El correo electrónico llegó justo a las 17:00, con la precisión quirúrgica que Clarissa ya asociaba con Adrian Smith. El asunto era conciso:
"Asistencia Cátedra. Dr. Smith." El cuerpo del mensaje no tenía felicitaciones, solo datos y una hora.
Señorita Thompson,
Sus credenciales académicas cumplen con los requisitos para el puesto de Asistente de Investigación y Cátedra. Por favor, acuda a mi oficina (Edificio de Filosofía, Sala 402) mañana a las 10:00 am para discutir las obligaciones del puesto y firmar los documentos de confidencialidad.
Dr. Adrián Smith.
Clarissa lo leyó tres veces. No había un solo adjetivo, no había espacio para la emoción. Era puramente transaccional. Y sin embargo, sintió que sus manos temblaban mientras guardaba el teléfono. Lo había logrado. Había ganado el acceso.
Esa noche fue un ciclo de repaso. Revisó sus notas, releyó los capítulos más densos de La Arquitectura de la Conciencia, intentando armarse con una coraza de intelecto para enfrentar la mañana. No era solo una entrevista de trabajo; era su primera prueba en el mundo íntimo de su profesor.
A la mañana siguiente, el aire frío de Boston mordía su piel, pero Clarissa apenas lo notaba. Llevaba un traje de pantalón gris oscuro, un intento de proyectar una profesionalidad madura. Al llegar al Edificio de Filosofía, cada paso por la escalinata de mármol le parecía una ascensión ritual.
La Sala 402 estaba al final de un pasillo silencioso en el cuarto piso. Clarissa tocó con una ligera vacilación.
—Adelante —resonó la voz del profesor sin necesidad de invitación adicional.
Clarissa respiró profundamente y empujó la pesada puerta de madera. El despacho de Adrian era justo como ella lo había imaginado, solo que más imponente. Estanterías de madera oscura cubrían tres paredes, cargadas con volúmenes raros y encuadernaciones antiguas, que le daban a la sala un aroma a cuero envejecido y papel seco. Una gran ventana, con vista a los árboles desnudos del campus, dejaba pasar la luz cruda de la mañana.
Adrian Smith estaba de pie frente a la ventana, dándole la espalda. Vestía pantalones de corte chino y una camisa blanca de lino sin corbata, con las mangas ligeramente remangadas hasta el antebrazo. Era una imagen de poder relajado. Cuando se giró, Clarissa sintió que el poco aire que había tomado al entrar se disipaba. Lo estaba viendo a escasos metros, sin la barrera de su escritorio ni la distracción de un aula llena. De cerca, su atractivo era un golpe físico. La mandíbula marcada, los pliegues sutiles alrededor de sus ojos azules que indicaban las líneas de la concentración profunda, y el modo en que el cabello oscuro caía sobre su frente.
—Señorita Bennett —dijo Smith, sin moverse de su lugar, manteniéndola en el umbral de su espacio. Su voz era grave, menos resonante que en el aula, pero más personal, y Clarissa tuvo que obligarse a no responder con un susurro.
—Profesor Smith. Gracias por la convocatoria.
—Por favor, siéntese —dijo él y le indicó una silla de cuero frente a su escritorio.
Clarissa obedeció, notando que el escritorio en sí era vasto, de caoba pulida, y estaba inmaculadamente organizado, con solo una lámpara de diseño, un portalápices de plata y una pila de manuscritos que parecían ser el próximo proyecto.
Smith se sentó frente a ella, recargando su peso sobre un codo.
—Su historial es excepcional, Bennett. Esa es la única razón por la que está aquí. Mi proyecto exige una mente capaz de analizar y criticar, no solo de resumir. Quiero entender por qué usted, entre todos los estudiantes de postgrado y pregrado avanzado, siente una conexión con mi trabajo. ¿Es mera ambición, o hay una afinidad genuina con la ética de la elección?
La pregunta era directa, una prueba inesperada. Clarissa se enderezó.
—Es una afinidad genuina, Profesor — respondió, intentando igualar la firmeza de su tono. —Su análisis de la conciencia como un campo de batalla resuena conmigo. Especialmente su argumento en el capítulo nueve, sobre la 'ética de la posesión intelectual,' y cómo el conocimiento, una vez adquirido, obliga a una responsabilidad ineludible. Creo que su próximo trabajo sobre el liderazgo no convencional es la continuación lógica de ese dilema.
Adrian Smith la observó fijamente, y en sus ojos Clarissa pudo ver un destello de algo que no era meramente profesional; era una especie de reconocimiento, un respeto que le calentó el pecho.
—Bien dicho, Señorita Bennett —murmuró Smith. Se inclinó sobre el escritorio y tomó la pila de manuscritos, que estaban cubiertos por una carpeta oscura. —Su primer tarea será leer estos capítulos. Es la fase inicial de mi próximo libro. Su trabajo será leer, señalar inconsistencias en el argumento y, si las encuentra, escribir notas críticas. Esto no es resumir; es deconstruir. ¿Puede manejar ese nivel de crítica?
—Sí, profesor, puedo —afirmó Clarissa, su voz más segura ahora que la conversación estaba en su terreno.
Smith deslizó la carpeta a través del escritorio hacia ella. Clarissa se estiró para tomarla. En ese momento, Smith tomó un bolígrafo de la base de plata y lo puso sobre la carpeta para sostenerla. Sus dedos, largos y masculinos, quedaron a milímetros de los de Clarissa. Sus manos se rozaron. El contacto duró apenas un microsegundo, pero fue suficiente.
Fue un pequeño choque eléctrico, una descarga fugaz que Clarissa sintió hasta la nuca. El profesor retiró su mano con una rapidez casi imperceptible, como si el roce también lo hubiera afectado. Él tosió ligeramente y se enderezó en su silla, restableciendo inmediatamente la distancia profesional.
—Aquí están los documentos de confidencialidad —dijo Smith, con su voz volviendo a ser neutra. —Tómese su tiempo para leerlos. No se permite la discusión de este material con nadie, bajo ninguna circunstancia. Incluyendo a compañeros de clase. Su trabajo comienza ahora. ¿Preguntas, Señorita Thompson?.
—Ninguna, profesor Smith —respondió ella, su voz quizás un poco más ronca de lo que le habría gustado. Se levantó, sosteniendo la carpeta como si contuviera un tesoro. Se sentía nerviosa, abrumada por la cercanía que acababa de experimentar, pero también triunfante. Había pasado la prueba.
Cuando Clarissa llegó a la puerta, Smith habló una última vez, con un tono que no era de orden, sino de advertencia.
—Recuerde, Thompson. El conocimiento de esta magnitud viene con una carga ética. No lo olvide. El puesto es suyo, ahora demuestre que merece mi tiempo.
Clarissa asintió. Al salir al pasillo frío, con la carpeta de manuscritos ardiendo en sus manos, ya no era solo una estudiante brillante. Era la asistente privada de Adrian Smith. Y la verdad era que ese roce fugaz y las palabras de advertencia del profesor no habían disminuido su deseo; lo habían encendido, dándole una nueva y peligrosa justificación. Había entrado en el mundo prohibido de la elección ética, y no tenía intención de salir.