Samanta
No podía dejar de mirar a Marcos, ni creer que acababa de darle mi número de teléfono. Sentía mi corazón acelerado, como si quisiera salir de mi pecho, y me preguntaba si me escribiría o si solo lo guardaría sin darle importancia. Me odiaba un poco por esperar algo de él, pero era inevitable.
Intenté concentrarme en lo que Robert me decía, pero mi mente seguía divagando, volviendo una y otra vez a la sonrisa que Marcos me había dedicado antes de tomar mi número.
—Bonita, tengo que ir a comprar algo al supermercado ¿Me acompañas?—dí un respingo al sentir las manos de Robert sobre mi abdomen. Giré mi rostro hacia él, asentí con la cabeza y le sonreí.
—¿Qué tienes que ir a comprar? —le pregunté a Robert mientras observábamos cómo los demás se alejaban de nosotros.
Él me dió una mirada rápida y mordió su labio inferior.
—Una pócima para los celos.
Abrí mis ojos con asombro y los nervios volvieron a salir a flote.
—¿Cómo?
—Eres demasiado hermosa como para pasar desapercibida y el amigo de Aaron lo ha notado —sus cejas se fruncieron y comenzó a caminar hacia la salida de la Universidad.
Me asombré ante sus palabras y lo seguí a paso rápido para alcanzarlo.
—¿Estás celoso? —cuestioné asombrada.
Robert se cruzó de brazos y desvió la mirada. Me sorprendió verlo así, nunca antes me había montado una escena de celos. No sabía si sentirme halagada o incómoda; después de todo, él siempre había sido amable y relajado conmigo.
—¿Tengo que estarlo? —preguntó de vuelta. Me puse frente a él, deteniendo su paso y rodeé su cuello con mis brazos.
—No, claro que no.
Robert se movió hacia atrás y mis brazos cayeron por su pecho. Lo observé confundida por su reacción.
—Le diste tu número, me di cuenta.
Solté una risa incrédula y abrí los ojos aún más.
Diablos, esto se estaba comenzando a complicar y yo no estaba lista.
—P-pero es para que me cuente lo del taller, para Emilia… —me justifiqué.
El chico frente a mí sonrió con ironía y rodó los ojos. Parecía tan cegado por sus emociones que casi no lo reconocía.
—Claro, solo por tu hermana. A ti él no te interesa… —bufó.
—¿Qué estás insinuando? —pregunté con cautela.
—No lo sé, ¿Qué crees tú?
Me dio una mirada extraña, en mal plan. Comencé a sentirme muy enfadada por su reacción e intenté no explotar contra él, pero me costaba. Sentía cómo la rabia me subía por el pecho y me apretaba la garganta.
Respiré hondo, obligándome a mantener la calma, aunque por dentro lo único que quería era preguntarle qué demonios le pasaba y por qué actuaba así conmigo.
—Robert, quiero creer que no estás insinuando que yo estoy coqueteando con Marcos —puntualicé. Robert volvió a reír con diversión y solo con eso, me dejó claro lo que pensaba—. Entonces es eso, crees que yo voy de zorra por la vida y le coqueteo al amigo de Aaron mientras salgo contigo.
Robert descruzó sus brazos y su expresión se suavizó. Negó con la cabeza e intentó acercarse a mí, pero yo estaba demasiado enfadada y me aparté de él.
Sentí el impulso de decirle que no tenía derecho a actuar así, que no podía ponerse en ese plan si no teníamos una relación formal, pero opté por guardar silencio. No quería agrandar el problema.
—Perdón, bonita. Estoy siendo muy imbécil, no quería insinuar eso —hizo una mueca con los labios.
—Creo que lo mejor es dejar esta conversación hasta aquí —señalé.
Robert me dio una mirada arrepentida, pero no caí en su juego. Desvié mi rostro, dispuesta a no aceptar su chantaje emocional.
—¿Me acompañas a comprar? —preguntó de manera suave—. Ahora sí, tengo que llevar unas cosas a casa.
—De hecho, acabo de recordar que Samuel me prometió ayudarme a terminar mi ensayo.
Robert me miró con súplica, pero evadí verlo a la cara. Acomodé el bolso sobre mi hombro y me giré para caminar lejos de él.
—Sam, bonita… —él intentó alcanzarme, pero me zafé de su toque.
—Nos vemos después, Robert.
Él no insistió y yo rehice mi camino hasta donde mis amigos se habían marchado hace un momento. A lo lejos, vi a los tres caminar y corrí para alcanzarlos.
—¡Samuel! —grité. Los tres se giraron hacia mí y me sonrojé porque un par de personas me observaban con curiosidad.
Llamé a mi amigo con una seña y él caminó hacia mí. Cuando llegó a mi lado me observó con confusión.
—¿Pasa algo? ¿Dónde está Robert?
—Quiero un chocolate. ¿Vamos al comedor? —pedí con una mueca en los labios.
Samuel no dijo nada más y juntos caminamos hasta el comedor de la Universidad. Nos sentamos en una mesa libre y me acomodé frente a él.
—Ya, cuéntale a tu dulcecito que pasó —dijo con una sonrisa.
Exhalé con pesadez y cubrí mi rostro con ambas manos.
—Robert está celoso.
