Samanta
Sinceramente me sentía una idiota, porque luego de mucho tiempo había encontrado a un chico tierno, detallista, que se preocupaba por mí y que me quería, pero por alguna razón sentía que en esa seudo relación yo era la que estaba entregando menos.
Cuando Robert dijo esas dos palabras mágicas yo no pude responderle nada, porque en el fondo de mi corazón no sabía si lo quería de la manera en que él me quería a mi.
Lo quería como persona, como amigo, pero no estaba segura de quererlo como pareja y ese pensamiento me aterraba.
Esos pensamientos me calaban tan profundo que había estado evitando sus insinuaciones para salir y para vernos, pero ya no podía hacerlo más, porque ¡sorpresa!, éramos compañeros de carrera y ese día era lunes, lo que significaba que teníamos una clase juntos.
En esos momentos era cuando Aaron y Samuel se convertían en mis salvadores.
—¿Por qué te siento tan tensa? —observé a Aaron y me encogí de hombros, restándole importancia al asunto y relajando un poco mi cuerpo.
Vale, no era nada tan terrible. Podía manejarlo.
—Digamos que tengo una preocupación… —respondí. Mi amigo me observó confundido y luego comenzó a preparar sus materiales sobre la mesa, porque la clase iba a comenzar en unos minutos más.
Mi vista se posó en la entrada del salón, porque Robert aún no había llegado, pero estaba segura de que lo haría y de que yo no sabría cómo saludarlo, ni cómo mirarlo. Lo había ignorado todo el fin de semana y no sabía realmente cómo actuar después de su “te quiero”.
>, me cuestioné.
Samuel, que se encontraba sentado en la silla de atrás, me tocó levemente el hombro, por lo que me giré y alcé una ceja en su dirección.
—¿Puedes llevarme hoy? —preguntó con un puchero—. Olvidé mi billetera en casa.
—A mi dulcecito no le puedo decir que no —me encogí de hombros con una sonrisa en los labios.
—Así me gusta, ¿sabes que te quiero?
Mi rostro se desfiguró al escuchar lo que mi amigo acababa de decir. Era como si aquellas palabras me persiguieran.
—¿Qué pasa, Sami?— Samuel me dió una mirada confundida.
—El otro día sucedió algo… —susurré en voz baja. Aaron se recostó sobre mi hombro y me miró con curiosidad.
—¿Mi mejor amigo tiene algo que ver? No me sorprendería— preguntó Aaron. Negué con la cabeza y reí levemente.
—-Digamos que cuando hablé con Robert, él dijo que me quería, pero yo no pude decirle lo mismo —solté.
Samuel me observó con entendimiento y luego rodó los ojos con fastidio.
—Y te sientes culpable, claro, porque es super horrible de tu parte no corresponderle luego de que te trató de zorra —dijo con sarcasmo.
Las palabras de Samuel calaron en lo más profundo de mí. Algo hizo clic, accionando para que pueda comprender mis sentimientos y lo confundida que me sentí al escuchar las palabras de Robert.
Mi amigo tenía razón y era posible que yo aún estuviera bajo los efectos del resentimiento.
—¿Lo perdonaste? —preguntó Aaron. Evadí su mirada y me centré en mis uñas, porque justo en ese momento me sentía muy vulnerable como para afrontar la verdad.
—Sí, hablamos y me dijo que se sintió celoso, que no fue intencional.
—No me jodas, Samanta —Samuel arrugó su rostro con una mueca—. Que gran imbécil. Ojalá no me lo tenga que topar hoy, porque esto no se va a quedar así. No pienso permitir que ese idiota te trate como una mierda y después se victimice, manipulándote con palabras de mierda.
—Una cosa es que hayan hablado, pero otra diferente es que las cosas se hayan arreglado —Aaron arrugó sus cejas y sus mejillas se ruborizaron—. Robert te hizo sentir muy mal y no te merecías nada de eso, yo creo que debes tomarte tu tiempo y que te diga esas cosas no aportan en nada a que tú estés tranquila.
Mis ojos se humedecieron y mi boca se convirtió en un puchero tembloroso. Definitivamente estos chicos eran maravillosos.
—No, no llores cariño.
Samuel se levantó de su asiento y se puso de pie a mi lado, mientras llevó mi rostro a su pecho y acarició mi cabello con cautela. Sentí el calor de Aaron, rodeándome con sus brazos. Luego de unos minutos, me sentí mucho más calmada.
—Gracias, son los mejores —intenté sonreír. Aaron tomó mi cabeza y dejó un beso en mi frente.
—Para eso estamos —dijo Samuel.
Mi amigo volvió a su asiento y tomó una de mis manos entre las suyas. Aaron sacó de su mochila una botella y luego se puso de pie.
—Iré a buscar agua, voy y vuelvo. ¿Necesitan algo?
Ambos negamos con la cabeza y se dio media vuelta para salir del salón. Observé a Samuel y le sonreí.
—No quiero que te pelees con Robert por mi culpa —susurré. Samuel rodó los ojos con fastidio, pero sonrió.
—Deberé tener mucha fuerza de voluntad, pero te advierto que, si vuelve a hacerte algo, no respondo —le sonreí y negué con la cabeza.
—Espero entonces que no pase nada —susurré.
—Oye, te quiero, no llores.
—También te quiero, dulcecito.
Sonreí y le lancé un beso a mi amigo. Pude ver una enorme sonrisa en su rostro, la cual se hizo aún más grande cuando Robert tomó asiento justo a su lado, provocando que mis mejillas se sonrojaran a más no poder.
Quise reír de lo malvado que era Samuel, pero me contuve.
—Te quiero mucho más —me dijo con aquel tono de diversión que no podía ocultar.
