Hace cuatro meses...
Ellie pasó por casa de sus padres para su visita semanal al volver del trabajo un martes por la tarde. Se había mudado hacía años y vivía con su prometido en un elegante apartamento no muy lejos. Entró en la cocina y besó a Dave en la mejilla, que estaba haciendo un sándwich en la isla.
—Oye, vago. ¿Dónde está la gente?
—Junto a la piscina, poniéndonos al día.
Dave era poco más de un año mayor que Oliver y, a sus 23 años, vivía de la pobreza de sus padres entre trabajos. Mudarse no era una opción para él, ¿y por qué lo sería? La casa era grande y espaciosa, con dos baños además del principal. Trabajaba como empleado a tiempo parcial, así que su ropa siempre estaba limpia y fresca, su habitación ordenada y limpia, y su barriga, ligeramente abultada, se sentía muy satisfecha.
—¿Ponerse al día?— Los tacones de Ellie resonaron al llegar a la nevera. —¿Qué?
Dave frunció el ceño, confundido, mientras terminaba su sándwich. —¿Qué quieres decir con qué? No me digas que no te has enterado de la gran noticia.
—¿Qué gran noticia?—, dijo ella, mirando al fondo del refrigerador, arqueando una ceja al tiempo que traía una botella de agua. Un segundo después, se fijó en el gran plato lleno de sándwiches a su lado. —¿Y qué pasa con todos los sándwiches? ¿Mamá y papá están organizando una fiesta en la piscina?
—¡¿Quieres decir que nadie te lo ha dicho?! —exclamó, finalmente dispuesto a apartar la mirada del sándwich—. ¿En serio?
Ellie contrarrestó su mirada perpleja con una suya, poniéndose irritable enseguida. —¿Qué me dijiste ?
—Dios mío, te va a volar la cabeza—, rió entre dientes mientras ponía el último sándwich en el plato. —Estoy deseando ver tu cara...
—¿Por qué te ríes como un imbécil, holgazán? ¿Qué pasa?
Arqueando las cejas, le dedicó una sonrisa traviesa. —Sígueme.
—Está bien —respondió ella con sospecha, claramente no tan divertida como su hermano.
Dave abrió la puerta corrediza que conducía al patio y se dirigieron a la zona de estar al aire libre.
Sus padres tenían una casa impresionante. La piscina era de buen tamaño, con un jacuzzi que se asomaba sobre ella, situado sobre una robusta plataforma de madera. Cuatro manzanos maduros flanqueaban el perímetro para garantizar la privacidad. Rosas blancas, rojas y amarillas florecían por todas partes junto con diversas plantas aromáticas, y tumbonas y sombrillas se extendían a lo largo de la piscina.
Al acercarse, Ellie vio a sus padres riendo en traje de baño con bebidas en la mano. Su gemelo, Jack, estaba allí con su novia, Gena. Ellos también estaban en traje de baño, bebiendo. Casi parecía como si Ellie estuviera interrumpiendo una reunión familiar secreta, a la que, al parecer, no estaba invitada, y detestaba esa sensación de ser excluida.
Su mirada se dirigió a la piscina, en la misma dirección en la que se reía el resto de su familia. Se detuvo lentamente y observó, con cierta distancia y sin ser detectada, mientras Dave se unía a la familia y colocaba los sándwiches en el centro de la mesa.
Había un hombre que nunca había visto nadando de un lado a otro mientras arrastraba a una niña pequeña a la espalda. La niña no tendría más de tres años, calculó Ellie. El hombre finalmente se detuvo, pero la niña lo abrazó con fuerza, riendo mientras él la besaba una y otra vez.
A Ellie le parecía un ejemplar impresionante. Aunque no era corpulento, estaba claramente musculoso; una observación que Ellie podía hacer incluso desde tan lejos, a pesar de que casi toda su complexión estaba sumergida. Gotas de agua resbalaban por sus hombros y espalda, bien definidos, y cuando levantó a la pequeña en el aire, Ellie apenas pudo distinguir los contornos bien definidos de sus bíceps, satisfactoriamente marcados.