—Esto está jugoso —susurró interesado, juntando ambas manos y dedicándome toda su atención—. Vamos, cuéntame el chisme completo.
Reí y saqué las manos de mi rostro. Mordí mi labio inferior y observé a mi amigo con nerviosismo.
—Se molestó porque le di mi número de teléfono a Marcos —señalé. Samuel me observó tomándose con mucha seriedad lo que le estaba contando—. ¡Juro que no lo hice con la intención de coquetear! Sólo pensé que sería buena idea meter a Emilia al taller —me justifiqué y mi amigo asintió con la cabeza—. Le están haciendo bullying en el colegio y mis padres y yo creemos que sería bueno que haga una actividad recreativa.
Samuel hizo una mueca de disgusto ante lo último que había dicho.
—Se puso imbécil, es todo —señaló. Asentí con la cabeza y me recosté sobre la mesa—. Es normal, Sami. Eres linda y un chico está coqueteando contigo, es obvio que Robert lo notaría y que se molestaría —dijo con calma—. No es tu culpa. Es su culpa, porque es un inseguro.
Me quedé en silencio y sentí cómo mis ojos comenzaban a cristalizarse.
—Rafael solía decir que yo era una ofrecida —solté de pronto.
Samuel se puso de pie, rodeó la mesa y se sentó a mi lado. Con suavidad, atrajo mi cabeza hacia su pecho, acarició mi cabello con cuidado y dejó un beso sobre mi frente.
—Ese tipo era un imbécil contigo y lo sabes —dijo con firmeza.
El trauma que Rafael había dejado en mí comenzó a asomar, manifestándose en un par de lágrimas que recorrieron mis mejillas. Me repetí a mí misma que no podía permitir que su estupidez siguiera teniendo peso sobre mí. No podía dejar que aquel hombre que ya me había hecho pasar por un infierno al hacerme su amante siguiera trastornando mis relaciones.
Me aparté de Samuel, limpié mi rostro con las mangas de mi polera y lo miré con una sonrisa.
—Gracias, dulcecito.
—No es la gran cosa, Sami —se encogió de hombros—. No me importa tener que ser tu paño de lágrimas, para eso son los amigos.
—Awww… —susurro con una sonrisa.
Samuel me dio una sonrisa y tomó su teléfono. Se perdió en él por unos segundos y luego alzó la cabeza para mirarme.
—Aaron pregunta si puede venir con Marcos. Dice que ya terminaron con el trámite.
Asentí con la cabeza y me decidí a que Marcos ya no podía seguir provocando tal nerviosismo en mí.
Podía lidiar con un chico coqueteándome; mientras yo no le correspondiera, todo iría bien. Incluso volví a tomar en cuenta la posibilidad de ser amiga suya.
>, me repetí una y otra vez, como un mantra que necesitaba creerme.
—Voy a comprar un chocolate —le dije a Samuel. Mi amigo asintió con la cabeza y volvió su atención al celular.
Me puse de pie y caminé hasta el mostrador donde se hacían las compras. Mientras recibía mi chocolate, vi de reojo a Marcos y a Aaron entrando al comedor.
Regresé a la mesa y volví a sentarme al lado de Samuel.
—¿Cómo les fue? —pregunté. Marcos me observó fijamente y luego se encogió de hombros.
—No sé, dijeron que van a llamarme.
Asentí con la cabeza y abrí el empaque de mi chocolate. Antes de que pudiera darle una mordida, Samuel se coló entre mis brazos y sacó un gran trozo de chocolate con sus manos.
—¡Samuel! —chillé. Aaron soltó una risotada y negó con la cabeza.
—Tu dulcecito necesita endulzarse aún más —se excusó mi amigo.
—¿Dulcecito? —cuestionó Marcos con curiosidad.
—Así lo llama Sam —respondió Aaron con una sonrisa divertida—. No sé si has notado lo dulce que es Samuel —ironizó.
—Oye, lo es —señalé en defensa de mi amigo. Samuel le sacó la lengua a Aaron y dejó un beso en mi mejilla.
Sentí la intensa mirada de Marcos sobre mí y comencé a comer sin prestarle importancia, decidida a que no estaba haciendo nada malo al hablar con él.
—¿Dónde está tu novio? —preguntó Marcos. Tosí en respuesta y decidí no responder nada.
—Tenía cosas que hacer —respondió Samuel. Me observó de reojo, pero evité el contacto visual.
No supe si era que mi periodo estaba por llegar o si el trauma de Rafael volvía a mí, pero mis ojos se cristalizaron levemente. Samuel deslizó una mano por mi espalda y eso solo lo empeoró. Un nudo se formó en mi garganta y yo solo mantuve la vista hacia abajo.
—Voy al baño —señalé.
Me puse de pie y sin mirar a nadie, salí del comedor en dirección a los baños. Me encerré en un cubículo y las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas lentamente.
No sabía qué diablos pasaba con mis hormonas, pero la discusión con Robert me había afectado demasiado. No podía comprender por qué él se comportó así, yo nunca le había dado motivos para que me tratara de tal manera, muy por el contrario, aunque no estábamos juntos de manera oficial, nunca le había dado el pase a otro chico.
Sollocé más fuerte y refugié mi rostro entre mis manos.
La decisión que tenía se había ido a la mierda, porque me volví a cuestionar si había hecho las cosas mal. o si estaba en lo correcto.