La miro fijamente a los ojos. —¿Una probadita de qué? —De mí. —¿Qué parte exactamente? Arquea una ceja. —¿Hay alguna parte que no te guste? —No exactamente. Da otra calada al cigarro, con los ojos llorosos mientras se enfrenta a la quema. Luego se inclina hacia adelante, soplando el humo en mi cara. —¿Eso es un sí o un no? —dice—. ¿Quieres probarme o no? La agarro por la cintura y la atraigo hacia mí. —Dispárame si alguna vez digo que no, conejita. —Lo haría si supiera dónde guardabas tu arma. —Disculpa. Supuse que la viste en el auto cuando robaste mis llaves. Se ríe entre dientes. —No creo que sea la única que tienes. —Aquí. Se inclina hacia un lado y aplasta la colilla del cigarro en el cenicero, dejándolo caer. Luego toma mi mano y la presiona entre sus piernas, guiándola

