Gin no vivía en una enorme mansión con cientos y cientos de empleados.
Sus padres no se arriesgarían a tanto.
Preferían una casa grande, alejada de la cuidad y con cinco o seis personas de confianza para que trabajaran ahí dentro.
Es por eso que todos los empleados habían visto crecer a Gin, y también era por eso que todos sabían por las cosas que esa pobre niña había tenido que pasar desde que nació.
Cuando la joven Brown llegó a la casa de sus padres, aguanto el aire en sus pulmones hasta que fue recibida por la ama de llaves, Nina.
Le dio un pequeño abrazo a escondidas y caminó hasta el living, donde seguramente sus padres estarían esperándola.
Pero se equivocó, ellos no estaban ahí.
Alzó las cejas y se encogió de hombros, podrían esperar para un saludo de su parte.
Terminó tirándose sobre el colchón de su habitación. Solo ese cuarto medio lo mismo que todo su apartamento en la universidad.
Pero si tenía que elegir, se quedaba con el pequeño lugar que compartía junto a Blue.
De una forma u otra, le parecía menos asfixiante.
Salió al balcón en busca de un poco de aire fresco.
Es ahí cuando vio a su padre en el enorme portón del lugar, se bajaba de su lujoso auto y saludaba a dos personas cortésmente con la mano, usando su completa falsa sonrisa.
Gin rodó los ojos y se metió nuevamente a su habitación. Dio un pequeño brinco cuando se encontró a su madre parada junto a la puerta.
-Buenos días cariño. - saludó, acercándose a ella y abrazándola con sus frías manos.
Ese era el recuerdo que tenia de su madre.
Frio.
Siempre la había tratado con frialdad y sus manos siempre estaban congeladas, el contacto del metal de sus anillos contra su piel… Eso era lo que pasaba por su mente cuando pensaba en la Señora Brown.
-Buenos días, madre. - susurró.
- ¿Que estas usando? ¿Viniste hasta aquí usando esos trapos? - señalo su vestimenta. - Dime que nadie te fotografió entrando aquí. - soltó un suspiro, mientras que tomaba el puente de su nariz.
Gin contó hasta tres por dentro, y mantuvo la sonrisa en su rostro.
-Estoy segura que nadie me vio, madre. Ya mismo iré a cambiarme.
-De acuerdo, luego hablaremos sobre tu semana.
Y no, la gran Alisa Brown no le estaba preguntando por su semana, estaba por juzgar cada uno de sus movimientos.
Justo como hacía cada fin de semana.
Gin asintió y se dirigió a su vestidor, donde sorprendentemente ya estaba lista la ropa que debía usar ese día.
Y de sorprendente, no tenía nada.
Su madre juzgaba las clases a las que había asistido, la ropa que había usado y sus actividades extracurriculares.
Todo tenía que ser perfecto, todo tenía que ser planeado.
Gin se observó en el espejo, esa chica no era ella.
Esa camisa y esa falda, no eran su estilo. Esos no eran los colores que le gustaba llevar, esa no era la prolijidad con la que ella se sentía cómoda.
Pero si era lo que su madre esperaba, si era la imagen que habían creado para ella.
Estaban sentadas en la mesa del living, frente a frente alejadas por un espacio muy grande.
Así es como se sentían cada una de sus comidas, desde que era una niña, nunca se sentó al lado de sus padres en su casa.
Siempre tenía que estar en la otra punta, escuchando todo lo que le tenían que decir y esperando a que tenga permiso para hablar.
Era una tortura, y a partir de los quince, ella ni siquiera comía con ellos.
-Nos informaron que fuiste el mejor trabajo en una de tus clases. - habló.
Gin asintió.
-Así es. - sonrió.
-También fuiste fotografiada por varios medios en la cena de la otra noche. Todo el mundo habla de tu elegancia y de tu buen porte. - puso un par de diarios sobre la mesa, donde efectivamente, hablaban de ella y de la cena.
-Qué bueno que salí bien. - intentó bromear, pero la expresión de su madre no cambio.
-Además, tu plan de vivir en los apartamentos de la universidad está saliendo bien para la opinión publica. Tengo que darte créditos por eso.
Gin mantuvo su sonrisa, por supuesto que había salido bien.
Y agradeció a todos los cielos que eso hubiera salido bien. No se imaginaba volviendo a vivir en esa casa.
-Gracias madre. - susurró, tomando de su té.
- ¿Algo que debas contarme? ¿Algún suceso del que tengamos que encargarnos? - cuestionó.
Gin observó sus manos por unos momentos.
¿Si habían pasado cosas? Por supuesto que sí.
¿Si le contaría todo el tema de Joshua a su madre para que meta sus narices en el asunto? Absolutamente no.
Era un tema que aun podía controlar, ella misma se encargaría de resolver los problemas con Joshua.
- ¿Gin?
La chica subió su cabeza y negó.
-No madre, nada más que contar. - le mintió.
La señora Brown copió su sonrisa, una falsa, y asintió.
-Prepárate para cenar, vendrán algunos congresistas.
-Sí, madre…
Esa era la vida de la pobre Gin.
En la otra punta de la cuidad, en una casa mucho más pequeña, Joshua seguía por todas partes a Kate.
-Enano, ven para aquí. Tienes que ponerte tu sweater. - ya había perdido la cuenta de cuantas veces le había gritado para que se quedara quieto, pero para Kate era mucho más entretenido ver a su hermano mayor sufrir mientras que lo corría por todo el patio de la casa de su tía.
Cuando finalmente lo atrapo, lo tuvo que tener en sus manos hasta que estaba finalmente abrigado como quería.
