Marcos
Ya que Aaron había retomado sus clases en la Universidad, no tenía muchas cosas con las cuales distraerme. Me sentía tan, pero tan aburrido, que incluso había barajado la posibilidad de tomar un bus y salir de la ciudad por el día, al menos para poder calmar la ansiedad que corría por mis venas.
Ayer, cuando fui a la Universidad a dejar los documentos para la solicitud de la beca, la señora que atendió mi caso me dijo que si todo salía bien y me otorgaban la beca, el traslado de Universidad sería de manera inmediata; no tendría que esperar a que la aprobaran desde mi sede actual y ellos mismos agilizarían el proceso por mí. A pesar de todo, debía esperar como mínimo dos meses más para tener una respuesta.
Debería haber estado feliz, pero de una manera muy extraña me sentía ansioso y ni Adela había podido ayudarme a bajar esos niveles de mi sistema. Tenía demasiadas cosas en la cabeza.
Demasiadas.
No era imbécil, aunque lo pareciera.
Sabía que ayer, cuando tuve ese pequeño encuentro con Samanta, ella discutió con Robert y presentía que eso tenía algo que ver con mi presencia ahí en la Universidad. Samuel no quiso decir nada, a pesar de que Aaron insistió en saber qué pasaba con la bella chica de lindos ojos verdes.
Sus sonrientes ojos estaban apagados y enrojecidos, claramente había llorado y eso me hacía sentir entre culpable y ansioso, porque no quería ser un problema para ella. Robert era un imbécil, porque estaba seguro que no se merecía estar con ella y a pesar que tenía tal privilegio, la había hecho llorar.
Él era un tipo aburrido, soso y, por supuesto, yo era mucho mejor que él. No lo conocía, pero las actitudes decían mucho de las personas y yo estaba seguro de lo que vi.
Antes de toparme con Samanta en la Universidad, yo tenía muy en claro mi misión, pero ahora todo se había vuelto una nebulosa de confusión en mi cabeza. No quería que, por mi culpa, Samanta volviera a tener esa pena en sus lindos ojos.
Teniendo en cuenta que aún me quedaba una semana de reposo, sopesaba la idea de tomar a Adela y partir a tocar guitarra al aire libre. El día estaba muy lindo y, además, me sentía asfixiado entre esas cuatro paredes.
Sin detenerme más, tomé a mi fiel compañera entre mis manos y bajé las escaleras de mi casa con cuidado. De camino a la salida, me encontré con mi madre, quien me observó con confusión.
—¿No crees que abusas de ti mismo? —cuestionó ella con indignación.
—No entiendo tu punto, madre —señalé. Intenté pasar de largo, pero ella se interpuso en mi camino a la salida. Alzó una ceja en mi dirección y me dio una mala mirada.
—¿A dónde piensas que vas?
—Voy a cantar… —señalé con obviedad mientras apuntaba a Adela con una mano.
—¿A dónde, Marcos Ignacio?
Rodé los ojos y le sonreí. Dejé un beso en su mejilla y la miré con una tierna mueca en el rostro. Sabía que no podía resistirse más cuando suspiró y se hizo a un lado.
—Voy a cuidarme, mami.
Sin tener aún un panorama en mente, caminé por las calles absorbiendo cada detalle que me entregaba el ambiente. Llegué hasta la plaza que quedaba más cerca de mi casa y me sorprendió no ver a nadie en el lugar, porque siempre que venía estaba lleno de niños revoloteando por todos lados.
Saqué a Adela de su funda y me cercioré de que estuviera afinada; luego deslicé suavemente mis dedos sobre las cuerdas. Comencé a tocar los acordes que venían a mi mente, pero cuando iba a cantar en voz alta, una pequeña rubia que conocía muy bien se sentó a mi lado.
—¡Hola! —saludó ella con emoción. Le sonreí amable y luego miré a su alrededor en busca de sus padres o alguien que representara ser su cuidador.
—Hola, Anto. ¿Cómo estás?
Ella no despegó sus ojos de mi guitarra y se encogió de hombros. Una débil sonrisa se formó en sus labios y no pude evitar sentir una enorme curiosidad respecto a ella.
—¿Saliste sola, Anto?
La niña asintió con la cabeza y levantó su cabeza para mirarme a la cara.
—Estaba en mi casa y te vi por la ventana, tío Marcos —explicó ella. Asentí con la cabeza y luego la pequeña me sonrió, ahora con felicidad—, ¿Podrías tocar una canción?
—¿Tus papás no se enojan si sales sola a la calle? —pregunté con curiosidad. Me cuestioné cómo la pequeña niña que asistía al taller de guitarra estaba ahora aquí, sola.
