Ella jadeó, incapaz de contestar. El aire caliente de la habitación le erizó la piel descubierta. Apretó los muslos ceñidos, casi cruzando las rodillas; aun así, él consiguió convertir su ropa interior en un tanga enrollando la tela en sus dedos y tirando hacia arriba. La bruta presión de las bragas contra el sexo la alertó hasta que estas se rompieron. Apenas reconoció la temperatura ambiente. Marcus cubrió la hendidura con los dedos y deslizo lentamente hasta colarse totalmente entre sus piernas. Meg deslizó las palmas apoyadas más hacia delante, abriéndose para él. —Mami… —murmuró, sofocado. Se le atascó la garganta al percibir más calor saliendo de sus dedos—. No eres normal. Meg no lo escuchó. Cerró los ojos, alejándose de la mortificación y entrando en una especie de volcan de sens

