Perseo Hartley;
Mentiría si dijera que me sorprende que Fede me haya encontrado con Sol en brazos.
Lo había previsto.
Demonios, lo orquesté.
Había estado ahí fuera llorando por su pequeña y tóxica tentadora, y lo había visto regresar. Había visto a Dalia irse furiosa como la telenovela andante que es. Pero Sol había estado demasiado absorta en nuestra discusión (demasiado irritada, sonrojada y sin aliento) como para notar nada de esto.
Ahora mismo, parece que quiere disolverse en el suelo.
Casi me siento culpable.
—¿Besuqueándose? —dice—. ¿Bebiste el agua de la piscina o algo así, Federico? Solo estábamos hablando.
Intenta disimularlo con una sonrisa, pero parece que se está electrocutando.
—Hablando —repite Fede—. ¿Con sus manos alrededor de tu cintura?
—Fue culpa mía —suelta, dando un paso adelante—. Te vi corriendo tras Dalia a toda prisa y tuve la extraña sensación de que querías ahogarla. Así que tropecé mientras corría hacia la ventana para mirar e interferir si era necesario. Perseo me atrapó.
Parpadeo.
Bueno. Maldita sea.
Eso... no está mal.
Nada mal.
Lo guardo en mi cabeza: Sol es una buena mentirosa.
Fede, por supuesto, no se lo cree.
Se acerca, con los ojos fijos en mí. —Nunca he sabido que mi hermano sea un héroe.
Le sonrío. —Siempre seré un héroe para tus amigos, hermanito.
—Qué caballeroso de tu parte.
—Me conoces.
El silencio que sigue es preñado. Puedo sentir la tensión zumbando en las paredes, arrastrándose por mi nuca, una serpiente lista para atacar en cualquier momento.
Federico no es estúpido. Sabe que todo lo que dijo Sol son tonterías.
Ella se acerca a él, le toca el brazo, intentando solucionar el problema.
—¿Estás bien? —pregunta en voz baja—. ¿Qué pasó ahí fuera con Dalia?
Su rostro se endurece.—. Va a seguir adelante con la boda.
Veo que los labios de Sol se contraen, casi una sonrisa. Se la traga rápidamente, pero la veo.
Está aliviada.
Y tal vez, en el fondo, eso es lo que más enfurece a Fede.
—Estarás bien, Fede —susurra—. Estoy aquí para ti.
Por supuesto que sí, pienso, poniendo los ojos en blanco con tanta fuerza que casi me tuerzo un músculo.
—Lo sé, Sol —responde Fede—. ¿Puedes darme un momento con mi hermano?
Ella se pone rígida. —E-vale... supongo que puedo. ¿Cuál es la mía?
Él le aprieta la mano. —Solo espera en mi habitación. Iré a mostrarte la tuya.
Evita mis ojos al pasar junto a mí, y algo en eso hace que mi pecho se sienta... apretado. Gracioso.
Desaparece por las escaleras, y en el momento en que sus pasos se desvanecen, Fede se lanza contra mí como un sabueso.
—Aléjate de ella, Perseo.
—¿Por qué te importa? —pregunto—. Ya tienes las manos ocupadas con Dalia.
—Sé lo que estás haciendo. Para. No puedes seguir odiándome por lo que pasó hace tantos años.
—¿Odiándote? —Sonrío con suficiencia—. No te hagas ilusiones. Te perdoné. Eres mi hermano.
—No lo hiciste. —Baja la voz, oscura y temblorosa—. Sol significa mucho para mí. Mantenla alejada de tus tonterías.
—He escuchado tu petición, hermanito, y la respuesta es no. No me voy a alejar de Sol.
—¿Crees que estoy bromeando? Esto no es una petición.
—¿Ahora me estás dando órdenes?
—Haré algo mucho peor si le haces daño.
Me acerco un paso más. —Es curioso que menciones hacerle daño. Muy irónico, incluso. Hace años que sabes por qué te sigue. Pero la mantienes cerca porque es la única lo suficientemente tonta como para soportarte. Sin saberlo, ha caído en una trampa donde siempre estará ahí para ti y nunca tendrá una vida para sí misma. —Me inclino hasta que estamos nariz con nariz—. Adivina qué, hermano. Cuando te la robe, le estaré haciendo un favor. Al mismo tiempo, estaremos a mano.
Sus ojos brillan. —¿Sabes qué? No tengo miedo de lo que puedas hacer, porque es casi nulo. Sol nunca se enamorará de alguien como tú.
—¿Es cierto? Ella se enamoró de ti, ¿verdad?
—Aléjate de ella —gruñe—. O no te gustarán las consecuencias.
—Vete ahora, hermanito —le digo con una sonrisa burlona—. Ve a verla mientras puedas. No le importarás nada en un futuro próximo.
Se aleja, con los ojos puestos en mí todo el tiempo. Y luego sube las escaleras pisando fuerte.
Lo veo irse, con una satisfacción petulante floreciendo en mi pecho.
Ver a Federico retorcerse siempre ha sido uno de los pequeños placeres de la vida.
¿Pero verlo asustado?
Aterrorizada de estar perdiendo a alguien por primera vez.
Dios, es mejor que el sexo.
Pero esto ya no se trata solo de vengarse de Federico.
Se trata de Sol.
Porque alguien como ella no necesita estar emocionalmente enjaulada a un chico dorado que nunca le dará lo que necesita.