Aunque no podía aumentar la resolución de su rostro desde la distancia, podía dar fe de que era liso, sin rastros de barba, para su satisfacción, ya que a Ellie le saldría un sarpullido desagradable si el pelo erizado le rozara la delicada y pálida tez. Le encantaba que sus novios tuvieran la cara afeitada como la de un bebé; una regla estricta que su prometido conocía y cumplía a la perfección.
El hombre cruzó la piscina hasta el final, más cerca de su familia. Levantó a la pequeña y se aseguró de que sus pequeños pies estuvieran bien plantados en tierra firme antes de soltarla. Una vez fuera del agua, corrió hacia la zona de asientos entre un estruendoso aplauso. El padre de Ellie, Dan, la abrazó con emotivo abrazo mientras los demás la rodeaban con entusiasmo, rozando sus mejillas con los labios.
El hombre salió del agua y quedó expuesto a la mirada de Ellie. Su evaluación de su físico se corroboró al instante, y Ellie se quedó mirando a este desconocido un poco más de lo que hubiera deseado. El corazón le latía con fuerza en el pecho mientras la lujuria fluía entre sus piernas, humedeciendo sus labios inferiores, y sabía con certeza que sería prudente apartar la mirada antes de que alguien pudiera detectar u oler su creciente excitación.
—Mañana te llevo a comprar ropa y después tomamos un helado. ¿Te apetece, cariño?—, le preguntó Alice, la madre de Ellie, a la niña mientras le acariciaba la mejilla.
Ellie pensó que su madre parecía bastante sentimental al hablar con la niña mientras sus ojos melancólicos revelaban más que solo una pizca de dolor y anhelo.
—¡Sí!—, dijo la niña, con una sonrisa de oreja a oreja. —Pero primero tengo que preguntarle a papá—. Se giró rápidamente para mirar al hombre, que se dirigía perezosamente hacia ellos. —Papi, ¿puedo ir mañana con la abuela a comprar ropa y tomar un helado?
En ese instante, Ellie se dio cuenta de varias cosas: primero, ese hombre era el padre de la niña. segundo, esa niña debía de ser mayor de lo que creía inicialmente. tercero, era bilingüe, y cuarto, era la niña más linda que Ellie había visto, y también la más bonita. Su piel bronceada y su cabello castaño claro hasta los hombros captaron la atención de Ellie, y su forma de hablar, en cualquier idioma, era tan adorable como entrañable.
—Non so se ti meriti un premio del genere, visto come ti sei comportata durante il volo. ( No sé si te mereces tal trato, con la forma en que te comportaste en el avión hasta aquí ).
Un escalofrío de lujuria y un par de reflexiones más recorrieron a Ellie tras oír al hombre responderle a la niña: quizá fuera extranjero, y lo encontraba aún más atractivo que antes, si es que eso era posible, lo cual no le ayudaba a mantener las bragas secas. Para entonces, rezaba para que se pusiera una camiseta.
_Non è giusto, Papà! Mi sono già scusata in aeroporto. Ti prego, ti prego, ti prego... ti prometto che da ora in poi farò la brava. ( ¡¿Pero, papá?! Ya me disculpé en el aeropuerto. Por favor, por favor, por favor... Prometo que seré una buena niña de ahora en adelante ).
—No sé si te creo, tesoro.
—¡Papi, ti prego! ¡Mi devi credere!(¡Papá, te lo ruego! ¡Créeme! ).
Ellie no podía entender lo que la pequeña niña estaba diciendo, pero sospechó que estaba suplicando mientras imprimió en su tono la voz más linda junto con el gesto de oración más dedicado.
—¿Qué está diciendo, cariño?—, preguntó Alice, con una sonrisa emotiva en su rostro.
—Se está portando mal—, se quejó la niña, y empezó a hacer pucheros, al borde del llanto. —No me deja ir...
