Capítulo 2

597 Words
La tormenta afuera golpeaba las paredes de madera del granero con la fuerza de un animal acorralado, pero adentro, el aire era espeso, pesado de sangre y sudor. Elena tenía las manos manchadas de carmín oscuro. Con los dedos temblorosos pero firmes, había rasgado la manga de su propia blusa para crear un torniquete improvisado sobre la herida de bala en el costado de Don Héctor. El patriarca respiraba con dificultad, con los ojos medio cerrados por la fiebre y el dolor. En la penumbra total, ignoraba por completo que la mujer que estaba salvándole la vida era la misma esposa inútil a la que su hijo había despreciado horas antes en el salón. Para él, en ese delirio provocado por la sangre perdida, solo existían el tacto experto de aquellas manos y el calor de una presencia que se negaba a dejarlo morir. Fue entonces, mientras buscaba un paño limpio entre los bolsillos internos del abrigo de Don Héctor para limpiar el sudor de su frente, cuando sus dedos tropezaron con un compartimento oculto. Un sobre de cuero sellado se deslizó hacia la paja. Movida por una corazonada, Elena lo abrió a tientas. Sacó varios documentos oficiales y unos pequeños viales de cristal con un residuo ámbar adherido en las paredes de vidrio. Al llevarlos cerca, su educación secreta en botánica y farmacología —los conocimientos que su abuela le había inculcado en silencio— encendió una alarma helada en su mente. No era un tónico para la presión ni una medicina recetada por los galenos de la capital. Era una combinación calculada de ricina diluida y extracto de acónito. Una neurotoxina de acción lenta, diseñada para imitar un fallo cardíaco natural, administrada gota a gota en las infusiones diarias del patriarca. El corazón de Elena dio un vuelco en el pecho. Las piezas de un rompecabezas atroz comenzaron a unirse en la oscuridad: el atentado en los linderos no había sido una casualidad de cuatreros. Alguien dentro de la familia quería a Don Héctor muerto y enterrado antes de que modificara su testamento. Y el principal beneficiado de esa muerte, el heredero legal que controlaba cada firma y cada centavo del holding agrario, era su propio esposo. Julián. —¿Qué... qué tienes ahí? —la voz de Don Héctor, ronca y cortada por el dolor, la sacó de golpe de su estupor. El patriarca abrió los ojos con esfuerzo, intentando enfocar su mirada en la silueta de la joven. Elena guardó los viales y los papeles dentro del forro de su propia falda con una rapidez implacable. —Tengo la razón por la cual casi lo matan hoy, Don Héctor —respondió ella en un susurro gélido, sin rastro de la timidez con la que solía temblar ante la familia—. Y tengo también la prueba de que su hijo no solo lo quiere fuera del camino, sino que lleva meses envenenándolo. El silencio que siguió entre los dos fue más pesado que el trueno que estalló en ese preciso instante sobre el techo de zinc. En la oscuridad del granero, dos mundos colisionaron: el patriarca herido, acostumbrado a dominarlo todo con mano de hierro, comprendió de pronto que su vida entera pendía del hilo de una mujer a la que su propia sangre había tratado como basura. Y Elena, por su parte, supo que ya no había marcha atrás. La niña asustada que firmó un contrato de deuda había muerto esa noche; lo que nacía en medio del lodo y la traición era una enemiga mortal dispuesta a reclamar el tablero entero.
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