Capítulo 7

1113 Words
Marcos  La sonrisa en mi rostro no podía ser más grande. La gente me miraba con desconfianza mientras avanzaba por las calles, pero me valía mierda. ¿Por qué la gente se alarma cuando ve a alguien sonreír? La sociedad estaba tan podrida que se sobresalta ante la felicidad ajena y normaliza la tristeza. Seguro que, si estuviera llorando a mares, nadie me prestaría atención, incluso me ignorarían. Me detuve frente a la puerta de la casa de Aaron y golpeé dos veces con los nudillos. Esperé con paciencia hasta que Carmen, la madre de mi amigo, abrió la puerta. —Hola, tía. Vine a ver a Aaron —saludé, dándole un beso en la mejilla. Ella se hizo a un lado para dejarme pasar. —Claro, no creo que vengas a verme a mí —rió divertida. —También hay Marcos para usted, tía. No se me ponga celosa —le guiñé un ojo. Ella negó con la cabeza, sonriendo divertida. La madre de Aaron era como mi segunda madre, así que podía bromear con ella sin problema. —Está en su habitación —dijo, señalando las escaleras. Asentí y subí los peldaños de dos en dos. Me planté frente a la puerta cerrada del cuarto de Aaron, tomé la manija y la abrí sin anunciarme. Entré y cerré la puerta tras de mí. —¿Por qué estás tan encerrado, amorcito? —cuestioné. Alcé la cabeza y Aaron me observó con una sonrisa. A su lado se encontraba Samanta, quien me observó con los ojos muy abiertos. —Sí, pasa ¿Para qué vas a detenerte a tocar la puerta? —cuestionó mi amigo con diversión. —Hombre, pero que agradable sorpresa. Vine buscando cobre y encontré oro —le guiñé un ojo a la rubia de ojos verdes. Ella se sonrojó fuertemente y bajó la vista hacia un cuaderno abierto que tenía sobre sus piernas. Aaron alzó una ceja hacia mí y me hizo una seña para que me comportara con su amiga. Le guiñé un ojo y deposité a Adela con cuidado sobre una silla de escritorio que se encontraba cerca de mí. Me encaminé hasta la cama de mi amigo y me senté a su lado. Samanta estaba ubicada en un sillón hacia el otro lado de la habitación, de manera que Aaron estaba en medio de nosotros. —¿Quieres que te deje mis apuntes? —preguntó Samanta. Elevó su bello rostro y observó a Aaron. —Sí, te lo agradecería mucho. Puedo ir a tu casa para devolverlos cuando termine de copiar todo. Ella negó con la cabeza y sonrió de manera amable. —No te preocupes, puedo venir a buscarlos —señaló ella. Sentí que intentaba escapar de mí. No sabía si era demasiado egocéntrico de mi parte pensarlo, pero tenía la leve sensación de que mi presencia la incomodaba a tal punto de querer huir. —Aaron —llamé su atención. Mi amigo se giró para mirarme—. La verdad, venía de pasada. Quería ver si podrías prestarme tu proyector. Mi amigo me observó confundido y alzó una ceja en mi dirección. —¿Para qué lo necesitas? —preguntó, curioso. Sentí la mirada de Samanta sobre nosotros, pero intenté no mirarla demasiado; mi idea no era incomodarla. —Conseguí trabajo —señalé con una sonrisa—. Mañana debo ir y ya le prometí a mi jefa que lo llevaría. —Vale, iré a buscarlo. Asentí con la cabeza y vi a mi amigo ponerse de pie. Salió de la habitación y me dejó a solas con Samanta. Ella tomó su teléfono, ignorándome. Sonreí. —¿Te caigo mal? —pregunté. Samanta levantó el rostro y me observó fijamente. —No, porque no te conozco —puntualizó. —¿Y por qué, entonces, parece que quieres huir de mí? —No intento huir… —murmuró ella—. Solo que estoy saliendo con alguien y no quiero malos entendidos. Asentí con la cabeza y le sonreí. —Lo siento, suelo ser muy intenso a veces —me encogí de hombros. Ella sonrió y alzó una ceja en mi dirección. —¿A veces? —cuestionó divertida. —¿Qué quieres que te diga? Así soy yo —me reí levemente. Dejó su teléfono sobre sus piernas y sentí que había ganado terreno, porque ya no intentaba ignorarme. —No sé si lo habías notado, pero al parecer vamos a tener que vernos algunas veces —señalé hacia la puerta por donde había salido Aaron hace un momento. Samanta se ruborizó y asintió con la cabeza. La vi poner un mechón de su cabello tras su oreja y fui capaz de percibir su nerviosismo. —Al parecer, sí. —¿Podías, por lo menos, aceptar ser mi amiga? —pregunté con falsa inocencia. Ella alzó ambas cejas, sorprendida. —C-claro… —dudó un poco—. Pero no creo que tú quieras que yo sea tu amiga. —Sí, tienes razón —sonreí de lado—. Pero puedo fingir que no me muero de ganas por robarte un beso. Ella abrió la boca, asombrada, y me observó en silencio. Aaron entró en la habitación y dejó sobre la cama el bolso que contenía el proyector. Observó con confusión a Samanta y luego me dio una mirada de reproche. Me puse de pie con dificultad y tomé el bolso para colgarlo en mi hombro. —¿Te vas? —preguntó Aaron con confusión. Asentí hacia él. —Sí, tengo una cita con Adela —señalé con la intención de ver la expresión de Sam. Ella frunció el ceño, pero no preguntó nada. Tomé a Adela y me la colgué en el hombro desocupado. Levanté una mano y la agité con una sonrisa. —Chau, amiguitos. Samanta rió levemente y puso su atención sobre su cuaderno. Aaron me dió una mirada, como diciendo: “Tienes que explicarme qué ha sido eso”. Salí de la habitación, cerré la puerta tras de mí y pegué mi oreja sobre la superficie de la puerta. Escuché atentamente cómo Aaron le preguntaba algo a Samanta y ella permaneció en silencio unos segundos. Escuché claramente un “¿Quién es Adela?” y sonreí victorioso. Caminé hacia las escaleras y bajé con cuidado. Agradecí vivir muy cerca de la casa de Aaron, porque el peso sobre mis hombros solo me producía dolor en las costillas. Descendí hasta el primer piso y me despedí de la madre de mi amigo. Salí de la casa y comencé a caminar en dirección a mi hogar. "¿Por qué eres así, Marcos?", me cuestioné. Sonreí y negué con la cabeza, divertido.
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