ST: When I Saw You - BUMKEY [Drama original: Una Odisea Coreana]
Tener el cincuenta y un por ciento de una empresa listada en las mejores cien por Forbes no es sencillo. Por supuesto, es raro que los niños de nueve sepan de mercados, finanzas, sistemas monetarios y transacciones en diferentes tipos de cambio. A mi padre no le gustó la idea de educarme en todos esos asuntos de manera prematura y se sintió todavía más comprometido conmigo luego de escuchar de mi boca cuánto “me molestaba”. Intenté explicarle que era parte de una estrategia muy inferior a cual sea que él hubiera ideado durante sus reuniones de negocios con colegas, pero no pudo comprenderlo.
“Detrás de toda mentira existe una verdad”, me dijo, al llevarme de camino a Disneyland de Orlando Florida. No era mi primera vez en Estados Unidos ni en Disneyland, pero mi padre mostraba a todas luces que deseaba consentirme, como la niña que era. Se quedó conmigo durante un mes entero, me compró todo lo que yo pedía y hacía que se pusieran brillos y tonos de rosa en todo lo que usábamos: desde el carrito con el que nos trasladábamos entre las atracciones hasta mi mantel para merendar en la terraza del castillo de la Bella Durmiente. En pocas palabras, me malcrió.
Pero eso no bastó para que yo olvidara lo que ahora era: la heredera del grupo Sun House. Al regresar le insistí en comenzar a tomar clases especializadas en administración y matemáticas para las finanzas. Mi padre se me quedó viendo con la boca abierta y luego se negó: los niños no tenían por qué hablar sobre cosas de adultos. Asentí suavemente y tracé todo un plan para persuadirlo. Me presenté a las reuniones de accionistas, fui a las cenas familiares, investigaba por mi cuenta y realizaba investigaciones de las grandes corporaciones. Al principio no decía nada, sólo observaba, pero eventualmente comencé a hablar.
“He leído que uno de los hijos del presidente de Han Jung fue arrestado por desvío de fondos”, le comenté, durante una cena cualquiera. Mi padre estaba sentado en el extremo izquierdo de la enorme mesa que compartíamos. Yo estaba a su derecha.
“¿Han Jung?”, preguntó, masticando un trozo de ternera .
“Al parecer desviaba gran parte del capital hacia una ONG para niños sordos, que no tenía ningún niño sordo en la realidad. Dejaba el dinero ahí un tiempo y luego hacía transacciones más pequeñas a distintos bancos extranjeros con cuentas diferentes. Tenía todo un sistema.” Mi padre comenzó a masticar más lento, pero no me miró.
“¿Cómo sabes eso?” Yo sonreí de inmediato; apostaba a que él no se imaginaba la capacidad que tenía una niña de doce años.
“Me enteré por ahí.”, mentí. No le iba a contar sobre la red de información que había construido alrededor de la suya. Por supuesto, sólo había chantajeado al secretario de su analista de negocio principal, al que había visto durmiendo en el trabajo, pero no iba a admitirlo jamás.
“Entonces, ¿por qué lo sabes?”
“¿Cómo que por qué? Lo digo porque Sun House planeaba invertir en una empresa del segundo hijo, Jung Se, ¿no? También escuché que él tuvo un accidente de auto. Iba borracho. Y también está el tercero, quien se dice que es un...
Mi padre soltó bruscamente los palillos sobre el plato; de manera que una gran porción de agua saltó entre nosotros. Unas cuantas gotas hirientes alcanzaron mi frente.
“¿Qué te ocurre?”, pregunté, enjugándome el rostro. Él levantó la mirada y la clavó en la mía.
“Anda, dime. ¿Qué es el tercer hijo de la familia Jung?”
“¿Qué es? Es Jung Hae-ram.”
“No, Ginevra. ¿Qué ibas a decir de él? Estabas a punto de describirlo.” Desvié la mirada. Estuve a punto de decir que era un bastardo porque esa era la verdad. Todos sabían que su madre lo había concebido mucho antes de separase de su padre y que la familia Jung le había otorgado su apellido para evitar la vergüenza.
“¿Por qué te enfada algo como eso? ¿Lo conoces acaso? No son personas cualquiera, son figuras públicas y lo que sea que hagan puede desestabilizarlo todo, incluidos los negocios que hagamos con ellos.”
“Eso no importa en lo más mínimo, Ginevra. Sólo sé que tiene doce años, justo como tú.” Negué lentamente con la cabeza.
