Lia Sinclair El frío de la mañana fue lo primero que noté, me desperté envuelta solo en la sábana de seda, amir no estaba a mi lado el hueco en la cama era una advertencia silenciosa. Me levanté, sintiéndome dolorida, pero extrañamente satisfecha, me duché rápidamente, eligiendo un conjunto profesional y sobrio de mi nuevo clóset. Al bajar a la sala, me llevé una sorpresa desagradable ahí estaba Cristian, de pie junto a las ventanas, con esa expresión inescrutable, sentí el nerviosismo recorrer mi estómago. —Buenos días, Cristian —saludé, intentando sonar profesional y tranquila. Él no perdió el tiempo en formalidades fue directo al ataque. —¿Eres una cazafortunas? ¿Una mosca atraída por el dinero del jefe? La ofensa me golpeó como una bofetada. —¡Te equivocas! —lo interrum

