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SECRETARIA DE DIA...TENTACIÓN DE NOCHE

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SINOPSIS

Sofía Beltrán nunca conoció a su padre. Creció en un orfanato donde las monjas guardaban el secreto de su origen: su madre murió al darla a luz y pidió que jamás revelaran la identidad del hombre que la embarazó.

Gracias a una beca ingresó a la universidad. Para mantenerse, ayudar al orfanato y pagar los estudios del hombre que amaba, comenzó a trabajar en un exclusivo club clandestino donde las mujeres ocultaban su identidad tras una máscara, convencida de que todo sacrificio valdría la pena.

Pero el día de su graduación, él la abandonó por una mujer de buena familia y destruyó todos sus sueños.

Cuando intentó renunciar al Club Éclipse, descubrió que nadie salía de allí. Sin otra opción, aceptó una nueva misión: acercarse a hombres poderosos para ganar su confianza y obtener información, sin saber que el siguiente objetivo del club era Alexander.

Tras conocer a la enigmática Jade durante una noche en el Club Éclipse, Alexander queda obsesionado con la mujer detrás de la máscara, sin imaginar que ella comenzará a trabajar a su lado.

Mientras Alexander se obsesióna con la mujer que no puede olvidar, Sofía sabe que el hombre pará el que trabaja, es el mismo al que el Club Éclipse pretende destruir.