“¿Eso cambia su situación?” Mi padre frunció el ceño y tensó la cara de una manera horrible; parecía un desconocido.
“Eso no determina ninguna situación, niña.”, bramó, poniéndose de pie. “Puedo permitir que seas engreída, obstinada y ambiciosa, pero jamás voy a consentir que hables de esa forma de las personas que no conoces. No te eduqué para ser tan superficial como tu madre.”
Cerré los puños con tanta fuerza que de inmediato sentí el ardor en la piel que atravesaban mis propias uñas. Siempre imaginé que el corazón de mi padre era tan grande como para volverlo ciego, como para dejarse aplastar por cualquier persona a quien pretendiera conservar en él. Con todo y sus mentiras, mi madre logró un lugar ahí, y parecía tener la capacidad de aplastarlo una, dos y hasta mil veces, o las que bastaran antes de matarlo. Siempre pensé que su amabilidad y amor algún día lo matarían. Que me dijera que yo me parecía a la única persona que lo aplastó tantas veces, me turbó.
Salió del comedor a paso rápido y encargó a las sirvientas que se cercioraran de que yo terminara de comida, en especial mis vegetales. No me imaginaba que algo tan estúpido como eso podía llegar a hacernos tanto daño.
Ignoramos el incidente y hablamos con normalidad los días consecutivos. Me preocupaba que mi padre pusiera demasiada atención a mis palabras, así que intenté disminuir la frecuencia con que hablaba. No comprendía por qué se había molestado tanto. De no haber usado la palabra “bastardo”, ¿habría reaccionado de otra manera? Estuve dándole vueltas al asunto hasta que se me olvidó. Olvidé por completo la vergüenza injustificada que me invadió y volví a hablar a mis anchas de términos financieros que entendía a medias.
Mi padre me escuchaba, pero no decía mucho. Se limitaba a explicarme y, para cuando cumplí quince años, me permitió tomar clases especializadas mientras estudiaba la preparatoria. Para cuando cumplí dieciocho, mi padre me permitió sentarme a su lado en todas las reuniones de la empresa y ayudar a tomar las decisiones más importantes. Jamás volvimos a mencionar el incidente sobre los Jung.
***
Cuando cumplí los veinte años, ocurrió algo similar a lo que pasa en las monarquías. Cuando una reina es muy pequeña como para tomar decisiones, un regente toma su lugar hasta que ella alcanza la mayoría de edad. Por eso, mi verdadera coronación tomó lugar en mi fiesta de cumpleaños. Cinco pisos del Lotte World Tower, uno de los edificios más altos en Seúl, eran nuestra propiedad y yo no podía imaginar un mejor lugar para mi espectacular entrada al mundo de los negocios; mi verdadero ingreso como CEO de Sun House.
Me atavié con un vestido plateado y azul, con un escote en V que llegaba hasta mi diafragma. Mi tía más querida, hermana menor de mi madre, me había sugerido usar una falda con cola de sirena, pero algo tan común como eso no me satisfacía. Mandé a crear una falda híbrida, ajustada a los muslos pero libre debajo de las rodillas. El vestido estaba hecho con hilos plateados, algunas tiras de diamantes y perlas negras. Al mirarme en el espejo me permití practicar la gracia en cada uno de mis movimientos. Mi familia me había educado durante años para ser capaz de ponerme delante de quien yo quisiera sin chistar, sin doblegarme, pero siempre era bueno recordarme mi propia capacidad antes de hacerlo. A fin de cuentas, este vestido había sido diseñado sólo para mí.
Me subí a mi famoso Lamborghini Sián, aunque mi secretario Huang In me había explicado que el color rojo era más apropiado para interpretar mi papel: como un huracán salvaje y poderoso que tenía la capacidad de arrasarlo todo. Pero yo le tenía un cariño muy especial a ese automóvil; parecía estar hecho para mí. Iba cuatro veces más rápido de lo necesario y la potencia del motor se escuchaba a kilómetros de distancia, como trompetas que anunciaban el fin. Amaba ese sonido.
“Mamá, mamá, te volveré a ver, te volveré a ver, lo juro”, murmuró Huang In a mi lado, aferrando las manos al borde de su asiento. Tenía los ojos apretados y bajaba la cabeza, como si estuviera rezando. “Lo juro, lo juro, lo juro. Saldré de ésta.”
