Capítulo 20

1889 Words
Marcos Luego de haberme ido de la casa de mis padres, llamé a mi mejor amigo y le pedí que me diera un espacio para dormir por unos días. La madre de Aaron, a quien yo llamaba “Tía Carmen”, me acogió sin problemas y me acomodó en una de las habitaciones desocupadas de su casa. Le di las gracias y le prometí pagarle, pero ella se negó. De todos modos, de alguna manera pagaría mi estancia en la casa de ellos, ya que entendía que ella trabajaba para mantener a mi amigo y que no tenían apoyo económico por parte del padre de Aaron, por lo que mi idea no era aprovecharme del cariño que me tenían. Era lunes, por lo que Aaron debía asistir a la universidad. Mi madre adoptiva partió muy temprano a su trabajo y yo me quedé completamente sola en esa enorme casa. Pensé en que Aaron llegaría muy cansado de la universidad, por lo que, luego de levantarme, me tomé la molestia de hacer aseo en la casa y de cocinar su plato favorito; era lo mínimo que podía hacer. Estaba revolviendo la salsa blanca para los fideos cuando recibí una llamada de mi amigo. —Buenas tardes, amorcito, ¿A qué hora llegas? —saludé con alegría. —Estoy en el hospital, ocurrió un accidente… Mi corazón comenzó a palpitar con fuerza, la garganta se me secó y mi mente empezó a pensar en las mil y una desgracias que podrían haber ocurrido. —¿Qué pasó? —cuestioné preocupado. —Es Sam… está inconsciente —dijo. Sentí que la voz se le quebraba y, por detrás, pude escuchar la voz de Samuel. —¿¡Me estás jodiendo!? —solté con sorpresa. Mi estómago se contrajo y comencé a sentirme desesperado; mi mente proyectó el recuerdo de su sonrisa y un malestar me invadió al pensar en que algo le había sucedido. —¡Esto es tu culpa, imbécil! —escuché gritar a Samuel. Arrugué las cejas con confusión. —¿Qué pasó? ¿Dónde están? —pregunté. —Robert y Samuel están fuera de control —escuché varios gritos de fondo y cómo Aaron intentaba intervenir. —¿Quieres que vaya? —cuestioné, rogando porque me dijera que sí. Necesitaba asegurarme que Samanta estuviera sana y salva. —¡Sí, por favor! Estamos en la sala de espera del hospital —suplicó Aaron—. ¡Samuel, suéltalo! La llamada se cortó y volví en mí. Apagué la cocina, tomé las llaves de la casa y salí disparado sin pensarlo dos veces. De un momento a otro recordé mi accidente junto a Aaron, y todos esos desagradables recuerdos me invadieron la mente, provocando que mi preocupación solo aumentara. (…) Entré a la sala de espera en urgencias y, a lo lejos, visualicé a mi mejor amigo junto a Samuel, ambos sentados en las sillas. Me acerqué lo más rápido posible a ellos y, al verme, Aaron suspiró con alivio. —¿Me quieren explicar qué pasó? —cuestioné, alarmado. Me sentía verdaderamente desesperado, y estar en ese hospital solo me provocaba náuseas. —Sam tuvo un accidente… —comenzó a decir Aaron, pero Samuel lo interrumpió y le lanzó una mala mirada. —¡Que no fue un accidente! —gritó con enfado. Aaron se llevó la mano de su brazo sin yeso a la cara y respiró profundo. Me senté al lado de Samuel y lo observé. Su cara mostraba un gran moretón alrededor del ojo derecho y tenía sangre seca en la comisura de la boca. Algo no anda bien>>; pensé. —Samuel, Robert no tenía la intención de golpearla, fue un accidente —puntualizó mi amigo. —¡Gracias a Dios no era su intención, porque si no cómo la hubiera dejado! —Samuel continuó gritando. Su molestia era evidente, lo que me provocó un dolor de estómago. ¿Robert la había golpeado?... ¡Joder! —¿Llamaron a sus padres? —pregunté. Intenté pensar de manera fría y no dejarme llevar por todo lo que sentía en ese momento. Luego habría tiempo para todo lo demás. —Sí, ya vienen en camino —dijo Samuel. Me dio una mirada rápida y luego sonrió. —Que bueno que estás aquí —señaló—. Estoy seguro de que Robert será el más feliz cuando te vea… —No vine a discutir —me encogí de hombros, pero le guiñé un ojo, sin que Aaron me viera —¿Me quieren decir qué mierda pasó? En serio estoy preocupado. —Bueno, resulta que Robert y Sam estaban discutiendo en el pasillo de la Universidad y yo me acerqué a ellos, porque ese idiota le estaba gritando —Samuel se mostró muy molesto, y compartí el sentimiento al escuchar su relato—. Cuando llegué, ella estaba llorando y él estaba tan cerca de Sam, que se veía tan indefensa a su lado… de verdad, el imbécil la estaba aterrando. Nos enredamos a golpes porque la trató de zorra, una vez más. Samanta intentó detenernos y, en un descuido, Robert la empujó contra la pared y le partió la cabeza. —¡Pero qué mierda! ¿Qué se cree ese idiota? —la ira fluyó por mis venas, y sentí unas desmedidas ganas de arrancarle la cabeza a Robert. Me daba asco su maldita existencia. —Lleva una hora inconsciente… —se lamentó Aaron en voz baja. Un nudo se formó en mi garganta. A pesar de no tener una relación con Samanta, era una de esas personas que transmitían luz y de las que todo el mundo quería tener en sus vidas, y obviamente yo