Samanta
Al fin era sábado.
Me estiré sobre mi cama con pereza y me acomodé para quedar sentada. Miré la hora en mi teléfono una vez más y me asombré al notar que había pasado una hora revolcándome en mi flojera.
Me puse de pie y observé mi reflejo en el espejo de mi habitación. Mi cabello era un desastre, pero lo ignoré y di media vuelta para bajar hacia el primer piso de mi casa.
Mientras descendía por las escaleras, escuché cómo mi madre hablaba con papá entre murmullos bajos. Al verme, ambos sonrieron y dejaron de conversar.
Raro.
—¿Dónde está Emi? —pregunté a nadie en específico. Papá me observó con burla y señaló mi cabello con su dedo índice.
—¿Pelea con la peineta? —cuestionó.
—ja ja ja —ironicé. Caminé hacia la cocina para preparar mi desayuno.
Yogurt y cereales.
—Emilia está en la casa de la abuela —respondió mamá en voz alta, para que pueda escucharla. Arrugué las cejas en confusión y terminé de vaciar el cereal sobre el yogurt.
Caminé de vuelta a la sala y me senté en el sillón al lado de papá.
—¿Y eso? —pregunté. Llevé una cucharada a mi boca y los observé atentamente.
Mis padres se dieron una extraña mirada cómplice. Mamá tomó una libreta entre sus manos para estirarla hacia mí. La recibí entre mis manos y la reconocí de inmediato.
Era el diario de vida de Emilia.
—Anoche leí un poco de lo que escribe ahí, pero prefiero que lo leas con tus propios ojos —señaló mamá con algo de vergüenza.
—Fingiré que no estoy pensando en que hacías lo mismo conmigo —dije divertida. Papá soltó una risotada y negó con la cabeza divertido.
—Debemos estar tranquilos, Flo. Luego iremos al colegio y hablaremos de esto con el director —señaló él a mi madre. Ella bufó con fastidio y me observó esperando una respuesta de mi parte.
Dejé el tazón de yogurt en la mesa de centro y procedí a abrir la libreta de Emi. Sonreí al ver un par de dibujos en la portada. Pasé la página y reconocí su letra.
Las páginas estaban segmentadas por fecha y en cada hoja escribía un día diferente. Era muy ordenada y cuidadosa.
En la parte inferior de cada hoja había un dibujo que sintetizaba sus emociones respecto al día. Comencé a leer y mis ojos se abrieron de par en par.
05 de marzo.
Hola diario te quento que en mi colegio nadie me quiere
06 de marzo.
Hola diario hoy una niña digo que yo era tonta por que haci son las rubias
Ella me cae mui maaaaaaaaaal
10 de marzo.
Hoy no hay qlases y mi mama no esta en la casa ella fue a su travajo y papa hiso fideos para qomer y sham jugo comigo alas muñeqas
Algo dentro de mí se comprimió al leer lo que mi pequeña hermana sentía. Me salté un par de hojas hasta llegar a las más recientes.
5 de Abril.
Hola te cuento que tengo una amiga y se yama Martina Riquelme.
6 de Abril.
Mentira ya no tengo ninguna amiga por que Martina Riquelme digo que yo era tonta por jugar alas muñeqas
7 de Abril.
La Martina Riquelme me pego por que dise que soy muy tonta y yo creo que ella es feaaa
8 de Abril.
Martina ysus amigas me encerraron en un baño sola. Teniamucho miedo y llore mucho porqe quando me dejaron salir ellas me tiraron delpelo porqe dijeron qq mi pelo rubio eramuui feo
Levanté la cabeza y observé a mamá con asombro. A Emilia le hacían bullying en el colegio.
>, pensé.
—Esto es grave —puntualicé. Mi pecho se llenó de rabia al imaginar a esa tal Martina golpeando a mi hermanita—. ¿Qué haremos?
—Creo que Emilia no se ha adaptado aún —señaló mamá con los ojos tristes y mi padre le rodeó el cuerpo con sus brazos para confortarla—. Estamos haciendo las cosas mal, porque ella siente que constantemente la postergamos por nuestros trabajos.
—Mamá, no creo que sea así —señalé con suavidad—. Está vulnerable ante cualquier cosa, porque en el colegio le hacen bullying y eso significa que su sensibilidad está a flor de piel.
Mi papá me observó y con un asentimiento me dio la razón.
—Ya oíste, amor —dijo él con calma y mi madre soltó un sollozo—.Tranquila, Florencia. Vamos a solucionar esto.
Me levanté y me senté al lado de mamá. Apoyé mi cabeza en su hombro y acaricié su cabello con cariño.
—¡A mi bebé la molestan en su colegio, André! —sollozó con fuerza. Arrugué mi rostro en una mueca, porque me dolía ver cómo mi madre sufría.
Me quedé en silencio y solo acaricié su cabello para darle confort, porque tampoco tenía una solución al problema.
¿Por qué existían niños tan crueles?
(…)
Salí de la ducha con una toalla cubriendo mi cuerpo. Tomé un simple vestido n***o entre mis manos y me lo puse, junto a las zapatillas blancas de siempre y un sweater abierto de color blanco.
Miré la hora en mi teléfono y me convencí de que iba a tiempo para recoger a Emilia de la casa de nuestra abuela paterna.
Bajé las escaleras y mamá me sonrió desde el sillón con un libro en sus manos. Se notaba más calmada, pero igual de preocupada que hacía un rato. Me acerqué a ella y besé su mejilla.
—Tengo una idea… —mamá alzó una ceja en mi dirección y dejó el libro sobre la mesa de centro.
—¿Cuál sería esa idea? —preguntó interesada.
—Pongamos a Emi en alguna academia de danza, taller de manualidades o un algo que a ella le guste —murmuré.
Papá salió de la cocina y se puso al lado de mamá.
—Te lo dije, Flo. Emi necesita una distracción.
—No sé —dudó mamá—. Es una solución parche.
—Pero la ayudará a pensar en otra cosa —acoté.
—Hablaremos con ella para saber si está dispuesta a ir a algún taller y luego buscaremos uno, si así lo quiere —propuso papá.
—André, quizá no quiera… —insistió mamá con pesadumbre.
Me encogí de hombros y dejo un beso en la mejilla, para luego hacer lo mismo con papá.
—Iré a buscarla y después podemos hablar con ella.
Mamá asintió poco convencida y papá me guiñó un ojo con complicidad.