Me reí abiertamente y eché mi melena detrás de la espalda para que no me estorbara; los flecos de mis aretes largos me hacían cosquillas sobre mis hombros semidesnudos.
“Ay, por favor, señor Huang In. No puede comenzar a llorar ahora que acabo de empezar.”
“El límite de velocidad en la ciudad es de sesenta kilómetros por hora, señorita Sung. ¡Sesenta kilómetros, no ciento sesenta!”
“Ay, Huang In, ¿no sabes que mi hermosura Sián llega hasta los trescientos cincuenta? Fue diseñado como un carro de carreras, así que tengo que exigirle más cada día.”
“¡Pero si no está en la Fórmula 1!”, gritó. Me reí una vez más. El señor Huang In había llegado a mi vida como un consultor de finanzas cuando yo tenía quince años de edad. Era amigo de mi padre y el CEO de su propia empresa de inversiones, pero jamás actuó como uno. Era nervioso, aturdido y a veces ambivalente. Sé que me tenía un gran cariño y estaba tan orgulloso de mí como un segundo padre, o un tío, pero el número de crisis nerviosas que yo le había provocado lo había vuelto un poco paranoico.
“El mundo no tiene líneas bien definidas, señor Huang. Unas cosas se relacionan con otras cuando menos se lo espera”, repliqué. “Política, economía, capitalismo, luchas sociales... ¡todo está en todos lados!”
“¡¿Y eso qué tiene que ver con conducir como una loca?!”, gritó, mirando una motocicleta por el retrovisor que buscaba superarnos en una curva bastante sinuosa. “¡Sólo significa que se quiere matar!”
“No diga ridiculeces, señor Huang. Ni siquiera la muerte puede detenerme.”, giré el volante tan rápido como pude y presioné el acelerador. Cuando mis instructores me enseñaron a manejar, siempre me dijeron que era importante no sobrepasar el límite de velocidad en las curvas, pero eso parecía quitarle diversión al asunto. “Disfrute del momento.”
Alcancé el límite del volante justo cuando entramos en la avenida Songpa, a lo largo de la cual se podía ver el Lotte World Tower y un pedazo del lago Seokchon; las increíbles luces nocturnas que alumbraban el edificio se duplicaban en su reflejo como una lluvia de estrellas. Medio minuto después nos encontramos en medio del lago; el Lotte Tower se enarbolaba sobre nuestras cabezas con su característica forma de un c*****o antes de abrirse.
Apreté el freno eventualmente, hasta que el Sián se detuvo amablemente frente a la entrada del Lotte. Arreglé mi fleco y acomodé mi cabello sobre mis hombros. Luego miré al señor Huang, que estaba completamente contraído contra el asiento, al grado en que en el cuello se le formó una papada rojiza y su traje se dobló como acordeón.
“¡Señor Huang!”, le grité. “No puede presentarse junto a mí con esa cara. Quite esa cara de espanto de una vez, o me opacará.”
Al señor Huang le temblaban los parpados, pero no respondió. Repasé mi cabello por última vez y me aseguré de retocar el maquillaje de la frente. Afortunadamente, las ventanas estaban polarizadas. Cuando bajé, los reporteros saltaron a nuestro encuentro. Los guardias de seguridad me protegieron antes de que Huang recuperara el alma que casi expulsa del cuerpo. Él corrió a mi alcance y por medio de su micrófono comenzó a organizar a sus subordinados.
Atravesamos el vestíbulo rápidamente, pero pude ver al grupo de mujeres y hombres de negocios que venían de todas partes del mundo. Hice una reverencia ligera cada pocos pasos, con una sonrisa tan convincente como irreal. Los holandeses de la West Amber sólo venían para insistir en la compra de mis únicas sucursales en Europa del Este, los chinos venían para reducir sus inversiones con el mayor beneficio posible y los indios buscaban cubrir inversiones fantasma, como si yo no supiera cómo funcionaban.
Ninguno de los invitados estaba ahí por mi cumpleaños, ni siquiera por lo que yo significaba, porque para ellos sólo se estaba cambiando la corona para seguir las negociaciones con el próximo monarca. De todas formas, habrían de saber que, por más que yo amara e idolatrara a mi padre, yo no era él.
Miré a mi tercera madrastra al pie de una escalera de caracol, quien se nos unió en la caminata. Era diez años mayor que yo, por lo que parecía ser mi hermana mayor, pero no actuaba ni como hermana ni como madre. Normalmente era una estatua de Venus, tan hermosa y angelical, pero completamente incapaz de mover los brazos por sí misma. Como no le gustaba la conversación, su único deber era colocarse junto a mi padre o junto a mí, dependiendo del caso.
