Perseo Hartley;
Debo decir que no esperaba que la mejor amiga de Federico fuera tan encantadora.
Federico siempre la ha pintado como una nerd torpe.
¿Pero esto?
Esta mujer de lengua afilada y vestida de oscuro, parada en medio del s*x shop, discutiendo casualmente sobre electrocución y equipo b**m con el vendedor, no es lo que esperaba.
Y sin embargo... no puedo apartar la mirada.
Sus pantalones de cuero son pecaminosamente ajustados.
Sus botas oscuras pesan contra el suelo pulido.
Su blusa se le adhiere como una segunda piel, ¿y ese flequillo despuntado y esas gafas? Me recuerdan a las dominatrices de mi club. Lo único que le falta es una fusta y una orden severa en esos labios carnosos.
La observo mientras levanta una varita violeta, un dispositivo utilizado para producir sensaciones eléctricas como descargas.
—¿Qué tan peligroso es esto? —le pregunta al representante de ventas.
—¿En qué sentido?
—Como... ¿sería el voltaje altamente suficiente para causar, no sé... electrocución? Lo suficiente para arrancarle el alma a alguien del cuerpo.
Casi me ahogo con la risa.
—Estos dispositivos están diseñados para ser completamente seguros —dice el representante de ventas—. Están diseñados para el juego sensorial, no para... causar daño real.
Sol suspira, volviendo a colocar la varita en la pantalla.
—Qué fastidio —dice.
Se gira hacia el representante de ventas con la expresión más inexpresiva que he visto en mi vida.
—¿Estás seguro de que no hay nada más mortal por aquí?
Los ojos de la representante de ventas se abren de par en par.
—Técnicamente... si lo piensas —tartamudea—, todo es potencialmente mortal, ¿verdad? Quiero decir... la gente ha muerto por estornudar demasiado fuerte.
—¿Entonces la respuesta es no?
Ya no puedo más. La pobre chica parece que está a punto de llamar a seguridad o desmayarse. Doy un paso adelante, deslizándome suavemente hacia su conversación.
—Disculpe a mi esposa —digo, colocando mi mano en la parte baja de la espalda de Sol. Siento que se pone rígida—. A veces se pone... intensa. Nosotros nos encargaremos de aquí.
La representante de ventas prácticamente sale corriendo.
Sol me mira de forma extraña. Probablemente tenga algo que ver con que mencioné la palabra "esposa".
—Sabes —digo, inclinándome lo suficientemente cerca como para captar su olor—, si realmente quieres a Dalia muerta, podrías contratar a un asesino.
—Eso sería demasiado obvio. Lo rastrearán hasta mí.
Sonrío. —Bien. Pero si lo haces bien, no lo harán.
—¿Tienes un contacto?
Niego con la cabeza. —No lo tengo.
—¿Entonces eres como un falso mafioso?
—¿Quién dice que soy un mafioso?
Mira los tatuajes que se asoman por mi camisa. —¿No lo eres?
Me río entre dientes.
Esto va a ser divertido.
—Te diré algo —digo—. Te avisaré en cuanto encuentre a un asesino.
—Eso te lo agradecería mucho.
La suelto y empiezo a mirar los estantes, agarrando casualmente un par de esposas, una paleta de cuero y una venda de seda.
Oigo a Sol siguiéndome.
—Pareces muy versado en todo esto —dice—. Es como si supieras exactamente lo que estás comprando.
—Es mi trabajo.
Hace una pausa. —¿Vendes juguetes sexuales?
—Más bien... los produzco. Y tengo un club s****l —digo, girándome para mirarla, preparándome para su reacción. La mayoría de la gente se excita incómodamente o siente visible repulsión.
Ambas reacciones son tediosas.
Ella simplemente me mira con el rostro inexpresivo.
—Debes estar forrado —dice.
No me esperaba eso en absoluto. —Bueno...
—Bueno, ¿qué, Perseo?
—No lo sé.
Frunce el ceño. —El hecho de que no estés seguro de si estás forrado significa que realmente lo estás. La gente pobre no duda de que es pobre.
—¿Es eso cierto?
—Sí. Definitivamente estás forrado.
Sonrío. —De acuerdo, Sol. Lo que tú digas.
No recuerdo la última vez que disfruté tanto hablando con alguien. Ella es... diferente. La mayoría de la gente se pone rara cuando menciono mi trabajo, incluida mi familia. Pero ella parece normal al respecto. Como si fuera solo otro trabajo, que lo es, aunque uno lucrativo.
Probablemente por eso no puedo evitar preguntarle qué he estado pensando durante un tiempo.
—Entonces... tú y Fede. ¿Ustedes dos... son algo?
Su rostro se pone rígido.
—No.
—¿Duermen juntos? —pregunto.
—De ninguna manera.
—Cierto.
Parece lista para asesinarme.
Revisamos los artículos en el mostrador y pedimos que los envuelvan para regalo.
Mientras esperamos, Sol se cruza de brazos
—¿Cómo te sientes con que tu amigo se case con la ex de tu hermano? —pregunta.
