Marcos
Salí de mi casa con la excusa de que estaría con Aaron, pero le mentí a mi madre.
¿Por qué?
Mientras navegaba por internet, encontré un par de anuncios de trabajo, pero la mayoría no llamaron mi atención. Sin embargo, uno de ellos me pareció perfecto. Y, dado que necesitaba el dinero con urgencia para comprarme un piano, debía asegurar ese cupo cuanto antes.
Caminé por las calles de la ciudad con Adela a cuestas. Era difícil, por el hecho que mis costillas aún se encontraban delicadas debido al accidente, pero evité pensar en las punzadas de dolor e intenté disimular que no me dolía.
Revisé si estaba en la dirección correcta y entré en el pequeño local. No se veía ninguna persona dentro, por lo que grité un fuerte “¿Aló?” y me quedé de pie en la entrada.
Vi que había dos puertas frente a mí, pero no quise ser entrometido y me tragué las ansias que traía encima. Esperé unos segundos, hasta que una de ellas se abrió y una señora mayor me observó con una sonrisa amable.
—¿Qué se te ofrece, cariño? —preguntó. Con cierta dificultad se acercó a mí y, al ver mi guitarra, sus ojos se iluminaron con comprensión.
—Vi un aviso en internet, vengo por el trabajo —respondí con una sonrisa amplia, señalando a Adela con el dedo índice.
La señora me escrutó con la mirada por unos segundos y luego se giró hacia la puerta por la que había salido. Me hizo una seña para que la siguiera, y me adentré en la habitación tras ella.
Dentro, vi a tres pequeños niños sentados en el suelo, cada uno con una guitarra entre sus brazos.
—Niños, tomen atención —habló ella con calma. Los niños la observaron fijamente y ella me señaló con su mentón—. Tenemos un invitado por el día de hoy.
Todos los presentes, incluyendo a la señora, me observaron con curiosidad.
—Mi nombre es Marcos, un gusto —saludé. Observé confundido a la señora, que aún no tenía nombre para mí y ella se giró para mirar nuevamente a los niños.
—El tío Marcos estará con nosotros hoy.
—¿Por qué? —preguntó curiosa una pequeña rubia de ojos azules. Le sonreí, porque me causó ternura.
—Porque él quiere enseñarles a tocar guitarra, ya saben que yo estoy vieja y no puedo hacerlo todo sola —le respondió la señora con una sonrisa y me señaló con su mano—. Si nos gusta, se quedará con nosotros.
—¿Y si no nos gusta? —preguntó receloso un niño de cabellos castaños. Me dió una esquiva mirada, temeroso.
—¿No quieres que yo les enseñe? —cuestioné con fingido dolor. El pequeño se encogió de hombros y sus mejillas se tornaron rojizas—. Soy muy divertido, ya te darás cuenta, además yo te puedo enseñar a tocar muchas canciones geniales en guitarra.
El niño parecía renuente a mirarme a la cara. Me acerqué lentamente y tomé asiento a su lado. Con cierta dificultad me acomodé en el piso, saqué mi guitarra de su funda y la coloqué frente a sus ojos.
—Mira, esta es mi guitarra, y su nombre es Adela. ¿Cómo se llama la tuya?
—¿Tiene que tener un nombre? —preguntó asombrada la pequeña rubia, abriendo los ojos mientras miraba a Adela con curiosidad.
—Si tú quieres, no es necesario... pero es mejor así, ¿no creen?
El otro pequeño, que hasta entonces no había dicho palabra alguna, se puso de pie y caminó hasta colocarse frente a mí.
—Un gusto, profesor Marcos. Mi nombre es Sebastián, y mi guitarra se llama Sirenita, porque somos mejores amigos.
Le sonreí ampliamente. No tenía muchos conocimientos en el área, pero no era difícil notar que este pequeño era especial. Su mirada era inocente, y parecía dispuesto a conversar conmigo abiertamente.
—Un gusto, pequeño —lo saludé—. ¿Ven, niños? Ponerle un nombre a sus instrumentos les da un significado muy bello.
La niña me observó con una sonrisa a la que le faltaban un par de dientes y luego tomó su guitarra con ojos soñadores.
—La mía se llamará Francia, porque mi abuela se llama así —aseguró, dejando un beso sobre las cuerdas. Sentí cómo mi corazón comenzaba a latir con más fuerza.
Maldición... Esto era lo que yo quería para mi vida.
—¿La mía puede llamarse Rayo? —preguntó el castaño a mi lado. Su mirada ya no transmitía rechazo; muy por el contrario, esperaba mi aprobación.
Sonreí y asentí con la cabeza.
—Se llamará como tú quieras.