Atravesábamos un vestíbulo pequeño, una especie de sala tras bambalinas. Podíamos escuchar el barullo y el choque de copas del otro lado. Por alguna extraña razón, el corazón me palpitaba muy fuerte.
“¿Dónde está mi discurso impreso?”, le pregunté con tono hostil a mi madrastra. El silencio no siempre es símbolo de grosería o sarcasmo, pero me recordaba mucho al choque de dedos de mi madre, con el que aparentaba que comprendía de lo que hablaban, que estaba ahí, cuando jamás fue así. Carraspeé y ablandé mi voz. Esta madrastra había llegado poco después de que la segunda muriera en un accidente de tráfico al norte, la única “figura maternal” que me había agradado en la vida, pero mi odio hacia la tercera no estaba del todo justificado.
“Lo tengo aquí, señorita.”, replicó Huang In, extrayendo dos copias perfectamente cuidadas de su maletín de urgencias. Era difícil de imaginar, pero el maletín tenía ese nombre porque, desde que me conoció, el señor Huang creyó necesario llevar un botiquín de primeros auxilios con dos celulares con el mayor alcance, tarjetas de crédito y efectivo, los papeles del seguro y hasta unos radios walkie tokie para los casos más extremos. Le sonreí y hojeé los papeles.
“Sólo quería revisarlo.”, murmuré, mientras asomaba por el rabillo del ojo. Como siempre, mi madrastra tenía cara de póquer. Ni aquí ni allá; nada de lo que se le dijera le afectaba. “Bajen y asegúrense de que todo está en orden.”
“Estaré con su padre, señorita Ginevra.”, replicó Huang In, suspirando. ¿Habrá recordado la última vez que le dije lo mismo en un escenario? Puesto que no había sido la gran cosa, pensé que sólo estaba exagerando. Entonces tenía trece años y me había molestado porque los niños en mi fiesta de cumpleaños habían murmurado que yo no era la verdadera dueña de Sun House. Me subí al escenario y comencé a amenazar sobre cómo desviaría todas las inversiones de las empresas de sus padres hasta mandarlas a la quiebra. Mi padre tuvo que sacarme a la fuerza.
Le sonreí al señor Huang In.
“Confíe en mí, señor Huang. Hoy es un buen día y ya no tengo trece años.”
“Por supuesto.”, respondió, con una mirada elocuente: siempre y cuando no haga nada arriesgado.
El organizador líder me encontró detrás de los telones. Ya habían hecho el anuncio de que había llegado y harían mi gran entrada con un espectáculo de luces y un nuevo vídeo promocional sobre todos los proyectos de la empresa. Era mi cumpleaños, pero se celebraría como si fuera el de la empresa.
Subí las escaleras con luces intermitentes y me coloqué en mi sitio. Cuando el vídeo de la corporación terminó y todos aplaudieron, los reflectores giraron sobre mí. Todo el mundo volvió a aplaudir y a vitorear, como si de eso dependiera su vida. Yo les agradecí y les sonreí suavemente. Me había visto en el espejo muchas veces en un entrenamiento tan riguroso como el que tuve en comunicación corporal; los rasgos de mi madre me hacían ver como la criatura más amable de todas.
“Gracias por venir todos hoy, que es mi cumpleaños y el día en que alcanzo mi mayoría de edad”, comencé. “Sun House está sumamente agradecida por su presencia y siempre lo estará. Nunca duden en que los amigos de Sun House siempre tendrán una casa a la cual regresar, del sol, para ser exactos.”
Todos rieron como siempre hacían, aunque mi broma me pareció de lo más tonta. Supongo que con esa clase de sutilezas te das cuenta de las mentiras en las que estás envuelta. No necesitábamos hacer una fiesta de máscaras y disfraces cuando ese era nuestro pan de cada día desde que cada uno de nosotros entró a este mundo. Terminé de decir mis palabras de bienvenida, siempre con mensajes sobre apoyo, hermandad y unión.
“El lema de Sun House es estar siempre un paso adelante.”, dije. “Estar en el sitio donde nadie ha estado, mucho antes de que se vislumbre en el futuro. Por esto, yo, Sung Ginevra, les prometo siempre estar un paso adelante. Confíen en mí, pues pronto puedo traerles una sorpresa.”