-Es todo un travieso. - su tía Susan habló, mirándolos parada en la puerta.
-Y eso que se levantó temprano hoy para venir aquí. - le respondió.
-Ten, toma un poco. - le pasó un jugo de naranja mientras que se sentaban en la mesa. - ¿Cómo va la universidad?
Joshua se encogió de hombros.
-Hago lo que puedo, siempre estoy en la línea, pero me estoy esforzando al máximo. - le sonrió débilmente. - No es tan fácil como pensé que sería. - rascó su nuca.
-Eres tan parecido a tu madre. - acarició su mano por encima de la mesa. - Tienes la fortaleza y las mismas ganas de salir adelante que ella. - le susurró. - y la inteligencia de tu padre, sé que podrás hacer lo que desees porque así es como te criaron.
-Solo quiero lo mejor para Kate, y daré todo de mi para lograrlo. - afirmó.
Hablando de Kate, el niño llegó nuevamente corriendo hacia él para que lo levantara.
-Ten, come un poco. - sostuvo una porción de pizza a la altura de su boca para poder alimentarlo.
-Hey hombrecito, mira lo que conseguí para ti. - su tía dejo una pequeña caja de regalo sobre la mesa.
-Tía… no tenías que gastarte. - le dijo Joshua, pero ella solamente le guiño el ojo.
- ¡Shushu! ¡Mira! ¡Un camión! - se bajó casi cayéndose de la falda de su hermano mayor para ir a jugar con su nuevo juguete.
Joshua lo vio marcharse con su nuevo juguete favorito y suspiró.
-Gracias tía. - volvieron a quedarse solos.
-Hey, lo que sea por mis niños favoritos. - pellizco la mejilla de su sobrino mayor. - Kate es apenas un niño, merece jugar como los demás… Y alivia mi culpa por no poder tenerlos aquí viviendo conmigo. - agregó.
Joshua negó con la cabeza.
-Ya haces lo suficiente por nosotros, nunca terminare de agradecerte por tanto…
Los dos se mantuvieron hablando por un largo rato tranquilamente, compartiendo el almuerzo y jugando con Kate quien estaba muy fascinado su nuevo juguete favorito.
Ellos se reunían en casa de su tía una vez a la semana, era el único familiar que ellos aún tenían y que contaban con su apoyo.
Susan siempre los recibía con una gran comida, les preguntaba sobre toda su semana y si tenían algún problema nuevo.
Luego, cuando se marcharán, ella disimuladamente metería dinero a la mochila de Joshua y este no podría devolverlo de lo cabeza dura que era su tía.
Pero era lindo para Joshua saber que contaba con alguien en algún lugar del mundo, que, por unas horas, podía sacarse un poco de peso de la espalda y compartirlo con alguien tan especial como lo era su tía.
Y también era bueno que Kate descubriera que no estaban solos en el mundo, después de todo su tía era lo más parecido a una madre que tenían.
El problema era cuando él llegaba…
-Mi, ya llegué. - anunció desde la puerta.
-Tom, ven a saludar a tus primos.
Joshua cerró los ojos y suspiró.
De solo escuchar su voz, ya se ponía de mal humor porque sabía que él no venía con buenas intenciones.
Todas las veces eso terminaba mal, con ellos peleando y discutiendo.
Tom era el hijo mayor de su tía, compartían la misma edad y hasta ahí sus similitudes.
Tom era una persona desagradable, aun Joshua no podía entender como compartían sangre.
-Oh, veo que estas nuevamente ayudando a tus pobres sobrinos. - soltó lleno de sarcasmo e ironía.
-Tom, no empieces…- arrastro su madre.
- ¿Enserio aun crees que puedes manejar a un niño por tu cuenta? - le habló ahora a Joshua, acercándose a él. - ¿Seguirás diciendo que puedes hacerlo para después correr a los brazos de mi madre una vez por semana para quitarle dinero? - alzo una ceja.
Joshua estaba aguantando la respiración, lo que le decía Tom le entraba por un oído y le salía por el otro.
No podía importarle menos.
Pero siempre era su tía la que terminaba en el medio, y no tenía ganas de volver a hacerla sufrir.
-Tom, realmente espero que algún día madures. - dijo levantándose de la mesa y poniéndose su mochila.
Era momento de volver a casa.
Tom sonrió de lado, lleno de maldad.
-Ay, esa fachada de hombre maduro y con una vida toda resuelta no te queda nada bien, primito. - se rio. - ¿Porque simplemente no das al niño en adopción y comienzas una nueva vida? Sé que te mueres de ganas de liberarte del mocoso.
Joshua apretó su puño, intentando mantener la paciencia, pero claramente, había pasado la raya.
-Tom, discúlpate en este momento. - habló su madre, pero fue ignorada.
-Tienes mucha suerte de que tu madre sea mi tía y que le tenga mucho cariño, sino en este momento estarías tragando tierra con el rostro morado. - le susurró antes de pasar por su lado y chocar hombros.
Tomó a Kate en sus brazos y guardó su nuevo juguete, todo en completo silencio.
- ¿Ya nos vamos Shushu? - cuestionó, sin saber nada de la situación.
-Saluda a la tía, Kate. - respondió, el pequeño lo hizo rápidamente, podía entender que su hermano no estaba de humor con solo escuchar su voz.
Esta era la vida de Joshua y Gin, no era tan tranquilo y perfecto como lo hacían creer.
Ambos tenían aun que superar muchas cosas y liberarse también de lo que la gente esperaba de ellos.
Esta era la vida de Joshua y Gin.