Capítulo 18

1717 Words
Marcos Tenía que reconocer que volver a ver a Sam me había sacado de balance. ¿Es que nunca lucía mal? Cada vez que la veía, su pelo estaba brillante, su sonrisa blanca de dientes perfectos y sus ojos… sus ojos sonreían. Había algo en ellos, algo que me tenía al límite de la cordura. Di un vistazo rápido a Emilia, quien estaba sentada junto a los otros niños. Anto estaba a su lado y conversaba animadamente con ella. Sebastián y Alexander estaban enfrascados en una competencia de quién podía tocar más rápido la canción que habíamos aprendido hoy, y Gloria hablaba por teléfono en una esquina de la sala. Suspiré y miré el reloj. —Muy bien niños, haremos la ronda de despedida. Todos corrieron hacia mí y se reunieron en un círculo como era de costumbre al final de cada clase. —¿Cómo se hace eso? —preguntó Emi. Le sonreí con ternura. Me agradaba mucho esa pequeña. —Nos tomamos de las manos, cerramos los ojos y respiramos profundo —le expliqué—. Inhalen y exhalen. Sebastián tomó la mano de Emilia y se sonrojó ante el contacto; ella le sonrió amistosamente y cerró los ojos. Mi corazón se sintió tan lleno de amor con solo ver a estos niños ser felices en clases. Estaba seguro de que Sam estaría feliz al saber que Emi se había adaptado bien con los otros niños. —Abran lentamente sus ojos —observé como todos obedecieron y ahora sus rostros estaban más relajados—. Cada uno de ustedes tendrá un minuto para compartir algún pensamiento con el grupo. —Tío Marcos, yo estoy muy contenta de tener una nueva amiga —Antonia miró a Emilia y le lanzó un beso, lo que me sacó una pequeña carcajada. —Gracias Anto —murmuró Emilia en voz baja, mostrándose tímida. —¿Alguien más? —Tío, a mi me gustó la canción que tocamos hoy —dijo Sebastián. Asentí con la cabeza y le sonreí, sin decir nada; esa era la regla de oro en esta ronda de despedida. Todos los niños debían decir algo, sin que nadie les debatiera aquello ni que yo mismo interviniera. Era un momento solo para ellos. —En mi casa dicen que estoy mejorando mucho, es por ti, Tío Marcos, gracias. Sentí que mi pulso se aceleraba y que quería llorar, porque este reconocimiento me llenaba de emoción. Recordé el primer día que vi a ese pequeño y lo renuente que se mostró a que yo me integrara. Ahora las cosas habían cambiado, y sus palabras terminaron de confirmármelo. —¿Emilia? —Sí, yo… —retorció sus manitos y se encogió de hombros—. Quiero volver la otra semana, ¿puedo? —Claro que sí Emi, eres bienvenida, ¿no es así niños? —¡Claro! —Sebastián se mostró muy emocionado, lo que me causó mucha ternura. —No pensé que haría amigos, porque no soy buena en eso. Mi corazón dolió con sus palabras, porque ningún niño debería sentir eso nunca. —¿Qué es lo que mis oídos escuchan? —Gloria se acercó a nosotros guardando su teléfono en el bolsillo de su chaqueta y acarició el cabello de Emilia con delicadeza—. Nadie debe hacerte creer que no eres buena en algo, pequeña. Emilia le sonrió a Gloria y asintió con la cabeza. —Si nadie tiene nada más que decir, daremos finalizada la ronda. Los niños se miraron entre ellos y luego fue Antonia la primera en salir disparada hacia mí para darme un abrazo. Me agaché a su altura y le correspondí, mientras uno a uno se acercaron todos, tirándose sobre mí y dejándome tirado en el piso. —¡Torre humana! —escuché gritar a Alexander. Me reí con fuerza mientras todas sus risas infantiles llenaban la sala de clases. —Van a matar a su querido Tío Marcos —murmuró Gloria entre carcajadas. —Envidiosa —logré decir entre risas. Poco a poco, los niños me liberaron y se sentaron en el piso, mientras yo me acomodé también y me senté al lado de ellos. —¿Hola? Levanté la cabeza de inmediato al escuchar la voz de Sam. Gloria se acercó a ella y las vi conversar animadamente en voz baja. —Ven Emi, vamos a buscar tus cosas —dije. Me levanté del suelo junto a Emilia y la guié hasta los percheros, para que pudiera tomar su chaqueta y guitarra. —Gracias, Tío Marcos. —De nada, Emi. Nos acercamos hasta Sam y cuando llegamos hasta ella se agachó para darle un gran abrazo a su hermana pequeña. —Dice la señora Gloria que te gustó mucho estar aquí —dijo Sam con los ojos brillando de emoción. —¡Sí, Cham! Samanta me observó de reojo y me sonrió tímida, pero solo fui capaz de asentir con la cabeza y extenderle las pertenencias de Emilia. —Gracias —susurró. >, me repetí a mí mismo, sin