. No escuchamos gritos, pero sí ráfagas repetitivas, como si hubiesen colocado una trampa mortal.
—¿Lily? —me llama Lexie y señala con la cabeza.
Los zapatos parecen a los que su primo nos compró para montañear. Yo me voy hacia donde está ella, busco de un lado a otro, busco con determinación en un radio de 500 metros y no lo encuentro. Entonces, las dos comenzamos a gritar su nombre. Sí, puede llamar la atención de quien sea que hizo esto, pero si él está malherido y adormecido, hay que despertarlo.
A Lexie la golpea una rama en la cabeza y yo miro hacia arriba: en una especie de hamaca se asoma la cabeza de Vito.
—Me dispararon… y creo que mi clavícula está quebrada —dice, y yo asiento.
—Ok, vamos a bajar juntos. Vas a estar bien —digo con alivio, sintiendo calor de nuevo en todo el cuerpo. Estaba aterrorizada por perderlo, por la posibilidad de que estuviese muerto.
Lexie le pregunta detalles de su momento de trampas y engaños, y él se ríe al escucharla. Yo busco con qué amortiguar la caída y no tenemos nada en la mochila, así que se me ocurre treparme e ir bajando juntos con la cuerda como arnés. A él le parece una locura, pero es la única solución que se me ocurre.
Lexie y yo le tiramos la cuerda, y él empieza a salir de su hamaca. La rompe de un lado y suspira pesado: está con dolor, es evidente en la forma en que se mueve y respira. Baja utilizando el brazo baleado como apoyo y poniendo toda la tensión en sus piernas. Lo toco en cuanto queda a mi altura y Lexie se acomoda para hacer de escalón.
Lo logramos. Él abraza y gime del dolor. Lexie y yo igual le abrazamos, pese a las quejas. Le doy un beso y trato de soltarle lentamente para pensar en cómo suavizarle la caminata. Lo único que logro hacer es ponerle una cuerda en la cintura para facilitarle el apoyo. Esta caminata se nos hace más complicada: Lexie y yo estamos muertas de cansancio, él está muy herido y la lluvia arrecia sobre nosotros.
Cuando finalmente logramos llegar a la casa, Cris está con la comida lista como un banquete. Su hermana explica que le encantan las tareas del hogar; yo soy una adulta y no hubiese logrado hacer una sopa de tomate, tortillas… y creo que ella mató a una gallina sola. Su hermana me lo confirma y, de todas formas, los tres le agradecemos la comida.
Luego me dedico a curar a su primo: él sacó la bala que quedó superficial mientras las niñas le sostienen para que no me golpee. Cauterizo la herida y uso unos alambres como cierre.
Le dejamos descansar unos segundos antes de apañárnoslas con el brazo, y creo que lo mejor es inmovilizárselo, así que lo vendamos. Vito bufa del dolor y yo busco luego algo para calmarle. Se lo doy y me acuesto a su lado; me acaricia la espalda y, en silencio, escuchamos la lluvia caer. Las niñas tocan la puerta e ingresan con sus campers.
Vito las ve divertido antes de anunciar:
—Hay dos camas para ustedes en las otras dos habitaciones.
—Sí, pero ya ha sido muy romántico dormir fuera y eso… mejor hoy nos quedamos todos juntos.
—Hoy y solo hoy —recalca Vito.
—Hoy, y las noches que sean así de pesadas.
—Olvídate, Clarisa —Lexie niega con la cabeza, y él hace una seña para que no le haga caso a Vito antes de abrazarla.
—Yo me bañé con agua fría —le dice Lexie a su hermana, y esta se ríe.
—Yo calenté agua para mí.
—Jummm…
—Y había sapos.
—Llevé sal y los espanté —respondió Clari tranquila.
—Me siento estafada.
—Yo ya no confío en los hombres.
Su primo está divertidísimo escuchándolas y yo me río.
—Hay gente intentando dormir —les dice, y las dos susurran más bajo, pero continúan conversando.
Toda snos quedamos en silemcio y vito nos llama a cada una por nuestros nomrbes y dce:
—Gracia , por acompañarme,r escatarme, curarme y alimentarme.
—Suena como que el mundo gira alrededor de ti—brimea lexie y yo me rpio. .