Capitulo 1
—No puedo creer que te vayas—, dijo Ellie entre lágrimas en el aeropuerto momentos antes de que Oliver estuviera a punto de abordar un avión a Tailandia.
Le dedicó su sonrisa característica y le dio un cálido apretón en el brazo. —Oye, no me iré para siempre.
Ella asintió mientras una lágrima se le escapaba por el rabillo del ojo. —Quiero recibir un flujo constante de correos tuyos. ¿Me entiendes, gordito?
Oliver era, en efecto, obeso. Con 1,78 m y 109 kg, el sobrepeso era el mejor cumplido que se podía haber ganado. Ellie lo regañaba constantemente por su peso. No era mala intención. Simplemente deseaba que llevara una vida más sana y, tal vez, que tuviera más vida social.
—Claro, hermanita—, rió entre dientes. —Te voy a acosar tanto que me suplicarás que pare. Quizás incluso marques mis correos como spam o algo así.
Compartieron una breve risa teñida de tristeza.
—Y por favor haz algo al respecto—, se quejó mientras le revolvía el pelo grasiento con disgusto.
A Ellie le disgustaba cómo Oliver llevaba el pelo: sucio y descuidado. De hecho, le disgustaba todo el aspecto de su hermano menor. Era desaliñado, se vestía mal y tenía sobrepeso. La barba incipiente le había ido invadiendo la cara durante los últimos siete meses, desde que cumplió 17. De verdad creía que su hermano pequeño podría ser el hombre más feo del mundo. A Oliver no le importaba tanto que su hermana mayor lo elogiara constantemente por su "belleza". Como hermano de una belleza deslumbrante como Ellie, era casi inevitable.
Ellie era sin duda una belleza, una sobre la que se debería escribir poesía, siempre pensó Oliver. Con 1,65 m y un poco delgada, poseía los requisitos físicos para ser considerada atractiva; sin embargo, Ellie tenía mucho más a su favor que la combinación perfecta de grosor y longitud. Estaba bien dotada, con dos prominentes curvas que se mecían a una altura que parecía desafiar las leyes de la física; tenía un cabello rubio oscuro que, con sus mechones más largos, rozaba la parte baja de su esbelta espalda; una sonrisa contagiosa frecuentaba su bonito rostro, que, como dice el cliché, podía iluminar hasta la habitación más oscura; y poseía una figura femenina que se estrechaba y ensanchaba casi a propósito, curvando su complexión hasta los estándares del porno.
Pero lo que Oliver siempre había considerado su as bajo la manga, ese rasgo que ninguna otra chica podía competir con su hermana mayor, eran sus ojos. Un par de ojos azules no era nada emocionante, por supuesto —aunque poco común, no era precisamente una rareza— y sin embargo... sus ojos sí lo eran. Estaba maravillado con los ojos de Ellie, y ciertamente no era el único. De un azul profundo y lúcido, deslumbrante y expresivo, enmarcados por grandes cuencas felinas... era todo un reto no dejarse cautivar por ese par de creaciones divinas. Su aspecto era el de una ninfa, pero no cualquiera: la ninfa más desgarradora que existe, pensó.
Aunque nunca anheló a su hermanastra, Oliver seguía siendo un hombre y, como tal, no ignoraba tanta belleza. Y como hermano de Ellie, estaba en una posición privilegiada para admirarla a diario. Se sentía afortunado de ser simplemente su hermano, pues de no serlo, la vida le habría resultado insoportable, seducido por el sueño de una diosa inalcanzable.
Pero era, en efecto, el hermanito de Ellie a pesar de no compartir la misma sangre, y anhelar a su hermana nunca iba a estar en sus planes. La amaba profundamente, pero nunca de forma romántica, y lo mismo ocurría especialmente con lo que Ellie sentía por él.
Oliver, el menor de sus hermanos, adoptado cuando solo era un niño pequeño, era sin duda el menos atractivo de todos, según su experta opinión, pero tenía su encanto. Aunque los separaban casi cuatro años —ella era la mayor junto con su gemelo, Jack, y él el menor—, la conexión emocional entre ambos había sido sorprendentemente la más fuerte a pesar de no ser gemelos ni compartir lazos sanguíneos. Ninguno de los dos llegó a comprender por qué, pero era innegable.
—Vas a perder tu vuelo.
