Capítulo 17

1627 Words
Samanta Sentía que mi corazón podría salir corriendo de mi pecho en cualquier momento; podía escuchar los latidos cada vez más fuertes. Llevé una mano sobre mi pecho y respiré profundamente, inhalando lento. Me acomodé el cabello y, por fin, sonreí al ver a Emilia salir corriendo del colegio. —¡Hola, Cham! —mi hermanita corrió a mis brazos y la recibí con un beso sobre su frente. —¿Cómo estuvo tu día? —pregunté con una sonrisa. Le quité la mochila de los hombros y la coloqué en los asientos traseros de mi automóvil. —¡Hice un amigo nuevo, Cham! —Eso es genial Emi, ¿Cómo se llama tu amigo? —le sonreí con alegría. Esto era una buena noticia, seguro que mamá se sentiría feliz. —Ismael, pero no va a mi clase. Empecé a hiperventilar cuando vi a lo lejos precisamente a quien no quería ver. Le hice un gesto a mi hermana para que se subiera al automóvil, pero ella siguió hablando muy emocionada sobre su nuevo amigo. La verdad, no logré escuchar nada de lo que salía de su boca; estaba comenzando a perder los nervios. Rafael caminó hacia nosotras. Observé a su pequeño hijo y mi corazón comenzó a latir muy rápido; la culpa me consumía. Abrí la puerta del auto para que Emilia pudiera subir, pero ella comenzó a gritar muy fuerte y se alejó de mí corriendo. Confundida, seguí su trayectoria y temblé cuando la vi abrazar a un niño para luego pedir a gritos que me acercara a ellos. Ay, no>> Por instinto y sin saber cómo, fui capaz de acercarme a ellos y sonreír. —Cham, te presento a Ismael, mi amigo nuevo —ella me lo presentó con tal entusiasmo que se me partió el corazón. —Encantada —logré decirle al pequeño con mucha dificultad. Él me sonrió y comenzó a conversar animadamente con Emilia. —¿Ella es tu hermana pequeña? —su voz fue como ácido para mis oídos. Sentía que había perdido la capacidad para poder articular palabras, así que solo asentí con la cabeza y por un segundo lo observé fijamente, solo para ver una enorme sonrisa en su rostro. —Que pequeño es el mundo… —se encogió de hombros y miró a mi hermana con una sonrisa. Maldito infeliz>> —Cham, ¿tú crees que Isma pueda ir al taller con nosotras? —Yo tengo una linda guitarra en mi casa —dijo el pequeño. Juntó sus manitos en forma de petición y me sonrió. Su sonrisa era igual a la de Rafael. —Y-yo no lo sé… —¿De qué se trata ese taller? —preguntó Rafael. —Es un taller para aprender a tocar guitarra, yo empezaré hoy —respondió Emi con una sonrisa. Dios, llévame contigo>>, pensé. —Se escucha muy interesante ¿Con quién me puedo contactar para inscribir a Isma? —esa pregunta estaba claramente dirigida a mí, por lo que fingí calma y me encogí de hombros. —La verdad no lo sé, no manejo esa información. Lo siento señor. Rafael alzó las cejas al escuchar la palabra “señor”, y quise reírme en su cara, pero, por el contrario, actué rápido y tomé la mano de Emilia. —Nos vamos cariño, despídete. Ella me miró confundida, pero no dijo nada. Sabía que sospechaba algo, pues Emilia era muy intuitiva. Le dio un pequeño abrazo a su nuevo amigo y, luego de un corto intercambio de palabras entre ellos, nos dimos media vuelta y caminamos hasta el automóvil. —¿Te cae mal mi amigo? Quería llorar. —No, Emi. Tu amigo no me cae mal —. Negué con la cabeza e intenté sonreír, pero no me alcanzaba para eso—. ¿Te parece ir a comer un helado antes del taller? Mi hermanita me observó algo confundida por mi cambio de tema, pero asintió con la cabeza, incapaz de resistirse a un helado. (…) Samuel acababa de enviarme un mensaje pidiendo ayuda con un trabajo pendiente que teníamos en la Universidad, a lo que respondí que iría a su casa luego de pasar a dejar a Emilia al taller de guitarra de Marcos. Mi nerviosismo salió a flote con tan solo pensar en volver a ver a Marcos; ese chico realmente producía algo en mí que no podía controlar por más que lo intentara. Emilia, a mi lado, comenzó a cantar con alegría mientras miraba por la ventana del automóvil. Sonreí. De verdad esperaba que este taller le hiciera bien y que pudiera recrearse cantando y aprendiendo a tocar la guitarra con otros niños y niñas. A lo lejos, pude ver el lugar de nuestro destino: una pequeña casona con un llamativo letrero en la entrada, pintado