Los invitados permanecieron callados, expectantes, justo como yo los quería. A veces las ideas y las expectativas disparan los valores de las empresas, lo cual me ayudaría un poco cuando por fin sacara a la luz la iniciativa de la que mi padre todavía no estaba enterado. Podía ver, aun a kilómetros de distancia y bajo la penumbra de la oscuridad, la increíble cúpula del edificio principal de la nueva cadena de hoteles Ginevra´s Island. Sonreí al imaginarla; Ginevra´s Island estaba destinada a ser cien veces más famosa y poderosa que las islas artificiales de Dubai. Estaba segura de ello.
Cuando creí que ya había enraizado la curiosidad en los inversores más importantes, agradecí y bajé las escaleras en dirección a mi padre. Él ya me esperaba con los brazos abiertos; el único refugio cálido e incondicional que tenía. Me abrigué en él tan pronto como las charlas de negocios comenzaron. Un gran porcentaje de los presentes tenía negocios con nosotros o las intenciones de iniciarlas, pero otro porcentaje considerable sólo estaba usando la ocasión como un sitio ideal para entablar nuevas asociaciones entre ellos. Nosotros éramos los organizadores, pero no teníamos ningún control sobre los acuerdos que se harían esa noche. En ese momento debí haber visto la amenaza que se acercaba, pero estaba ocupada pensando en que yo era la diosa que hizo posible la reunión de tantas personas importantes.
Luego de parlotear acerca de las expectativas concentradas en mí y de que mi padre me siguiera la corriente frente a sus colegas y amigos más cercanos, decidí que era tiempo de parar. Me escabullí con la excusa de ir al baño de mujeres, pero me introduje en un pasillo principal que llevaba hacia una sala vacía, con tres balcones bastante estrechos. Una vez ahí, busqué una pequeña botella de whisky Macallan que siempre llevaba conmigo. Tomé un sorbo e hice una mueca, mientras me recargaba sobre los límites del balcón.
El aire era fuerte y helado, liberador. La ciudad de Seúl se alargaba por kilómetros y kilómetros de esplendor, justo a mis pies. La altura me asustaba cuando era pequeña, pero ahora que podía mirar hacia abajo, me sentía especial e imponente. Y más arriba, hacia el cielo, parecía encontrarse un camino misterioso e infinito que podría seguir.
“Ojalá nunca tenga que bajarme de aquí.”, murmuré para mis adentros.
“¿Hablas de tu trono de princesa en general o de este piso del Lotte?”, preguntó una voz masculina a mis espaldas. En lugar de sorprenderme, puse los ojos en blanco y me obligué a hundir una sonrisa perfecta en mi rostro. Giré sobre el hombro y me encontré a un muchacho atractivo, alto y de hombros anchos. Se cabello estaba dispuesto de lado a lado y llevaba un traje azul rey perfectamente alisado. No sabía si me había vuelto loca y estaba alucinando o si era él quien se volvió loco, pero me pareció que no llevaba una camisa debajo del saco.
Luego contemplé su sonrisa. Era traviesa e infantil, pero el suave arco que generaba parecía esconderme algo. Evité levantar una ceja y sonreí ampliamente.
“Veo que eres muy inteligente.”, comenté. “Has venido al único sitio donde se puede tener algo de paz.”
Me mordí la mejilla. Estaba conteniéndome. Este era el único balcón que no se conectaba con ninguno de los vestíbulos de la sala Oeste, la del evento, por lo que, para llegar aquí, se necesitaba subir una serie de escaleras y un pasillo aislado en completa oscuridad. En otras palabras, un invitado sólo podía llegar ahí si me estaba siguiendo. Odiaba el acoso, pero igual mantuve mi sonrisa falsa. Podía mirarme sobre los paneles de cristal a nuestro alrededor y comprobar que mis expresiones seguían obedeciendo mis intenciones.
“La noche es hermosa, ¿no es así?”, preguntó el muchacho. Lo escaneé lentamente. Debía tener mi edad. Ponía la mano derecha sobre la cadera y tomaba de su copa con la izquierda; un gesto que había visto en las familias de alcurnia más pretenciosas. Además, su coreano era extraño; notaba entonaciones en lugares donde no iban. ¿Era un acento inglés? ¿En realidad no era coreano? Tenía ojos afilados que iban directo hacia su objetivo; no era algo cotidiano en las interacciones de negocios orientales. Mi mente surfeó de arriba abajo en las listas de las empresas más poderosas fuera y dentro de Corea, tratando de cotejar lo que veía con lo que sabía. “¿Qué? ¿Tengo algo extraño en el traje?”, preguntó, mirando sus propias ropas.