—Mmm. Fue directo al grano. Bueno, digo. Dalia es una cazafortunas. Santiago tiene el dinero.
Ah. Clásico.
Santiago es mi amigo. Puede que no me gusten sus decisiones, pero como amigo, las respeto.
—¿De verdad eres un amigo si no puedes hacerle entrar en razón?
—Eso solo me convertiría en el enemigo. No ganarás una batalla contra el amor, Sol.
Me mira fijamente. —Definitivamente puedo intentarlo.
Sonrío, incapaz de evitarlo. Su ingenuidad es a la vez entrañable y trágica.
—¿Cuánto tiempo llevas intentándolo con Fede? —pregunto—. ¿Adónde te ha llevado eso?
Todo su cuerpo se pone rígido. He tocado una fibra sensible
Debería parar. No debería presionarla.
Pero hay algo en ella.
Hay algo en ver a alguien tan puro e inocente que te hace querer abrirlo en canal. Separarlo.
—El universo va a alinear a las personas que están destinadas a estar juntas —digo, con los ojos fijos en ella—. Ya sean buenas o malas. Ya sea que tenga sentido o no. Lo mejor que puedes hacer es dejar que las personas vivan sus vidas, Sol.
Sus ojos brillan.
—No eres muy buen amigo, Perseo —dice.
—¿Por qué digo la verdad?
—No. Porque eres egoísta.
Sonrío con suficiencia. —¿Ah, sí? ¿Y adónde te ha llevado el altruismo? ¿Has tenido una cita como Dios manda en meses? ¿Estás saliendo con alguien ahora mismo? ¿O toda tu vida gira en torno a Federico Hartley y su patética obsesión con una mujer a la que no le importa nada?
Sus ojos se oscurecen con algo violento.
Y por un momento, creo que me va a abofetear.
Dios, casi desearía que lo hiciera.
—Que te jodan —escupe, girando sobre sus talones y corriendo hacia la salida.
Me recuesto contra el mostrador, viéndola alejarse.
Sus caderas se balancean demasiado con esos ajustados pantalones de cuero. ¿Y la forma en que su pelo corto rebota sobre sus hombros mientras empuja la puerta y desaparece?
Perfección.
Me va a costar mucho evitar provocar a Sol durante esta boda.
También me va a costar mucho apartar la vista y las manos de ella.
Ella es un problema.
El tipo de problema que quiero arrastrar a mi cama y arruinar.
Sol mira por la ventana durante todo nuestro viaje a casa.
Brazos cruzados. Mandíbula apretada. Silenciosa.
Es honestamente impresionante lo empeñada que está en ignorarme. Ni una sola mirada en mi dirección, ni siquiera cuando acelero el motor deliberadamente solo para ver si reacciona.
Lo admito, extraño un poco a la habladora Sol.
Cuando llego a casa de mis padres, levanta la cabeza bruscamente
Puedo verla mirando la mansión con sorpresa, con tantas preguntas escritas en su rostro. Pero lo que sea que quiera decir, se lo traga.
Se desabrocha el cinturón, sale del coche y saca su bolso del maletero.
—Déjame ayudarte con eso —le digo.
—No. Tengo manos. Muchas gracias.
Bueno.
Se lo permito, caminando a su lado mientras se dirige a la entrada.
Le abro la puerta principal y, cuando entra, sus ojos recorren el gran vestíbulo.
—¿Hay algo que deba saber sobre tus padres? —dice, hablándome finalmente.
—¿Como qué? —pregunto, aunque sé exactamente a qué se refiere. He visto esta reacción antes.
—¿Como si fueran de una familia adinerada o algo así?
—Puedes preguntarle a tu mejor amigo. Está arriba.
Pone los ojos en blanco, dirigiendo su atención a la enorme escalera que se extiende hasta el segundo piso. Sé lo que tiene en mente. Se pregunta cómo va a subir esa bolsa hasta arriba.
—Mantén la bolsa abajo, Sol —le digo, divertido—. Alguien la cogerá.
No discute. La deja caer.
—¿Dónde están tus padres? —pregunta.
—Fuera del país. Deberían volver mañana o el próximo mes.
—Genial —murmura—. ¿Entonces tenemos la casa para nosotros solos?
—Umm... una vez que excluyas a los empleados, supongo que sí.
—Genial. —Me mira—. Por favor, llévame a la habitación de Fede.
Me presiono el pecho con una mano burlona. —Por supuesto, señora.
La guío por las escaleras. Caminamos por el largo pasillo antes de detenernos frente a la habitación de Fede. Ni siquiera me molesto en llamar, simplemente empujo la puerta para abrirla.
—Hermanito —anuncio—. Tu mejor amiga está aquí.
Y entonces lo vemos.
Federico y Dalia se separan rápidamente.
Se habían estado besando.
Fede se queda completamente quieto.
Dalia, por otro lado, apenas reacciona. Simplemente se pasa una mano por el pelo.
—¿Has oído hablar de tocar? —pregunta.
Miro a Sol. Su rostro se ha vuelto de piedra.
—¿Qué tan estúpido eres, Federico? —pregunta.