Se merece fuego. Obsesión. Y tal vez un poco de pecado.
La forma en que reaccionó ante mí, el temblor en su voz, la forma en que su cuerpo se arqueó como si reconociera el mío antes de que su cerebro lo captara, no fue nada. No fue un error.
Fue instinto. Instinto puro y enterrado.
Ella no es el ángel que pretende ser. No es la nerd de voz suave con la nariz metida en hojas de datos, como Federico suele afirmar.
Hay caos en ella. Deseo. Una tormenta que aún no ha aprendido a desatar.
Y si desbloqueo esa parte de ella, si realmente la abro, no podrá volver a ser quien era antes.
Será mía. En todos los sentidos que importan.
¿Federico lastimado en el proceso? Bueno, eso sería un extra muy satisfactorio.
Me dirijo a ver a Santiago en su suite de hotel.
La puerta se abre antes de que pueda llamar dos veces.
Dalia está de pie en la puerta, vestida solo con una bata de seda y un par de bragas. Y, por supuesto, no lleva sostén. Todo su pecho está a la vista.
—Perseo —dice.
—Dalia. Estoy aquí para ver a Santiago. Me dijo que está dentro.
Se apoya contra el marco, con la bata abierta de par en par.
—Solo te dejaré entrar si dices las palabras correctas.
—¿Las palabras correctas?
—Que no le vas a contar a Santiago nada de lo que pasó con Fede hoy.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que me crea?
Se encoge de hombros. —No voy a correr ese riesgo.
—¿Sabes qué no te ayuda? —pregunto—. Abrir la puerta de un hotel con tus tetas a la vista.
—Solías amarlas.
La empujo para entrar en la habitación.
—¿Santiago? —llamo—. Amigo, ¿dónde estás?
—Ducha —llega la respuesta apagada desde el baño. —Estoy contigo en un minuto.
Me dejo caer en una de las sillas de terciopelo, observando a Dalia cerrarse la bata.
Se desliza por la habitación y se sirve una bebida como si nada hubiera pasado. Como si no me hubiera ofrecido un soborno en forma de tetas y una amenaza apenas velada. La mujer es una contradicción andante.
Lo admito, solía encontrarlo fascinante. La dualidad. El peligroso juego de nunca saber qué versión de Dalia ibas a obtener.
¿Ahora?
Ahora simplemente me da asco.
—¿Quieres una bebida? —pregunta.
—No, gracias. Me sentaré aquí y esperaré a Santiago.
Puedo oírlo silbar en el baño. Debe haber terminado.
Dalia entra en pánico. —Vamos, Perseo —susurra—. No se lo digas.
—¿Crees que vine aquí por ti? Supéralo.
—Quiero que las cosas funcionen con Santiago.
Por supuesto que sí.
Porque es rico. Crédulo. Fácil de moldear.
—Entonces tal vez no beses a nadie más dos días antes de tu boda.
La puerta del baño se abre y Santiago entra, con la toalla colgada en las caderas, todavía silbando.
—¡Perseo! —sonríe—. Mi padrino. Te ves tan molesto como siempre.
—Santiago —digo—. Yo también me alegro de verte.
Dalia se acerca a él y lo abraza. —Hola, cariño —ronronea, plantándole un largo beso en la boca.
Sí. Porque eso lo arreglará todo.
Ella susurra algo lo suficientemente alto como para que yo lo oiga.
—Envía a tu amigo lejos para que podamos pasar una buena noche juntos.
—Pronto, amor —dice Santiago, dándole una palmada en el trasero—. Estaré allí en un rato.
Ella se va. Por fin.
—El amor es dulce, te lo digo —se ríe, cogiendo una botella de whisky de la barra—. Deberías engancharte.
—Estoy muy cómodo con mi soltería.
—Simplemente no has encontrado a la chica adecuada.
No respondo.
Se sirve una copa y luego levanta una ceja. —¿Te apetece una?
Lo miró fijamente.
—¿Estás seguro de que esto es lo que quieres, Santiago?
Se congela. —Si te refieres al matrimonio, entonces sí. Dalia me hace feliz.
—Sabes que no te quiere, ¿verdad?
Duda. Luego se sienta en uno de los sofás.
—Santiago... —canta la voz de Dalia desde detrás de las puertas corredizas—. Todavía estoy desnuda.
—Un momento, cariño —grita. Luego se dirige a mí en voz más baja—. No soy tonto, Perseo.
—Lo sé —digo.
No lo es.
Solo está enamorado.
Es un banquero de inversiones muy exitoso, así que llamarlo tonto sería exagerado. Pero incluso algunos de los hombres más inteligentes de la historia lo han perdido todo por culpa de una mujer que sabía sonreír a la perfección.
Suspiro.
Me dije a mí mismo que no iba a interferir.
Pero tal vez Sol tenía razón.
Soy un amigo terrible si no lo intento.
Bueno, tal vez tenga un 30% que ver con Santiago y un 70% que ver con una chica de pelo corto con gafas y una boca que quiero morder.
De una forma u otra, esa boda no se celebrará.
—¿Qué tal si vamos a un club de striptease? —pregunto.
Santiago frunce el ceño. —Mi despedida de soltero no es hasta mañana.
—Todos los días antes de tu boda hay una despedida de soltero.
Se ríe. —De acuerdo. ¿Puedo llevar a mi novia?
—¡Ni hablar!