“Vi un traje Gucci similar al tuyo el año pasado, en la temporada de otoño. Es hermoso, me encanta.”
El muchacho sonrió.
“Sí que sabes de moda, ¿no es así?”
Sonreí como si me dijera un cumplido.
“Me heredaron la mala costumbre de observarla demasiado.”
“¿Quiénes? ¿Padres o amigos influyentes?”
“Gente, sólo gente.”, repliqué, evasiva. No iba a decirle a este desconocido que mi madre me había expuesto a tantas marcas en el pasado que las memoricé todas antes de aprenderme la tabla del siete. O que mucho después de que ella se alejara del todo de mí, yo decidiera invertir en las mismas marcas de moda que a ella le gustaban.
“Ya veo.”
“Pero no logras distraerme. ¿Quién eres y por qué no había visto un conjunto tan moderno en ninguna otra reunión?”, ataqué.
“Oh, por favor, no soy nadie.”
“¿Nadie?”, reí. “No seas modesto. Un Don Nadie jamás lograría venir a uno de mis cumpleaños.”
“Muy bien, digamos que soy hijo de la mitad...” Me imaginé poniendo los ojos en blanco. Él estaba a punto de decirme un juego de palabras en japonés.*(NOTA)
“Han Jung, ¿eh?”, me apresuré.
“Vaya, veo que eres muy hábil.”
“Por supuesto. Regularmente no me siguen, porque tengo fama de descarada o cascarrabias, según sea el caso. Pero veo que tú no eres tan cobarde.”
“¿Siguiéndote? No, yo no te estaba siguiendo. Sólo pasaba por aquí, cuando vi tu centelleante vestido azul. Brillas tanto como una estrella.”
“Pero estoy en el cielo, ¿no? ¿Por qué has de ver una estrella entre todas las que hay en el horizonte?”, repliqué, señalando las estrellas. “Hay cientos y cientos de estrellas que están más cerca de ti, y que por tanto brillan más.”
“No lo creo. Puedo ver tu brillo incluso si no es de noche.” Tragué saliva y regresé a mis registros. La empresa Han Jung tenía tres herederos. Jung Ah-heon. Jung Se-woo. Y Jung Hae-ram, el menor, el bastardo.
“¿Qué quieres, Jung Hae-ram?” Hae-ram abrió la boca ampliamente, sin poder apartar los ojos de los míos. Podía ser directa porque él estaba coqueteando conmigo directamente, ¿verdad? Y sólo nosotros dos nos encontrábamos ahí. Su expresión se recompuso en un instante.
“No quiero nada, cariño. Sólo estoy haciendo plática.”
¿Cómo no?, pensé.
“¿Es acaso que quieres casarte conmigo?” El rostro de Hae-ram volvió a torcerse; casi escupió el trago que se acababa de llevar a la boca para aparentar tranquilidad.
“¿Cómo dices?”
“Es fácil de suponer, cuando los herederos de otras grandes corporaciones de mi edad se han acercado a mí con la única intención de pedirme matrimonio para unir dos corporativos. Me imagino que eres igual.”
Hae-ram apretó su copa y se rio, tembloroso.
“Bueno, ¿quién no querría casarse con una mujer tan hermosa como tú? Cualquiera sería feliz a tu lado.”
“Respuesta incorrecta.”
“¿Perdona?”
“Si me preguntas quién se casaría con una mujer como yo, la respuesta es simple: sólo un bruto lo suficientemente imbécil como para dejarse aplastar por mí se casaría conmigo.” Hae-ram abrió la boca como una caricatura: podía imaginar que su barbilla llegaba al piso. “Ah, y un negociador tan inepto que sólo puede pensar en el matrimonio para conseguir lo que quiere. El divorcio también existe, ¿sabes?”
Hae-ram no me respondió. Sentí su mirada seguirme conforme salía del balcón, de regreso al vestíbulo. No dijo una palabra más; yo sabía que no tenía nada que perder en contra de Han Jung y mucho menos contra el bastardo de Hae-ram, cuyo matrimonio no me beneficiaría en nada. Evité reír conforme bajaba las escaleras. Todas las jugadas se hacen creyendo en las holguras.