Ellie abrazó a su hermano con cariño cuando estaba a punto de partir para buscarse a sí mismo, como él decía. No entendía por qué no podía seguir el camino tradicional de la vida en la preparatoria y la universidad. Le guardaba rencor por tomar un camino tan imprudente y peligroso.
Oliver estaba decidido a viajar por el Lejano Oriente indefinidamente. No tenía madera de universitario según sus propias creencias. No iba a vivir como los demás. Quería más para sí mismo. Ver mundo era una de esas cosas que anhelaba su corazón, y no sucumbiría a las súplicas de su madre ni a los sobornos de su padre.
Le acarició la mejilla con una sonrisa sombría. —Te voy a extrañar mucho.
Ellie le besó la mano con la suya y asintió con cara de aceptación renuente.
El dinero no era un problema. El fallecimiento de sus adinerados abuelos maternos había dejado una herencia más que generosa a sus únicos nietos: Jack, Ellie, Dan y Oliver. Además, sus padres tenían éxito en sus respectivas carreras, y una hermosa casa en su pueblo rural, rodeada de montañas, frondosos bosques y animados arroyos, lo esperaría a su regreso.
Pero no planeaba gastar su considerable parte de la herencia solo por viajar. Lo consideraba una inversión en sí mismo, para gran enojo de Ellie. Ella simplemente no podía aceptar su decisión de cambiar una vida que le había sido tan buena por viajar de mochilero por el Tercer Mundo.
Sin embargo, se susurraron las últimas palabras de despedida, y el hombre de 1,78 m se adentró en el aeropuerto, despidiéndose de su querida hermana con la promesa de un reencuentro en un futuro incierto. Ellie le devolvió el saludo, y allí desapareció el hombre más encantador y poco atractivo que jamás había tenido el placer de conocer.
***
Cinco años después...
—No puedo creer que realmente esté haciendo esto—, murmuró Ellie mientras ahuecaba el escroto cubierto de sudor del hombre más sexy que jamás había visto y frotaba su saco lentamente con su pulgar.
—Nadie te está apuntando con una pistola a la cabeza—, susurró el hombre mientras presionaba sus labios contra su suave tez, dejando un rastro de besos sensuales a lo largo de su delicado escote.
¡Dios! —Ahogó un gemido en su oído mientras echaba la cabeza hacia atrás, lo que le permitía acceder mejor a su pecho, que luchaba por respirar—. ¡Esto es una locura!
—Sí, lo es —suspiró mientras acariciaba su pecho derecho por encima del pijama mientras continuaba deleitándose con su delicioso cuello.
—Ohhhhhh...— Ellie reprimió un gemido antes de arquear la espalda y besar al hombre con un ansia que nunca antes había sentido por ningún hombre. Rociando su esencia con la lengua, saboreó su sabor. —¡Seré una mujer casada, por Dios!
El hombre negó con la cabeza con firmeza mientras se lamía la saliva de Ellie. —Todavía no, no lo eres.
Rodeando su delgada cintura con sus fuertes brazos, la levantó con un brusco tirón. Se acercó a la cama y dejó a Ellie sobre el suave colchón, disfrutando del intenso movimiento de sus montículos y de su mirada suplicante que la siguió al instante.
—Pero lo seré—, gimió Ellie con dolor, de rodillas, acariciando su erección sobre la gruesa tela de su chándal. —Y en solo un mes...
El hombre se quitó la camiseta y asaltó los seductores labios de Ellie con tal fervor que obligó al coño de la rubia a soltar un poco más del néctar que había estado acumulando en sus bragas ya empapadas.
—Sobre mi cadáver te casas con él—, susurró, mientras la cabeza de su pene circuncidado palpitaba en sus calzoncillos bóxer bajo su licencioso cuidado.
—¿Por qué me haces esto...— Ellie gimió, casi llorando, mientras pasaba los dedos por los contornos de su cincelado estómago, el desafío se filtraba tanto en su cuerpo como en su mente con cada segundo que pasaba.
—Porque no puedo permitir que te posea. —Tartamudeó cuando ella enganchó el pulgar en su cintura—. Que nadie te posea. —Tiró de su melena dorada y obligó a sus ojos azules y necesitados a mirarlo fijamente.
-¡Oliver, cariño!
Él negó con la cabeza ante su lastimosa súplica y aferró su agarre en su cabello, con la mirada firme, mientras susurraba suave pero decididamente: —Eres mía.