Con la mirada perdida en la tele y una cerveza en la mano, un chasquido familiar lo sacó de sus casillas. Era el sonido de su hermana pavoneándose con tacones, lo sabía. Fijó la vista en la escalera y vio a Ellie bajar con un atuendo que le dieron ganas de arrancarle la ropa al instante: pantalones ajustados, una blusa ajustada y un suéter revelador, todos ellos perfectamente combinados en forma y figura. Sus colores se fundían con precisión, y su larga melena estaba recogida en una preciosa coleta dorada. Su hermana era la mujer más hermosa del mundo, él era positivo, y ver su sutil maquillaje solo reforzaba esa impresión; una pintura tan delicada y magistral que acentuaba sus ojos azules y labios carnosos sin llegar a lo caricaturesco. Ellie realmente sabía cómo hacer brillar su físico.

