Capítulo 21

1878 Words
Samanta Había pasado una semana desde el día en que estuve inconsciente en el hospital. Luego de aquella horrible experiencia provocada por la discusión con Robert, decidí que no podía seguir con él en lo que fuera que teníamos. Yo no podía estar con alguien que me gritaba, me insultaba y que tenía serios problemas con los celos. No merecía aguantar sus escándalos cada vez que se sentía amenazado por alguien. Estaba bien que todos tuviéramos inseguridades, pero eso no significaba que debíamos actuar de manera violenta o agresiva. Robert me había enviado mil mensajes, me había llamado e incluso se había tomado la molestia de venir a casa para hablar conmigo, pero, para mi suerte, Samuel estuvo conmigo aquel día y le pidió amablemente que se fuera a la mierda. No había nada que hablar entre nosotros. Sabía que su intención no había sido que yo me golpeara en la cabeza, pero, aun así, no podía tolerar una conversación con él. No estaba lista para hablar con él. Por otro lado, Samuel y Aaron se habían convertido en mis guardaespaldas y cuidadores personales. Venían todos los días a verme y a ayudarme. Incluso Carolina, la novia de Aaron, solía venir con ellos de vez en cuando. Hasta Marcos había pasado a verme un día, junto a Aaron. Me sentí rara al tenerlo en mi casa, pero ese sentimiento se esfumó con el paso de los minutos, ya que se portó muy bien conmigo y hasta logró sacarme un par de sonrisas. Me sentía muy agradecida con todos, ya que luego de ese golpe en la cabeza el doctor me había ordenado reposo absoluto. Por suerte, el golpe no había sido muy grave: tenía unos puntos en la herida y varios moretones, pero, fuera de eso, podía hacer mi vida “normal”. Por esa razón, aquel día debía retomar las clases en la universidad, aunque había un problema: no podría conducir hasta dentro de un mes. —Hija, si no quieres ir, yo entiendo —mi padre me regaló una sonrisa amable, que me transmitió mucha calma y seguridad. —No te preocupes, en algún momento debo volver a clases —me encogí de hombros y continué con la tarea de maquillar mis ojos. Golpeada, pero siempre diva. —Te ves preciosa, hija —mamá pasó por mi lado con una taza de café entre sus manos y dejó un beso en mi mejilla. Sonreí. —Gracias, ¿crees que se notan los moretones? —pregunté mirando mi reflejo en el espejo. —No, se disimulan bien —mamá me guiñó un ojo. Emilia vino corriendo hacia mí, con su mochila colgando sobre los hombros, y se quedó de pie a mi lado observando atentamente lo que estaba haciendo. Terminé de delinear mis ojos y guardé todo el maquillaje en el cosmetiquero. Observé mi reflejo en el espejo y mi estómago se contrajo al ver la gigantesca marca en mi frente. Obviamente me quedaría una cicatriz horrible, porque la herida era grande y se extendía a lo largo de casi toda la frente. Nunca esperé aquello, nunca pensé que me pasaría a mí. Quise llorar solo por la impotencia, por lo frustrada que me sentía al verme a mí misma con esa marca que me recordaría todos los días que mis decisiones amorosas eran las peores y que, por más que me esforzara, no podía conseguir que alguien me quisiera de verdad y valorara a la persona que era. —Cham… —Emilia tocó mi mejilla, llamando mi atención—. Eres muy linda. Le sonreí y por un momento agradecí la fortuna de tener una hermanita como Emilia. La tomé entre mis brazos, subiéndola a mi regazo y haciendo que ella se observara en el espejo conmigo. —Mira, nos parecemos tanto —le dije—. Eso quiere decir que tú también eres muy linda. Emilia dejó un beso en mi mejilla y sonrió hacia nuestro reflejo. —Okey, mis princesas. Es momento de ir a estudiar —dijo papá desde la entrada de la casa. Nos colocamos de pie y salimos todos juntos de la casa. Papá era el conductor designado, quien se encargaba de irme a dejar a la Universidad y a Emi al colegio. Mamá, por otro lado, utilizaba mi auto para ir a trabajar a su consulta. Al subir al auto comencé a sentirme nerviosa, porque por lógica debía ver a Robert en clases y no sabía cuál sería mi reacción luego de lo ocurrido. (…) La clase terminó y antes de que me pusiera de pie, Samuel me hizo un gesto con la mano. Se levantó y comenzó a guardar mis cosas dentro de mi bolso. Me reí levemente y negué con la cabeza. —Dulcecito, ¿no te enteraste de que estoy bien? —pregunté divertida. Mi amigo me regaló una sonrisa y me ignoró, terminando de guardar mis infinitos lápices dentro de mi bolso. —Creo que tenemos tiempo para ir a tomar un café —dijo Aaron. Se puso a mi lado y me extendió su brazo sin yeso. Me afirmé de su antebrazo y con calma me puse de pie. Sentí un leve mareo, pero fui capaz de controlarlo. En una fracción de segundos vi cómo Robert se posicionaba a un lado de Aaron, y lo tuve tan cerca de mí que me bloqueé. Mi mente quedó en blanco y sentí que me faltaba el aire. Comencé a percibir un sabor a sangre en mi boca y noté que me había mordido el labio con más fuerza de la debida. Intenté respirar, pero no pude, el aire me