Samanta
Me levanté de la cama con mucha dificultad y, como pude, silencié la alarma de mi teléfono.
Intenté abrir los ojos, pero se sentían muy pesados.
Tomé una toalla al azar e ingresé al baño con la intención de sacar la flojera de mi cuerpo. Me di una ducha rápida, me vestí y luego bajé las escaleras rápidamente para poder tomar desayuno.
—Hola, familia —saludé a todos mientras me sentaba en la mesa. Papá no despegó los ojos del diario entre sus manos y solo hizo un ademán con la cabeza; Emilia aún tenía los ojos entrecerrados y sostenía una taza de leche entre sus manos.
—Hola, bebé —mamá salió de la cocina con una taza de té y la dejó frente a mí. Besé su mejilla y le sonreí.
—Tengo buenas noticias —le comenté. Tomé la taza entre mis manos y la llevé a mis labios—. Encontré un taller de guitarra infantil para Emi.
—¿Es de confianza? —cuestionó mamá con recelo. Sonreí y asentí con la cabeza.
De reojo vi cómo mi hermana estaba a punto de caer al suelo y le hice un gesto a mamá. Ella la acomodó sobre la silla y alejó la taza de leche de entre sus manos.
—Ahí trabaja un amigo de Aaron. Ayer me envió la dirección del lugar e incluso me dijo que, como están recién comenzando, nos regalarían cuatro clases gratis para Emi —señalé mientras mamá se giraba hacia mí.
Mi padre dejó el diario a un lado y alzó una ceja en mi dirección.
—¿Nos están regalando o te está regalando a ti? —cuestionó divertido. Rodé los ojos con fastidio y lo ignoré.
—André, es muy temprano para que empieces con el bullying familiar —le sonrió mamá. Dirigió sus ojos hacia mí y asintió con la cabeza—. Podemos intentarlo, si Emilia está de acuerdo.
—¿Cuándo comenzaría a ir Emi? —preguntó papá. Se puso de pie y se acomodó el elegante traje que llevaba puesto.
—El viernes después del colegio.
Ambos se dieron una mirada y luego asintieron con la cabeza. Mamá suspiró y se levantó para dejar un beso sobre la frente de Emi, y después se acercó a mí para hacer lo mismo.
—Gracias, hija… —susurró. Sonreí y le di un rápido abrazo—. Ya nos tenemos que ir, pero luego lo hablamos mejor.
Papá pasó por mi lado y se despidió, sacudió el pelo de Emilia y dejó un beso sobre su mejilla. Mi hermana pareció despertarse con el toque de nuestro padre y tomó la taza de leche para llevarla a sus labios.
—Chao, princesas mías —se despidió papá.
—Chau —dijo Emi, batiendo su mano hacia él.
Vimos cómo nuestros padres abandonaron la casa y se montaron en su auto. A nosotras aún nos quedaba media hora para salir de casa, por lo que terminé rápido mi desayuno y luego tomé lo necesario para peinar a mi hermana.
Tomé el cabello de mi Emi con cuidado y comencé a formar una coleta alta.
—¿Recuerdas a Marcos, Emi? —le pregunté a mi hermana. Ella asintió con la cabeza y se acomodó mejor en su silla.
—Sí, es muy divertido y dijo que le gustaba mi nombre.
Sonreí.
—A él le gusta mucho la música —le comenté—. Y además les enseña a tocar guitarra a unos niños de tu edad.
—¡Qué genial, Cham! —se quedó un momento en silencio y luego suspiró—. A mí me gustaría aprender también. ¿Tú crees que me acepten?
>
—¿De verdad quieres? —terminé de peinar su cabello y ella se giró para mirarme directo a los ojos.
—Sí, porque Marcos me agrada.
—Claro, Emi —dejé un beso en su mejilla y le sonreí—. Él no tendrá problema en recibirte, porque también le agradas.
(…)
Caminé por los pasillos de la Universidad en dirección al salón donde me correspondía la primera clase del día. Mi paso era lento, porque no tenía muchas ganas de llegar a mi destino, ya que eso significaba que vería a Robert.
Entre mis lamentos mentales, un grito familiar hizo que me diera media vuelta y detuviera mi paso.
—¡Sam, espera!
Aaron llegó a mi lado y me saludó amistosamente. Le sonreí en respuesta.
>, pensé.
—¿Cómo estás? —preguntó. Se acomodó la mochila sobre su hombro bueno y comenzamos a caminar en dirección a la sala de clases.
—Bien, ¿y tú?
—Bien, solo que me quedé dormido. Pensé que no alcanzaría a llegar —hizo una chistosa mueca con los labios y reí en voz alta.
—¿Tú, quedándote dormido? —cuestioné divertida. Alcé las cejas en dirección a mi amigo cuando noté su evidente nerviosismo.
—Fui a dormir a casa de Caro anoche —respondió, y sus mejillas se enrojecieron. Reí aún más fuerte y nos detuvimos fuera de la sala que nos correspondía.
Empujé la puerta con una mano y me giré para guiñarle un ojo a Aaron.
—Me alegra que lo hayan pasado bien anoche —señalé con picardía. Mi amigo rió nervioso e ignoró mi comentario.
Qué tierno.
Vi que el salón estaba levemente lleno. Caminamos junto a Aaron hasta los asientos donde siempre nos sentábamos y continué burlándome de mi amigo, pero al levantar la mirada para sentarme, me topé con el rostro acongojado de Robert y toda mi diversión se esfumó.
—Ahí se sienta Aaron —señalé cortante.
Me sentí estúpida al reprocharle eso a Robert, como si tuviésemos cinco años, pero no creía poder aguantar una clase a su lado intentando ignorar su presencia.
Aaron carraspeó incómodo y dejó su mochila al lado de Robert, para sentarse junto a él.
—No seas así, Sam. Para la próxima me siento contigo —me guiñó un ojo y comprendí su estrategia.
Le sonreí y asentí con la cabeza.
>, pensé.
Me senté delante de Aaron y tomé mi teléfono para hacer cualquier otra cosa menos ser consciente de que Robert estaba a poca distancia de mí, con cara de perro arrepentido.
Segundos después me llegó un mensaje y, antes de abrirlo, bajé la barra de notificaciones para ver de qué se trataba.
Era Robert.