Samanta
Luego de haber oído a varios postulantes y de habernos reído, calificado y bromeado con sus presentaciones, había llegado el turno de Marcos. Me sentía muy nerviosa por él, porque entendía lo importante que era esto: la música era su pasión y quería dedicarse a eso, pero necesitaba el dinero para poder hacerlo, y aquella beca era la oportunidad precisa.
Vi cómo Marcos se colocaba de pie y, antes de caminar hacia el escenario, me sonrió. Luego avanzó hasta el centro del salón, subiendo las pequeñas escalerillas y sentándose en una silla.
Yo estaba en medio del público, que consistía en unas diez personas más, y desde mi lugar observé cómo el chico frente a mí tomaba su guitarra entre las manos, sonreía y hacía que el escenario se encendiera con una chispa diferente. Él irradiaba seguridad y confianza; su mirada era pacífica y calmada, y no se mostraba para nada nervioso.
—Soy Marcos de la Hoz, hoy tocaré una canción muy especial para mí —mencionó con una sonrisa que destellaba tranquilidad—. Quedaría mejor con piano, pero la he adaptado con mi guitarra, que por cierto, se las presento: esta es Adela.
—Guau, bienvenidos a ambos —dijo con simpatía la señora que estaba tomando apuntes en una libretita, a su lado había un joven que también al parecer era juez de esta audición.
—Gracias. Aquí vamos.
Vi cómo Marcos inhalaba profundo y luego cerraba los ojos. Su rostro se relajaba y comenzaba a deslizar sus dedos sobre las cuerdas de Adela. Cuando su voz comenzó a resonar en la sala, sentí cómo el aire se escapaba de mis pulmones y un escalofrío se apoderaba de mi cuerpo, erizando mis vellos. Era como si, por unos segundos, el mundo alrededor se hubiera detenido y solo existiéramos él, su música y yo.
La calidez de su voz acariciaba cada rincón de mi alma, despertando en mí una mezcla de paz y emoción difícil de explicar.
Porque yo no
Puedo acostumbrarme aun
Diciembre ya llegó
No estás aquí
Yo te esperare hasta el fin
En cambio no, hoy no
Hay tiempo de explicarte
Ni preguntar si te amé lo suficiente
Yo estoy aquí
Y quiero hablarte ahora
Ahora
Nunca aquella canción me había parecido tan preciosa como en ese instante, al ver a ese chico cantarla con tanto amor, con tanto anhelo y respeto. Su voz era magnífica y la guitarra le daba un toque íntimo a la melodía. Saqué mi teléfono y comencé a grabarlo, porque sentía que ese momento debía inmortalizarse para siempre, como un recuerdo al que quisiera volver una y otra vez.
En cambio no me llueven los recuerdos
De aquellos días que corríamos al viento
Quiero soñar que puedo hablarte ahora, ahora
En cambio no, hoy no hay tiempo de explicarte
También tenía yo mil cosas que contarte
Y frente a mí, mil cosas que me arrastran junto a ti
Quizás bastaba respirar, sólo respirar muy lento
Hoy es tarde, hoy en cambio no
Cuando terminó de cantar, unas notas quedaron flotando en el aire, suspendidas en el vacío. Luego tomó el micrófono entre sus manos y sonrió, pero no pude evitar ver cómo una lágrima se escapaba de su rostro, recorriendo suavemente su mejilla. Ese instante lo hizo parecer aún más humano, vulnerable y cercano.
—Mi abuela materna falleció cuando yo era muy pequeño —comenzó a hablar y mi corazón latió tan desesperado que estaba segura de que me daría otro ataque en cualquier momento—, ella se llamaba Adela y me regaló esta guitarra, por eso es que lleva su nombre. Esta canción me hace recordarla con toda intensidad, porque daría lo que fuera por hablarle, por sentirla y por tenerla conmigo, pero al mismo tiempo como dice la canción “Hoy es tarde, hoy en cambio no” —Marcos se encogió de hombros y sonrió, con una de esas sonrisas que se observan son sinceras—. Aún así, lo que me dejó ella me ha servido para expresarme, para liberarme y transmitirle al mundo lo que yo quiera, mi abuela me enseñó a amar la música y por eso es por lo que quiero estudiar pedagogía en música, para transmitir el amor que siento a otros niños y niñas, para enseñarles que esto es algo que todo el mundo puede tener.
Detuve la grabación y guardé mi teléfono.
Marcos volvió a dejar el micrófono en su lugar, dando por finalizado su discurso. Reconocí que escuchar sus palabras me había hecho sentir una mezcla de emociones y que sentía una gran admiración por su pasión.
—Yo… —la señora encargada de evaluar se rió y, sin decir nada más, se puso de pie y aplaudió. Observé cómo todos a nuestro alrededor imitaban el acto y me sumé a los aplausos, y no porque Marcos fuera mi seudo amigo, sino porque realmente se lo merecía.
Lo había hecho genial, y nadie podía negarlo.
—Vaya, creo que no hay palabras a la altura de esta presentación —murmuró el chico que también evaluaba una vez que los aplausos cesaron—. Felicidades Marcos, tienes una pasión por la música que realmente es desbordante.
—Gracias —respondió Marcos con una tímida sonrisa. Me quedé de pie, observándolo mientras él bajaba del escenario y caminaba hasta mí.
Se quedó de pie frente a mí y, sin decir nada, lo rodeé con un abrazo apretado. Subí mis brazos hasta sus hombros y recargué mi cabeza en su pecho. Pude sentir los rápidos latidos de su corazón, y no era para menos; acababa de dar un show increíblemente emotivo.
—Felicidades, lo hiciste genial —dije con alegría.
Al no tener una respuesta por su parte comencé a sentirme nerviosa, ya que era la única abrazando aquí y su falta de respuesta me estaba generando ansiedad. Lentamente fui rompiendo el uni-abrazo formado por mí e intenté pasar por alto la incomodidad, así que solo sonreí.
—Gracias por acompañarme, Sam —dijo con una sonrisa tímida y suspiró—. Dios… yo… aún sigo procesando que acabas de abrazarme —dijo él y comenzó a ruborizarse.
Me reí ante su reacción, porque nunca hubiera esperado aquello, que Marcos de la Hoz se sonrojara ante mí por un simple abrazo.
—Idiota —rodé los ojos y crucé los brazos a la altura de mi pecho.
—¿Podemos repetirlo? —preguntó. Soltó una carcajada y asentí con la cabeza. Marcos se acercó a mí, para luego rodear mi cuerpo con sus brazos.
Me apretó contra él y descansó su mentón sobre mi hombro, mientras yo rodeé su cuello con ambos brazos.
Me sentí tan culpable de que aquello me estuviera gustando tanto, pero no podía negarlo:
Esto me gustaba.
Demasiado.