faltaba. —¡Le está dando un ataque de ansiedad! Cerré los ojos e intenté respirar; olí el perfume de Aaron cerca de mí, lo que me tranquilizó un poco. No estoy sola>>; intenté repetirme en mi mente que todo estaba bien. Inhalé y exhalé con dificultad, pero al sentir los brazos de Aaron a mi alrededor comencé a calmarme. No sé cuánto tiempo pasó, pero cuando volví a abrir los ojos me encontré con la cabeza recostada en su pecho. Me alejé un poco y vi su rostro tenso, lleno de alerta. De pronto me sentí horrible por darle estos sustos a mis amigos. —Estoy bien, lo juro. No sé qué me pasó… —murmuré. —Creo que sufriste un ataque de ansiedad —dijo Aaron, observándome con atención, mientras yo continuaba con respiraciones lentas y controladas. Recordé que cuando era pequeña, solía tener ataques de ansiedad. Sufría de pánico social y estar rodeada de otros niños me provocaba un miedo enorme; siempre sentía que los demás no me aceptaban. Con los años esos episodios habían desaparecido, pero que justo ahora hubiera tenido uno me hizo abrir los ojos y darme cuenta de que lo ocurrido con Robert me estaba afectando mucho más de lo que quería admitir. —Problema solucionado. Me giré levemente y vi a Samuel entrando a la sala. Caminó directo hacia mí y me observó con detenimiento. —Estoy bien, se los juro —dije, intentando sonar convincente. Samuel rodó los ojos, aunque luego dejó escapar una sonrisa. —Ya hablé con Robert. No se volvería a acercar a ti. Alcé ambas cejas, sorprendida, y me crucé de brazos sin saber qué contestar. Una punzada de vergüenza me atravesó; últimamente parecía una princesa esperando a ser rescatada, y odiaba esa sensación. Yo era una chica fuerte, independiente y que no necesitaba que nadie peleara sus batallas por ella. —Gracias… no era necesario —susurré, aunque en el fondo agradecía el gesto de mis amigos. Samuel no insistió, solo tomó mi bolso y se lo colgó al hombro, como si fuera lo más natural del mundo. —¿Vamos a tomar un café? —propuso Aaron con suavidad. Asentí con la cabeza. Salimos del salón juntos y caminamos en dirección a la cafetería. Pero al llegar a la entrada me sentí sofocada; la multitud, el bullicio, todo me pesaba más de lo que debía. Me detuve, incapaz de dar un paso más, y cerré los ojos buscando un respiro. —Voy al baño —dije. Me giré y caminé en dirección al baño de mujeres. —¿Te acompaño? —preguntó Samuel antes de que pudiera avanzar más. Lo miré por sobre mi hombro y negué con la cabeza, dedicándole una sonrisa tranquilizadora. —Vuelvo de inmediato, los quiero. Seguí mi camino hacia el baño de mujeres, pero antes de llegar me desvié y me dirigí a la entrada de la Universidad. Caminé hasta unas bancas, donde tomé asiento y, por fin, sentí que respiraba de verdad. Los ataques de pánico eran horribles y desgastantes. Cerré los ojos y me estiré en mi asiento, dejando que mi cuerpo se relajara. Apoyé la cabeza en el respaldo y sentí que podría dormir ahí mismo. —¿Qué es lo que ven mis ojos? ¡Es la bella durmiente! —abrí los ojos y me senté de manera recta al reconocer esa voz. Mis mejillas se sonrojaron de inmediato, pero solté una risa divertida. —Hola, Marcos —saludé. Él me sonrió y se sentó a mi lado. Lo observé en silencio, porque no sabía qué decir. Su presencia no me había sentir incómoda, pero si muy nerviosa. Y no sabía por qué. —Hola, ¿cómo es que tus guardaespaldas te dejaron sola? —cuestionó él. Me reí ante su pregunta y encogí mis hombros con falsa inocencia.. —Digamos que estoy en el baño, donde ellos no pueden acompañarme —Marcos negó con la cabeza y me dio una tímida sonrisa. Lo observé y noté que traía consigo a Adela, su guitarra—. ¿Qué haces por aquí? —Me llamaron para dar una audición —arrugué las cejas con confusión y él pudo leer mi mirada, pues de inmediato agregó—: Bueno, debo dar una audición musical para postular a una beca aquí, en esta universidad —aclaró con amabilidad. —Ah, sí, algo había oído. Espero que te vaya bien —dije con sinceridad. —¿Tienes clases ahora? —preguntó. Negué con la cabeza, mintiendo— ¿Quieres acompañarme? —¿Puedes ir acompañado? —pregunté. La idea no me desagradaba, por el contrario, escucharlo cantar era mil veces mejor que entrar a clases y ver a Robert una vez más. —Ey, no se responde una pregunta con otra —hizo un puchero, que le dio un aspecto falso de inocencia. —Bueno, para responderte, si me gustaría ir —me reí al ver su cara de asombro —¿Qué? ¿ya no es válida la invitación? —No, claro que es válida aún, solo pensé que nunca aceptarías una invitación mía —se encogió de hombros y se puso de pie, con un poco de dificultad, supuse que debido a la lesión en sus costillas. —Bueno, entre golpeados debemos ayudarnos —bromeé. Marcos soltó una fuerte risotada, que llamó la atención de varias personas a nuestro alrededor y me contagió de inmediato con su buen humor. —Que agrado tener más amigos golpeados —dijo. Le sonrío divertida. >, me cuestioné internamente.
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