con colores muy vivos. Se podía leer con claridad “Academia Pequeños Pasos” en el letrero. —Vamos llegando Emi ¿Cómo te sientes? Ella suspiró y me miró fijamente. —No lo sé… —se aferró al cinturón de seguridad con sus pequeñas manos—. ¿Y si no les gusto a los otros niños? Por segunda vez en el día quería llorar. —No digas eso Emi —le sonreí con ternura—. De seguro harás nuevos amigos y amigas, además de poder aprender a tocar tu linda guitarra. Ella asintió con la cabeza y sonrió. Vi en su rostro cómo la esperanza se había depositado en su corazón. Estacioné el automóvil frente a la academia y me bajé. Abrí la puerta trasera para tomar la guitarra de Emilia y en dos segundos ya la tenía saltando a mi lado. —¿Dónde está Marcos? —preguntó emocionada. Me reí levemente ante su actitud positiva. —No lo sé, ¿Entramos a ver? —ella asintió emocionada—. Toma, ten esto. Le entregué la guitarra a mi hermana y le di un beso en la frente. —Gracias por estar conmigo, Cham. Estaba por responder cuando escuché un carraspeo tras de mí. Me giré por intuición y mis ojos captaron a Marcos en todo su esplendor. —¡Hola, pequeña! —saludó a Emilia, ella corrió hacia él y le dio un abrazo. Me causaba ternura su emoción. —¡Hola! Mira, tengo una guitarra, como tú. Sonreí ante la exagerada reacción de Marcos, él abrió los ojos y boca de manera muy exagerada y llevó ambas manos a sus mejillas. —¡Qué preciosa! —Emilia asintió con la cabeza, sacándola de su hombro y enseñándole con orgullo—. Oh Dios, y es rosa. Solté una carcajada espontánea, ya que el único requisito de Emilia fue que su guitarra fuera de color rosa, por lo que mi madre dio vuelta la ciudad buscando una con tal característica. —Creo que llegamos antes —mencioné con una sonrisa. Marcos me observó y negó con la cabeza en respuesta. —¿Vamos adentro? —preguntó él. —Sí, claro…—respondí inmediatamente, pero él estaba mirando a Emi, no a mí. Quise morir de vergüenza cuando me di cuenta de que en realidad Marcos se dirigía a mi hermana. Sentí el calor en mis mejillas, pero intenté fingir como que nada pasa. —También puedes entrar Samanta, no hay problema. Marcos no me dirigió la mirada, lo que se sintió muy extraño; no comprendía su reacción. Emilia tiró de su mano y ambos pasaron delante de mí para entrar a la academia. Los seguí de cerca, intentando descifrar a qué se debía la indiferencia de ese chico hacia mí. Parecía molesto, y yo no entendía nada. (…) Intenté concentrarme en todo lo que Samuel estaba diciendo, pero se me dificultaba prestarle atención a mi amigo. Luego de dejar a Emilia en la academia, me sentí muy nerviosa, ya que realmente esperaba que se adaptara y que le gustara asistir al taller de guitarra. —¿Qué opinas tú? —Samuel me observó con atención y señaló la pantalla del computador—. ¿Dejamos este párrafo o lo sacamos? Igual creo que le quita el hilo conductor al tema… Mordí mi labio inferior y le sonreí a mi amigo, él me miró con confusión y arrugó su frente en señal de duda. —No estoy muy concentrada, lo siento… —Eres la peor —sonrió con diversión y me lanzó una mala mirada—. ¿Qué ocurre? —Emilia está teniendo su primera clase de guitarra en este momento —mencioné con nerviosismo y exhalé con pesadez—. ¿Y si no se adapta? —Lo veo difícil Sami, estoy seguro de que lo hará—. Samuel se acercó a mi lado y tomó mi mano con cariño—. Marcos está con ella, la va a cuidar. —Eso espero, Dulcecito —le sonreí. —¿Cómo estaba Marcos? —solté una carcajada y sentí mis mejillas ruborizarse al recordar ese bochornoso momento. —No hablamos nada —me encogí de hombros con indiferencia. —Uhm, ¿Por qué siento que eso te molesta? —abrí los ojos de par en par y negué con la cabeza. —No me molesta. Samuel no dijo absolutamente nada sobre eso y luego se encogió de hombros. —¿Dejamos esto para después? —señaló la pantalla de su computadora y yo asentí con la cabeza. Me acerqué y tomo el computador en mis manos. —¿Netflix? —Por supuesto. Mi amigo se lanzó a su cama y yo fui tras él; me acomodé a su lado y comenzamos la elección de película. Seguía sintiéndome ansiosa, pero con Samuel a mi lado todo parecía mejor. La verdad, no sabía qué haría sin su amistad.
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