La primer semana de aquel seminario había reconfigurado el universo de Clarissa. La admiración académica que sentía por el Dr. Adrian Smith, esa devoción casi platónica por el intelecto, había mutado en algo más denso, más personal. Era un cosquilleo persistente, un calor que no tenía nada que ver con la calefacción de la antigua Universidad de Camden.
Desde el día del primer encuentro, Clarissa se había lanzado a una inmersión bibliográfica obsesiva. Su objetivo ya no era solo la excelencia; era la afinidad. Quería que, si Adrián la llegaba a notar, fuera por la profundidad con la que ella entendía la arquitectura de su pensamiento.
Había encontrado en la biblioteca el trabajo principal de Smith, ese volumen que había revolucionado el campo: "La Arquitectura de la Conciencia: El Dilema Ético en el Siglo XXI." Lo había devorado en tres días. El libro no era una lectura sencilla. Era una disección fría y brillante de cómo las decisiones morales se forman en la psique contemporánea. Smith argumentaba que la vida moderna, con su exceso de información y su anonimato digital, había convertido la conciencia en un "campo de batalla silente", donde la ética era una elección diaria, a menudo inconsciente, que definía nuestro ser.
Mientras se dirigía a la clase, Clarissa sentía el peso del libro en su mochila, una especie de armadura intelectual. Se repetía que su fascinación era puramente profesional. Pero cada vez que leía una cita de Smith sobre la "Tentación del conocimiento prohibido" o la "Ética de la posesión intelectual," sentía que su propia mente se ponía en tela de juicio. El libro parecía hablarle directamente, exponiendo el dilema de su atracción como si fuese un caso de estudio.
Al llegar al aula, escogió su asiento habitual: lo suficientemente cerca para no perderse el menor gesto, lo suficientemente atrás para no ser el foco de atención. El murmullo de los estudiantes era más competitivo esta vez. Todos sabían que ese seminario era una joya; ahora sabían que era una competencia. El anuncio no oficial de un puesto de asistente había electrificado el ambiente.
Emily, su amiga, llegó tarde y se deslizó en el asiento a su lado.
—¿Dormiste? —le susurró Emily, ajustándose el pelo.
—¿Dormir? —Clarissa sonrió, un gesto tenso. —Solo pude dormir después de terminar el capítulo once. La parte sobre la falta de ética del deseo no correspondido es magistral. Smith deconstruye el concepto de 'propiedad emocional'.
Emily suspiró, divertida.
—Dios, Clarissa. Estás completamente perdida en el 'Smithverse'. Deja de citarlo. Y por cierto, la mitad de la clase está rezando para que el puesto de asistente no se base en el promedio para tener una oportunidad. Vas a matarlos.
Clarissa no respondió. Su mirada ya estaba fija en la puerta. Sabía que Emily tenía razón sobre su promedio (era la razón por la que estaba allí), pero la idea de "ganar" el puesto ya era más que una simple victoria académica..
Cuando Adrian Smith entró, vestía un jersey de lana azul noche que hacía que sus ojos, de un azul penetrante, parecieran aún más intensos. Su cabello oscuro, con esas ondas deliberadamente despeinadas, era un contraste visual perfecto con la rigidez de la materia que enseñaba. Se acercó al podio, se apoyó en el borde y miró a la clase, haciendo que el silencio fuese inmediato y absoluto.
—El lunes pasado hablamos de la crisis de representación —comenzó, su voz resonando con una cadencia hipnótica. —Hoy, usaremos ese marco para hablar de elección. En mi trabajo, argumento que toda acción humana, desde la trivial hasta la trascendental, está precedida por una decisión ética. Y el arte, la literatura, nos obliga a confrontar el dilema moral de lo que queremos versus lo que deberíamos tener.
Smith tomó un trozo de tiza y la sostuvo con una elegancia extraña en su mano ancha. En el pizarrón, escribió en su caligrafía pulcra y decidida:
—Miren a Ibsen, miren a Flaubert. Sus personajes son mártires de sus propios deseos no examinados. Se niegan a reconocer la implicación ética de lo que anhelan. Y es ese rechazo el que produce la catástrofe.
Smith se giró hacia la clase. Sus ojos azules escanearon la sala, deteniéndose justo en la fila de Clarissa. El contacto visual duró apenas un segundo, pero Clarissa sintió que él la veía. No solo la veían sus ojos, sino su mente, penetrando la fachada de estudiante diligente hasta el corazón de su deseo.
Clarissa, a su vez, no podía dejar de estudiar a Smith. La manera en que sus hombros se movían bajo el tejido de lana. La forma en que, al apoyarse en el escritorio, una mano se posaba sobre la tapa de un libro. La manera en que su figura imponente dominaba la sala, ejerciendo una autoridad que era académica y, a la vez, visceral. Era la encarnación del conocimiento y el atractivo; una combinación letal.