—Vivo con mi abuela Francia.
No quería ser metiche, así que no pregunté nada más y volví a prestarle atención a Adela. Deslicé nuevamente mis dedos sobre las cuerdas, carraspeé y comencé a cantar en voz alta una canción que sabía que era su favorita, o por lo menos eso me había dicho ella el primer día en el taller.
Me contemplo por la orilla del agua
Desde que yo recuerdo
No sabiendo el porqué
Antonia pegó un grito de emoción y sus ojos comenzaron a brillar con intensidad. Me observó en silencio y luego carraspeó.
—¿Puedo cantar también? —preguntó.
Asentí con la cabeza y continué cantando, con una sonrisa.
La niña inhaló profundo y comenzó a cantar suavemente, tanto que me costaba escuchar su voz.
Nunca, la perfecta niña he sido
De vuelta al agua he venido
Es duro y lo intentaré
Una y otra vez cada ruta que hay
Sendas que tomé me regresarán
Al lugar aquel dónde anhelo estar
Y no hay que ir jamás
Ese punto en que están cielo y mar, me llama
Y yo que sé, cuán lejos es
Me quedé en silencio y cerré los ojos para escuchar solo el sonido de Adela en conjunto con la infantil voz de Antonia. Ella había comenzado a cantar fuerte y con tanto sentimiento, que algo dentro de mi pecho se infló en satisfacción.
Desde el primer momento en que escuché hablar a Antonia, ese día en el taller, supe que era una niña bastante extrovertida, pero una vez más me convencí de que la música era la mejor manera de expresarse, y no por las letras de las canciones, sino por el sentimiento que salía a flote mientras las personas cantaban.
La pequeña rubia, a mi lado, terminó de cantar la canción y yo abrí los ojos para mirarla.
—Tienes una linda voz, Anto —señalé. Ella sonrió y se sonrojó.
La sonrisa en su rostro desapareció de un momento a otro y se puso de pie de un solo salto, cambiando la expresión anterior por una mueca de asombro.
—Oh, Dios…
Me giré hacia atrás y vi a una mujer mayor de pie, a pocos pasos de nosotros. Sus rasgos faciales me indicaron que era Francia, la abuela de Antonia. Le sonreí amable, pero me desconcerté al ver que sus ojos comenzaban a liberar varias lágrimas.
—¿Se encuentra bien? —me puse de pie rápidamente, entregándole a Antonia mi guitarra. Avancé hacia ella y me quedé de pie a una corta distancia—. Lo lamento, solo salí a caminar, llegué aquí y luego llegó Anto. Nos pusimos a cantar, no pensé que sería un problema. Verá, yo soy el ayudante de la señora Gloria, en el taller de guitarra.
La señora no dijo nada, pero su mirada me transmitió sentimientos confusos. Antonia dejó a Adela en la banca y se acercó a su abuela, con la mirada en el suelo.
—Hija, ve a casa —señaló la señora con la voz quebrada. Me alarmé al ver la triste mirada de la pequeña.
Sin voltear a verme, salió disparada y entró a una casa que estaba justo enfrente del pequeño parque.
—Le pido disculpas una vez más, ella solo me pidió que le cantara una canción —seguí intentando justificarme, pero la señora negó con la cabeza e inhaló profundamente.
—No pasa nada, chico —sonrió a medias—. No escuchaba cantar a Antonia desde que sus padres fallecieron, eso es todo. Me emocioné porque ella no había vuelto a cantar desde el funeral…
Me quedé de piedra e incluso me repetí a mí mismo que debía responder algo.
—N-no lo sabía. Lamento su pérdida.
La señora asintió con la cabeza y luego se encogió de hombros.
—Gloria dijo que, a pesar de que mi pequeña estaba tocando guitarra, nunca cantaba.
—Y-yo la verdad no sé qué decir —me sentía muy avergonzado y no sabía por qué. Me limité a mirarla fijamente a los ojos.
—¿Cómo lograste que cantara? —preguntó con curiosidad.
—No lo sé. Comencé a cantar y luego me preguntó si podía cantar también —respondí con sinceridad—. Elegí la canción que ella había estado intentando aprender en guitarra.
—Tienes un don, quizás. Por cierto, me llamo Francia y soy la abuela de Antonia.
Me presenté ante la señora y extendí mi mano. Ella la recibió y me invitó a su casa a tomar una taza de té, pero insistí en que debía irme.
Caminé de vuelta a casa con un extraño sentimiento, que luego de varios minutos logré identificar como orgullo.
Me sentí orgulloso de que Antonia hubiera cantado conmigo, y eso me hizo reafirmar que mi vocación estaba junto a la música.