no era la excepción. —¿Qué hace éste aquí? Me di media vuelta como pude, respetando el dolor de mis costillas. La mirada furiosa de Robert me habría dado miedo… si su rostro no hubiera estado tan inflamado y lleno de moretones. Eso debió doler amiguito>>; pensé.. —Digamos que Sam quiere mucho a Marcos y va a estar feliz de verlo —dijo Samuel con indiferencia. No entendía nada, pero al ver el rostro desencajado de Robert decidí seguirle el juego a Samuel y fastidiar a este sujeto. —Así dice ella —mencioné. Robert apretó los puños y sentí que se lanzaría sobre mí en cualquier momento, pero su semblante se suavizó cuando una pareja de mediana edad se acercó llorando hasta nosotros. Samuel se puso de pie y caminó hasta la mujer para darle un apretado abrazo. Ella se desarmó en llanto en sus brazos y el hombre a su lado le acarició la espalda. —¿Cómo está? ¡Quiero verla! —ella hablaba entre gritos y llanto. Aaron se puso de pie y guió a la señora hasta una de las sillas, para tranquilizarla. —¿Qué pasó, chicos? —preguntó el que supuse que era el padre de Samanta. Samuel se acercó a él y ambos se dirigieron hasta la salida del hospital. Robert caminó en dirección a ellos, pero lo alcancé y jalé de su brazo para detenerlo. —Creo que es mejor que te sientes y no montes un espectáculo más —le dije con seriedad. Él me dió una mala mirada y se soltó de mi agarre. —¿Tú y Samanta tuvieron algo? Dime la verdad —preguntó él. Quise reírme en su cara de estúpido, pero me contuve. Me sacaba de mis casillas que lo único en lo que pudiera pensar en ese momento fuera en si ella lo había engañado o no. Odiaba no ver el arrepentimiento en sus ojos, porque definitivamente eso demostraba que él no la quería realmente, que solo la veía como un maldito trofeo de su propiedad. —No voy a ser yo quien te aliviane la carga mental, lo siento —me crucé de brazos—. Samanta nunca tuvo nada conmigo, ni con nadie, porque te respeta —señalé. Su rostro mostró alivio y eso me desarmó por completo, porque él no debería sentir alivio por una supuesta infidelidad que solo ocurrió en su mente, más bien debería sentirse culpable por el daño que le provocó a Sam. —Estaba cegado… —comenzó a decir, pero es interrumpido por el padre de Sam, quien lo tomó de un brazo y lo empujó con fuerza, haciendo que Robert perdiera el equilibrio y cayera sentado en el piso. —Nunca más te acerques a mi hija, porque si es así quebraré cada hueso de tu asqueroso cuerpo —señaló con dureza. Robert lo miró con cara de cachorro arrepentido. —Lo siento mucho… —dijo Robert, y un par de lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas—. N-No quise hacerle daño. —Voy a ponerte una orden de alejamiento, porque eres un puto acosador, agresivo y celópata controlador —lo apuntó con el dedo índice—. Olvídate de mi hija, por tu bien. El padre de Samanta se alejó en dirección a Aaron y a su esposa, quienes lo observaban con asombro. Vi cómo hablaban y estaba a punto de acercarme a ellos cuando, de una puerta, apareció una enfermera preguntando por la familia de Samanta. Todos nos acercamos a ella y, con una sonrisa, dijo: —Ella está despierta —todos se mostraron aliviados, incluyéndome—. El doctor autorizó las visitas. La madre de Samanta se afirmó contra el pecho de su esposo y le señaló a la enfermera que ellos eran sus padres. Nos indicaron que debíamos esperar a que ellos ingresaran primero y así lo hicimos. Samuel y Aaron volvieron a tomar asiento en las sillas donde se encontraban en un principio y yo los acompañé. Sonreí levemente y sentí cómo mi garganta ya no se apretaba tanto como antes; me sentí aliviado de que Samanta se encontrara bien. Pensé que Robert era un idiota de mierda, que no merecía nada de Samanta, y le rogué a Dios que ella tomara la mejor decisión y se apartara de él. Un pensamiento cruzó mi mente y lo taché de inmediato, porque no quería ser indiscreto. —¿Crees que lo deje? —preguntó Aaron a Samuel. —Tenlo por seguro —respondió él con una sonrisa de alivio. Sonreí del mismo modo. —Pero Sam es muy compasiva… —susurró Aaron—. No quiero que Robert la vuelva a tratar de la manera en que lo hizo, fue muy violento —mi amigo hizo una mueca con los labios. —Voy a hacer todo lo que tenga que hacer para impedir que ella piense en si quiera volver a dirigirle la palabra —afirmó Samuel. La determinación en su voz me provocó una agradable sensación. No sabía quién mierda había dicho que la amistad entre hombre y mujer no existía, porque allí claramente se evidenciaba que esos dos chicos matarían a Robert si él volvía a acercarse a Samanta, y estaba de más decir que yo también lo haría, aunque mi intención con ella nunca había sido tener una amistad. —No creo que se acerque a ella —mencioné. Los dos me observaron con atención—. ¿Si vieron a su padre? A mi me daría miedo si fuera Robert. Ambos se rieron y me dieron la razón. Hasta nunca, Robert>>; pensé.
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