Levanté la vista hacia la señora, buscando alguna señal en su rostro, y su sonrisa me lo dijo todo.
Esa sonrisa me decía entre líneas que el puesto era mío.
Porque sí, se me daban bien los niños.
—Pequeños, hoy haremos una pequeña demostración para el tío Marcos ¿Les parece bien? —preguntó ella.
Los niños asintieron con la cabeza y Sebastián fue el primero en tomar el instrumento y deslizar sus dedos sobre las cuerdas.
Lo escuché atentamente y mi boca se abrió con asombro al oír su voz. No había que ser un genio musical para notar el talento natural que él tiene con la música.
Observé a los otros dos niños y sonreí al ver que su atención estaba totalmente puesta en su compañero.
Mi pecho se llenó de una linda emoción, algo que pocas veces lograba sentir y es que los niños eran algo maravilloso, y ahora, tenía una nueva oportunidad frente a mis narices.
(…)
La clase había terminado hacía apenas unos minutos cuando la señora me hizo una seña para que me quedara. Los niños guardaron sus cosas, se pusieron de pie y se despidieron de mí y de la mujer a mi lado.
Un par de personas esperaban afuera; supuse que eran sus padres. Los pequeños salieron por la puerta y me dejaron a solas con ella, quien aún parecía evaluarme con la mirada.
—¿Qué te pareció la clase? —preguntó con una sonrisa, mientras caminaba con dificultad hacia una silla de madera y se dejaba caer en ella.
—Como sugerencia, creo que podrían incluirse videos para complementar el aprendizaje. En internet hay variedad de tutoriales infantiles —propuse.
Ella alzó las cejas en mi dirección y me hizo un gesto con la mano, invitándome a continuar.
—Todos aprendemos de manera diferente, y creo que para ellos sería más divertido escuchar también a otras personas enseñándoles.
—Sí, tienes razón. No se me había ocurrido... ya sabes, soy de la vieja escuela —rió suavemente, encogiéndose de hombros.
Le devolví la sonrisa y me acerqué para sentarme en una silla a su lado.
—También pensé que podría grabar su trabajo de manera individual, para que al final del curso puedan ver con sus propios ojos el progreso que han logrado —añadí, esbozando una sonrisa—. Pero, claro, habría que pedir autorización a los padres. Al ser menores de edad, es necesario su consentimiento.
Ella me devolvió una sonrisa agradable y guardó silencio durante unos segundos. Inspiró profundamente y me observó con detenimiento.
—Como habrás notado, por ahora solo tengo tres alumnos. La idea de abrir esta pequeña academia nació cuando salí de la universidad —comentó, dejando que su mirada recorriera la habitación. Imité su acción: dos sillas de madera —las que estábamos usando—, una alfombra, un viejo sillón y una mesa en la esquina eran todo lo que componía el lugar.
—¿Es profesora? —pregunté.
—Sí, profesora de música. Me gradué a los treinta y trabajé muchos años en distintos lugares, pero siempre quise tener mi propio espacio para enseñar a los niños. Me jubilé hace dos años y, con el dinero que recibí, abrí esto —explicó, señalando el cuarto con ambas manos.
Sonreí ampliamente al escucharla, mientras una extraña calidez se instalaba en mi pecho.
—Me gusta mucho enseñar, pero ya estoy demasiado vieja para manejar a los niños sola… —admitió con un suspiro.
—No creo que eso sea verdad —respondí con sinceridad—. Las personas que aman la pedagogía nunca deberían dejar de enseñar.
—Me parece que tú eres de los que también aman la pedagogía —dijo con una sonrisa cómplice—. ¿Estudias algo?
—Sí, pero no lo que realmente quiero —contesté, aclarando la garganta con cierta incomodidad. Mi expresión se suavizó al ver comprensión en su rostro arrugado—. Estoy buscando trabajo precisamente para poder estudiar pedagogía en música.
—Entiendo… ¿y quién soy yo para negarte esa posibilidad? —rió con ternura, apoyando su mano sobre mi hombro—. Mi nombre es Gloria y, desde ahora, puedes ser mi ayudante aquí. ¿Te gustaría?
Llevé mi mano sobre la suya y asentí con firmeza.
—Creo que no hay otro lugar en el que me gustaría trabajar.
La señora Gloria sonrió satisfecha, se incorporó con esfuerzo y caminó hasta la pequeña mesa. Tomó una hoja en blanco y un lápiz.
—Vamos a acordar ciertas cosas —dijo mientras comenzaba a escribir—. Las clases son los viernes de cuatro a seis, y los sábados por la mañana. ¿Puedes ambos días?
—Sí, tengo tiempo de sobra.
—Eso es bueno —asintió, sonriendo nuevamente.