Rodé los ojos y me di media vuelta, sin ser capaz de mirar el rostro de Robert.
Quise enterrarme bajo la tierra, pero gracias a Dios Aaron volvió pronto y se sentó a mi lado, lanzándome una mirada preocupada cuando vio que Robert estaba junto a Samuel.
—Te traje un chocolate —Aaron sacó de su bolsillo un pequeño chocolate, lo que me hizo sonreír.
Aaron solía ser un chico muy atento y amable, sin duda yo era afortunada de tenerlo como amigo.
—Oye, no compres su cariño. Me quiere mucho más a mí —escuché decir a Samuel. Aaron se carcajeó e ignoró deliberadamente el comentario.
Solo para fastidiar a Samuel le di un breve abrazo a Aaron, logrando que mi amigo intentara separarnos con ambas manos y un ceño muy fruncido.
(…)
Al finalizar la clase comencé a sentirme ansiosa, porque sabía que debía enfrentar a Robert y explicarle cómo me sentía, aunque después de mi conversación con Aaron y Samuel me sentía mucho más tranquila.
Terminé de guardar mis cosas en la mochila y me puse de pie. Samuel se puso a mi lado y dejó un beso en mi mejilla.
—Te espero en el estacionamiento —dijo. Asentí con la cabeza.
Observé cómo salió del salón junto a Aaron y caminé hasta llegar al lado de Robert, quien se puso de pie y me miró seriamente, como si algo estuviera perturbando su calma.
—Creo que tenemos que hablar —dije. Él rodó los ojos con fastidio.
—¿Se puede saber qué fue todo eso con Samuel? —alzó una ceja, desafiante. Lo miré confundida.
—¿A qué te refieres? —pregunté con un hilo de voz.
Robert negó con la cabeza e, ignorándome, pasó por mi lado, dejándome atrás. Estaba tan confundida que caminé a paso rápido tras él.
—¡Robert, para! —lo detuve colocando mi mano sobre su brazo, pero él se deshizo de mi agarre con un brusco movimiento, que me hizo tambalear en el lugar.
—¡Déjame en paz, Samanta! —gritó.
Me paralicé, sin entender nada. Robert me miró con tanta intensidad, que no fui capaz de comprender qué le sucedía y por qué estaba actuando de esa manera.
—Robert, yo… no entiendo qué tiene que ver Samuel aquí —logré decir.
Robert se cruzó de brazos y se acercó más a mí; sus movimientos corporales me aterrorizaron y, en ese momento, odié que fuera más alto que yo, porque me sentí indefensa ante él.
—¡Te la pasas coqueteando con ese estúpido! —gritó casi sobre mi rostro. Su cara estaba roja de ira y no supe cómo actuar—. No contestaste mis llamadas en tres putos días, pero sí tuviste tiempo para ver películas en su casa. ¡Primero fue el amiguito de Aaron y ahora el maldito Samuel!
Una vez más sentí cómo mi entereza caía al suelo y comencé a llorar, porque me sentía invadida de sentimientos, confundida y vulnerable. El rostro de Robert se suavizó al verme llorar e intentó tocarme, pero me encogí en mi lugar, porque aquel chico acababa de pasar de ser tierno a un posible agresor.
Me sentía aterrada.
—¿¡Qué te pasa, imbécil!? —escuché a lo lejos. Abrí los ojos y, en cámara lenta, vi cómo Samuel corría hacia nosotros.
—Lo que faltaba… —Robert volvió a adoptar esa postura temeraria y se alejó un poco de mí, dándome espacio.
Samuel llegó hasta nosotros y, sin pensarlo dos veces, tomó a Robert de la polera que este traía y lo empujó contra la pared.
—¿Por qué mierda crees que tratar a una mujer así está bien? —preguntó. Robert lo empujó, para sacárselo de encima, pero mi amigo no retrocedió ni un centímetro —. ¡Responde, cobarde! ¿Es que te da miedo enfrentarte con alguien de tu tamaño?
—¡No te metas! En esta relación estábamos yo y Samanta —dijo Robert. Me miró buscando apoyo, pero lo observé sin decir nada, porque estaba paralizada, tan paralizada que no fui consciente del momento en que Aaron llegó hasta mí y me tomó del brazo.
—¿Tú te escuchas, imbécil? ¡Samanta y tú no están en una relación, aterriza! —dijo Samuel con burla, lo que hizo que Robert lo mirara con odio.
—Ey… ¿se pueden calmar? —preguntó Aaron en un intento de calmar el ambiente, pero nadie pareció escucharlo.
Quise decir algo, pero nada salió de mi boca.
—Claro, olvidaba que ella estaba con todos, solo le faltaba Aaron —se burló Robert.
Todos se quedaron en silencio y Aaron intentó acercarse a ambos, pero lo detuve.
En cámara lenta vi cómo el puño de Samuel se levantaba y luego se depositaba con fuerza en el rostro de Robert. Ambos comenzaron a golpearse y, en ese momento, desperté y caminé hasta ellos, colándome en medio y dejando a Samuel contra la pared, mientras Robert se quedaba tras de mí.
—¡Ya, basta! —grité con fuerza. Samuel, al verme frente a él, se detuvo y apuntó con su dedo índice a Robert, quien tenía ahora el labio partido.
—No quiero que vuelvas a acercarte a ella, porque soy capaz de dejarte inconsciente, y sabes que es verdad.
Iba a decir algo, pero un fuerte impacto hizo que mi cabeza rebotara contra la fría pared del pasillo. Llevé mi mano hasta el lugar y solo vi sangre salir disparada de mi cabeza. Unos gritos inundaron mis oídos, pero no pude escuchar nada, no entendía qué decían esas voces.
El rostro preocupado de Samuel fue lo último que vi antes de caer en un profundo sueño.