—¿Es ético desear algo que, por derecho o convención, está fuera de tu alcance? —preguntó Smith, y su voz no aumentó de volumen, pero su intensidad se multiplicó.
Clarissa sintió el rubor subir a sus mejillas. Era como si Smith, el filósofo de la ética, estuviera diseccionando su propia alma frente a una audiencia.
Durante la siguiente hora, Clarissa se sumergió en la clase, usando la concentración como un mecanismo de defensa. Tomó notas con una precisión casi obsesiva, intentando disociar al brillante pensador del hombre que la hacía sentir incómoda y excitada al mismo tiempo.
Cuando Smith llegó a la conclusión, el ambiente se sentía cargado. Los estudiantes esperaban la liberación del timbre, pero Smith no se movió. Sostuvo la mirada de la clase.
—Bien —dijo, con una expresión seria que se suavizó con un atisbo de sonrisa. —Pasando a asuntos administrativos. Como les adelanté, mi próximo proyecto de investigación sobre 'Las Éticas del Liderazgo no Convencional' me obliga a buscar apoyo.
El murmullo anticipado fue ahogado por un gesto de su mano.
—Necesito un Asistente de Investigación y Cátedra. Este puesto no es para un estudiante promedio que busca un crédito adicional. Exige compromiso, inteligencia, y la capacidad de operar con la máxima confidencialidad fuera del horario académico.
Hizo una pausa, paseando lentamente por el pasillo central, deteniéndose justo al lado de la fila donde Clarissa estaba sentada. Clarissa sintió su proximidad como una presión física; podía oler un sutil aroma a madera y algo cítrico, que se mezclaba con el aroma a papel viejo. Se obligó a concentrarse en la punta de su bolígrafo.
—El criterio de selección es sencillo. Mi trabajo, y mi reputación, no me permiten fallas. Busco al estudiante con el historial académico más impecable de todo el programa de postgrado y pregrado avanzado. Me he basado en los promedios globales. No hay ensayos, no hay cartas de recomendación; solo datos. La excelencia debe hablar por sí misma.
La frialdad de su anuncio era un desafío. Era su manera de recordarles a todos que, aunque fuera increíblemente atractivo, él era un intelectual riguroso. Y su universo operaba con reglas estrictas.
—La lista de candidatos con el promedio más alto ha sido analizada —continuó Smith, retomando su posición al frente. —El estudiante seleccionado será convocado formalmente por correo electrónico antes del final del día. No esperen un aviso público. El anonimato y la discreción son la base de este proyecto. Y quien sea elegido, asuma que su trabajo será tan exigente como fascinante. Estarán ayudando a dar forma a un argumento que cuestionará las estructuras de poder.
El timbre sonó en ese momento, un sonido molesto que rompió el hechizo. Los estudiantes se levantaron en una ráfaga de actividad, pero la conversación había cambiado. Todos susurraban sobre el promedio, sobre la injusticia de la elección.
Clarissa, sin embargo, se quedó inmóvil. El calor en su pecho era abrumador.
Emily la sacó de su trance.
—¡Clarissa Bennett! ¡Mírate, estás pálida! ¿Crees que puedas ganar ese puesto?
—No lo sé... —Clarissa dudó, mientras recogían sus cosas, intentando evitar mirar a Smith, que estaba organizando metódicamente sus papeles. —Él es muy exigente y esa es una gran responsabilidad. El tema es complejo.
—¿Complejo? —se rió Emily. —El tema es complejo, y el profesor es… un monumento. Pero no te engañes. Lo quieres porque es él. Es la llave, ¿no? La llave para entrar en ese mundo que has admirado desde lejos.
Clarissa sintió una punzada de verdad en las palabras de su amiga. Sí, era la llave. Y la idea de que ese hombre, que definía la ética como la "elección ante el deseo," pudiera elegirla para estar a su lado, aunque fuera solo por su mente, era la mayor victoria y la mayor tentación que había enfrentado.
Al salir, giró la cabeza. Adrian Smith estaba solo, mirando la estantería de libros con una expresión pensativa, absorto en su propio mundo de ideas. Era la imagen perfecta del intelectual inaccesible.
Clarissa apretó los tirantes de su mochila, sintiendo el peso de su libro de ética. No era solo ganar. Era necesario. En ese momento, en el aire frío de Boston, se dio cuenta de que su lucha académica acababa de terminar y su verdadera batalla ética, la que Smith teorizaba en sus libros, estaba a punto de comenzar. Tenía que conseguir ese correo electrónico, y tenía que mantener su deseo oculto, o se arriesgaba a convertirse en el próximo caso de estudio de las "Consecuencias" de una mala "Elección Ética."