Toda la familia de Ellie estalló en risas al ver el desgarrador espectáculo de la pequeña niña.
—Oh, sí que lo hará; a menos que quiera un poco de mí, lo hará—, dijo Alice con una mezcla de diversión y determinación mientras abrazaba a la niña. Fingió una mueca al hombre, que ahora se unía a la familia de Ellie y abría una cerveza. —Deja ya de esto o te castigaré—. Alice estaba dando su propio espectáculo. —Mañana Michela —pronunciado: mi-ke-la— y yo vamos de compras y a tomar un helado juntas. ¿Entendido, Oliver?
—¡¿OLIVER?!
Un movimiento colectivo de cabezas siguió a ese grito de asombro y desconcierto. Todos le sonreían a Ellie, sin percatarse siquiera de su presencia. Bueno, salvo Dave, pero ese conocimiento parecía habersele escapado.
Los ojos de Oliver chocaron con los de su hermana mayor, pero era el único que no le sonreía. No se atrevía a sonreír. Ellie era la única persona que realmente le inquietaba y ponía nervioso ver. Tenía mucho que explicarles a toda su familia, pero con Ellie tenía el doble de trabajo; algo que sabía perfectamente, incluso antes de tener que mirar esos ojos azules y dolorosos que le recordaban fácilmente por qué los consideraba los más fascinantes que jamás vería.
Dejó su cerveza sobre la mesa y dio unos pasos tímidos hacia adelante. —Hola.
Ellie negó con la cabeza mientras retrocedía en respuesta, con lágrimas en las mejillas. Aún estaba procesando la impactante revelación de que ese hombre era, supuestamente, su hermano; el hermano al que no había visto en más de cinco años.
Oliver percibió fácilmente el potencial inflamable del momento en el que se encontraba, y necesitaba desactivar la bomba de alguna manera antes de que explotara en su cara.
—Ellie, por favor déjame—
Ella se dio la vuelta y entró corriendo en la casa.
Oliver suspiró mientras recogía a su hija, aceptando que efectivamente estaba en una situación muy difícil con su hermana.
—Papi, chi era quella bella signora che ce l'aveva con te? ( Papá, ¿por qué la mujer bonita estaba enojada contigo? ).
Oliver abrazó a Michela con fuerza y suspiró una vez más. —Porque papá la lastimó, princesa—. Consumió su cerveza mientras miraba a su madre, que negaba con la cabeza entre lágrimas y resentimiento. —No—, le dijo a Alice cuando ella entreabrió los labios. —Tráela de vuelta primero.
Ella apretó los dientes y entró corriendo en la casa.
•••
—Hola, cariño.
Su hija bebió un sorbo de la copa de Chardonnay que ella misma se había servido en cuanto entró.
Bebe niña...
—¿Cuánto tiempo lleva aquí? ¿Y por qué nadie me ha llamado? ¡¿Qué?! ¿Ya no soy de la familia?
—Llegó hace una hora después de llamar a tu padre desde el aeropuerto. —Alice acarició la mejilla de su única hija—. Quería llamarte él mismo. Tenía muchas ganas de hablar contigo.
Ellie se bebió de un trago el contenido de su copa de vino y dejó caer el valioso cristal como si fuera una imitación barata. —Esto es un escándalo. ¡Tiene una hija! Supongo que nadie la conocía.
Ella le lanzó a su madre una mirada que buscaba tranquilidad.
—No —suspiró Alice con dolor—. No lo sabíamos.
—¿Y qué hace aquí ahora? Creí que hacía tiempo que habíamos dejado de ser su familia.
—No sé qué locura le ha estado rondando la cabeza, pero ya está aquí y prometió explicarnos todo, así que me reservo el derecho de juzgarlo para después.
—No quiero hablar con él.
Un momento de silenciosa reflexión invadió la habitación.
—Dios mío, yo también necesito un trago —suspiró Alice y sacó la botella de Chardonnay del refrigerador. Sirvió los dos y dejó la botella sobre la mesa.