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El inicio
La lluvia golpeaba el techo de lámina del viejo orfanato Santa Elena con la misma fuerza con la que la vida parecía empeñarse en recordarles a todos los niños que habitaban aquel lugar que el mundo no era un sitio justo. Para algunos, aquel edificio de paredes desgastadas era un refugio. Para Sofía Beltrán, era el único hogar que había conocido. Nunca conoció a su padre. Y de su madre solo sabía una dolorosa verdad. Había muerto el mismo día en que ella nació. La hermana Teresa era la única que conocía toda la historia. Años atrás, una joven embarazada llegó al orfanato buscando ayuda. Estaba sola, asustada y con el embarazo muy avanzado. Las religiosas la recibieron sin hacer preguntas y cuidaron de ella hasta que comenzó el trabajo de parto. Fue un parto complicado. La joven dio a luz a una hermosa niña de cabello oscuro, pero las complicaciones terminaron arrebatándole la vida. Antes de cerrar los ojos por última vez, tomó la mano de la hermana Teresa y, entre lágrimas, le hizo una última petición. —Prométame... que jamás le dirán quién es su padre... Él nunca debe saber que esta niña existe. La religiosa intentó hacerla cambiar de opinión, pero la joven solo negó con la cabeza. —Es mi última voluntad... Prométamelo. Con el corazón destrozado, la hermana Teresa aceptó. Desde entonces, aquel secreto quedó sepultado entre los muros del orfanato. No había apellido paterno. No había ningúna explicación. Las religiosas decidieron llamarla Sofía Beltrán, tomando el apellido del sacerdote que ayudaba al orfanato desde hacía décadas. Así comenzó una vida marcada por la ausencia. Desde pequeña aprendió que nadie iría a buscarla. Mientras algunos niños eran adoptados por familias que llegaban con sonrisas, juguetes y promesas de amor eterno, ella permanecía detrás de la ventana observando cómo, uno a uno, sus amigos se marchaban. Siempre esperaba que el siguiente automóvil se detuviera por ella. Nunca ocurrió. Con el paso de los años dejó de ilusionarse. Comprendió que debía aprender a vivir con aquella ausencia permanente. Aun así, jamás permitió que la tristeza destruyera la bondad que había dentro de ella. Sofía creció siendo una muchacha extraordinariamente hermosa. Tenía una larga cabellera negra como la noche, suave y brillante, que caía hasta la mitad de su espalda formando delicadas ondas naturales. Sus ojos eran grandes, de un profundo color café oscuro, capaces de transmitir dulzura incluso cuando estaban llenos de lágrimas. Su piel era clara y tersa, contrastando con sus pestañas largas y espesas. Su nariz era pequeña y delicada. Sus labios rosados siempre dibujaban una sonrisa amable, aunque por dentro estuviera rota. Era alta, esbelta y poseía una figura naturalmente elegante que llamaba la atención sin necesidad de esforzarse. Pero su verdadera belleza no estaba en su rostro. Estaba en su corazón. Era incapaz de negarle ayuda a alguien. Compartía la poca comida que tenía. Consolaba a los niños pequeños cuando lloraban por las noches. Ayudaba a las monjas a limpiar, cocinar y cuidar a los más pequeños sin esperar nada a cambio. —Tienes un corazón demasiado grande, Sofía —solía decirle la hermana Teresa mientras acomodaba una manta sobre sus hombros—. Solo espero que algún día nadie se aproveche de él. Ella sonreía. —Algún día todo cambiará, hermana. Siempre decía aquello. Como si necesitara creerlo para seguir adelante. Los años transcurrieron con rapidez. Sofía descubrió que estudiar era lo que más feliz la hacía. Los libros se convirtieron en la familia que nunca tuvo. Le fascinaba aprender. Era la mejor alumna del instituto público donde estudiaba gracias a una beca obtenida por sus excelentes calificaciones. Sus profesores aseguraban que tenía un futuro brillante. —Podrías llegar muy lejos si continúas estudiando —le repetían constantemente. Ella sonreía con humildad. No soñaba con riquezas. Solo deseaba tener una casa pequeña donde nadie pudiera abandonarla otra vez. El tiempo, sin embargo, nunca se detenía. Y el día que más había temido finalmente llegó. Su cumpleaños número dieciocho. Aquella mañana despertó antes que todos. Permaneció sentada sobre su cama observando el pequeño dormitorio donde había vivido toda su vida. Las paredes desgastadas. Las literas. Las fotografías de antiguos grupos de niños. Cada rincón guardaba un recuerdo. Era el lugar donde había llorado. Donde había reído. Donde había aprendido a levantarse después de cada decepción. La hermana Teresa entró lentamente con una pequeña caja envuelta en papel café. —Feliz cumpleaños, hija. Sofía intentó sonreír. —Gracias, hermana. Dentro de la caja encontró un sobre con dinero. —Con esto podrás empezar cuando salgas del orfanato. Las lágrimas aparecieron inmediatamente. Abrazó a la religiosa con todas sus fuerzas. —Gracias por quererme como una hija. La mujer acarició su cabello y, por un instante, sintió deseos de contarle toda la verdad. Decirle que su madre la había amado hasta el último segundo de su vida y que había muerto protegiendo un secreto. Pero había hecho una promesa. Y pensaba cumplirla. —Siempre lo serás, hija. Nunca olvides que aquí siempre tendrás un hogar. Sal ahí fuera y construye la vida que mereces. Aunque el mundo sea difícil, aunque tengas miedo, no permitas que el rencor ocupe el lugar del amor que llevas dentro. Horas después, Sofía abandonó el orfanato con una vieja mochila, dos mudas de ropa, algunos libros y el sobre con el poco dinero que la monja le dió. Antes de cruzar la puerta, se volvió para mirar por última vez el lugar donde había crecido. Varios niños pequeños corrieron a abrazarla. —¿Vas a volver, Sofi? —preguntó una niña de apenas seis años. Ella sonrió con los ojos llenos de lágrimas. —Claro que sí. Voy a estudiar, conseguiré un buen trabajo y regresaré para ayudarlos a todos. La hermana Teresa la observó alejarse en silencio. —Ojalá el destino sea bondadoso contigo, hija... porque ya te ha quitado demasiado. Cuando la enorme puerta de hierro se cerró detrás de ella, sintió que el mundo entero pesaba sobre sus hombros. Estaba completamente sola. No tenía padres. No tenía familia. No tenía a nadie esperándola. Respiró profundamente. —Lo lograré... de alguna manera. Se repitió aquellas palabras como una promesa. Los primeros meses fueron extremadamente difíciles. Aceptó cualquier empleo que apareciera. Lavó platos. Limpió casas. Paseó perros. Repartió volantes bajo el sol. Organizó mercancía en pequeñas tiendas. Dormía en una diminuta habitación rentada donde apenas cabían una cama individual y un pequeño escritorio. Muchas noches cenaba únicamente pan y agua porque no podía comprar algo más. Aun así, jamás dejó de ahorrar. Su mayor sueño era estudiar una carrera universitaria. Después de meses de esfuerzo logró ingresar gracias a otra beca académica. El día que recibió la carta de aceptación lloró de felicidad. —Lo conseguí... Sus manos temblaban mientras abrazaba el documento contra su pecho. Sin embargo, la beca no cubría todos sus gastos. Necesitaba trabajar. Buscó empleo durante semanas hasta que un pequeño restaurante familiar aceptó contratarla como mesera. El trabajo era agotador. Entraba antes del amanecer. Pasaba horas caminando entre mesas con una sonrisa permanente. Soportaba clientes groseros. Recibía regaños por errores que muchas veces ni siquiera eran suyos. Al terminar corría hacia la universidad para asistir a clases durante toda la tarde. Regresaba de noche completamente agotada. Aun así, encontraba fuerzas para estudiar hasta quedarse dormida sobre los libros. Porque rendirse nunca había sido una opción. Cada noche, antes de apagar la pequeña lámpara de su habitación, observaba el techo y repetía en silencio: —Algún día todo este esfuerzo valdrá la pena. No imaginaba que el destino estaba a punto de poner en su camino al hombre por quien sería capaz de sacrificar absolutamente todo. Y también al hombre que terminaría rompiéndole el corazón de la forma más cruel.

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