poder dejar de sentir aquella enorme atracción hacia ella. —Nos vemos la próxima semana, Emi —me despedí de mi nueva alumna y luego le sonreí a Samanta—. Un gusto, adiós. Di media vuelta y me acerqué a los otros niños. Anto se me colgó de una pierna y me pidió que jugara con ella mientras llegaba su abuela a buscarla, a lo que acepté de inmediato. A pesar de estar ocupado, pude ver de reojo que Sam y Emilia abandonaban la academia, y solo quería golpear mi cabeza contra el piso por haberme hecho ilusiones solo y no haber escuchado a Aaron cuando me dijo que ella ya tenía a alguien en su corazón. Robert podía ser un idiota, pero era evidente que ella seguiría estando con él. (…) Al llegar a casa, lo primero que vi al abrir la puerta fue a mi padre sentado en la mesa del comedor junto a mi madre. Noté de inmediato que algo andaba mal cuando cerré la puerta tras de mí y mi padre se levantó de la silla para tomar unos papeles de la mesa y extenderlos hacia mí. —¿Qué es esto, Marcos De la hoz? Me acerqué confundido, dejando a Adela en una de las sillas y tomé los papeles que mi padre me extendía. Observé atónito cómo tenía en mis manos las fichas de postulación para la beca de pago completo en la Universidad. —Yo… —susurré, sin saber cómo explicarle esto a mi padre. Mi madre comenzó a llorar, y eso indicó que todo ya se había ido a la mierda. —Quiero estudiar Pedagogía en Música, papá. Mi padre tomó un florero de la mesa y lo arrojó contra la pared, haciéndolo pedazos. —¿¡Qué dices, idiota!? ¡Estás estudiando medicina en una de las mejores universidades del país! Mi madre tomó el brazo de papá y le pidió que se calmara, pero su rostro solo me proyectaba ira. >, pensé. —Nunca me ha gustado la medicina, no soy bueno en eso y no quiero desperdiciar más tiempo estudiando algo que odio y en un lugar que no me gusta —intenté que él pudiera entenderme, pero en el fondo sabía que era imposible, porque su visión del mundo siempre había sido completamente diferente a la mía—. Mi sueño siempre ha sido estudiar algo relacionado con la música, papá. Tú lo sabes. —¿Me estás jodiendo? ¿Quieres que te mantenga toda la puta vida? ¡De la música no se vive, Marcos! —gritó sin detenerse a escucharme. —No, por eso postulé a una beca de pago completo —me encogí de hombros—. No te estoy pidiendo que me mantengas. —¡Por favor, cariño, escucha a Marcos! —Mi madre intentó mediar la situación, pero mi padre continuó ignorándola. Estaba cegado de ira y no escucharía nada más que sus propios gritos. Siempre había sido así. —¡No puedo creerlo! —mi padre se sentó y llevó ambas manos a su rostro—. Está bien, si tanto quieres esto, que te cueste. Alcé una ceja confundido. >, me cuestioné. —No te pediré nada, papá. Solo quiero ser feliz. —Yo sí te voy a pedir algo… —sonreí, porque en ningún momento esperé esta reacción de su parte—. Quiero que te vayas de mi casa —soltó—. Ya eres todo un adulto, ¿no? Si quieres tomar tus propias decisiones, hazlo, pero fuera de mi puta casa. Abrí los ojos con sorpresa y me carcajeé de lo tragicómico de la situación. Mi madre observó a mi padre con asombro, al igual que yo. —¿Qué te pasa? ¡Esta es su casa! —ella se puso de pie y caminó hasta mí. Se ubicó a mi lado y me tomó de la mano—. Recuerda que nuestro hijo está convaleciente, ya que casi muere en un accidente, ¿te parece poco? Papá se levantó de la silla y me apuntó con el dedo para decir: —Hubiera preferido eso a tener un hijo que quiere ser músico. Sentí cómo mis costillas se contraían, lo que me causó un leve dolor, pero no tanto como escuchar las palabras de mi padre. Lo observé sin poder entender cómo ese ser humano no tenía sentimientos. —No seré más una preocupación en tu miserable vida —espeté con una promesa entre líneas—. A partir de este momento, no tengo padre. Dejé un rápido beso en la frente de mi madre y tomé a Adela en mis brazos. Mamá corrió a mi lado tomando mi brazo, intentando retenerme, pero yo solo le dediqué una débil sonrisa antes de zafarme de su agarre. —Te llamo en la noche, voy a estar bien —susurré en su oído. Ella sollozó, pero asintió con la cabeza. Salí disparado de esa casa. Al cerrar la puerta tras de mí sentí un enorme nudo en la garganta y lo único que fui capaz de hacer fue caminar en dirección a la casa de Aaron, un lugar al que sabía que podía recurrir en casos de emergencias.
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