Amber
El avión está a punto de aterrizar. Mis manos están frías por los nervios, así que me acomodo en mi asiento, intentando calmarme.
Abrocho mi cinturón. Esteban entrelaza nuestras manos para darme apoyo; sabe que no es fácil para mí regresar después de tantos años. El avión realizó un movimiento brusco y cierro los ojos. Una lágrima recorre mi mejilla, seguida de otra, sin parar. No me importa que me vean en este estado; solo deseo liberar, está oleada de sentimientos que me acompañan desde que subí al avión.
Todo se calma y sé que estamos a punto de tocar tierra.
—¿Estás bien? —me pregunta Esteban, ofreciéndome un pañuelo.
—Sí.
Debo estar bien. Necesito estarlo.
La azafata nos indica que ya podemos salir. Agarró mi bolso y los lentes que me los coloco al bajar.
—Pasaremos unos días en el hotel mientras terminan la casa, quiero que quede exactamente como tú siempre has soñado, Am —tomó mi rostro entre sus manos y besó mi mejilla—. Puedes con esto y mucho más, princesa.
Jamás podré agradecerle a Esteban todo lo que ha hecho por mí desde que me conoció. No juzga mi pasado, sino que me apoya en tener a mi lado a mi hijo.
Salimos del aeropuerto y subimos a la limusina. Cuando estamos listos, el auto se sumerge por las calles de Caracas. Miro todo por primera vez después de tantos años lejos de mi casa, el país que me vio crecer y al que durante tanto tiempo desee volver. El auto se detiene y mi corazón se acelera. De todos los hoteles que hay en la ciudad, él eligió este. Risa es la cadena hotelera de Santiago, y muchas veces me trajo aquí para nuestros encuentros íntimos.
*****
Estábamos borrachos y la gente del hotel nos miraba de forma despectiva, pero no nos importaba en absoluto. Éramos felices. Un amigo en común había organizado una fiesta por su cumpleaños a la que fuimos invitados. La disfrutamos tanto que, a las 3 de la mañana, nos encontrábamos en su hotel haciendo escándalo, sin la más mínima preocupación de que nos fotografiaran y apareciéramos en las portadas de todos los periódicos del país. Santiago se dirigió a la recepción y pidió la llave de la suite presidencial. La señorita rodó los ojos y le entregó la llave de mala gana.
—Hasta mañana, trabaja aquí. No soporto a esa mujer.
—Solo está celosa por no estar en mi lugar.
Estaba nerviosa, aunque no era la primera vez que estábamos juntos. No podía negar que sentirme así me pasaba a menudo cuando estaba cerca de él. Llegamos a la suite y, con mucho cuidado, abrió la puerta y entramos. Una vez a solas, me agarró del cuello y me besó; sus labios eran mi debilidad, especialmente cuando me besaba de esa manera tan varonil. Recorrió cada parte de mi cuerpo y me hizo sentir la mujer más deseada en sus brazos.
*****
—¿Estás bien?
—Sí—le respondí mientras lo miraba fijamente.
—Porque me estás mintiendo, Amber —gruñó—. Llévanos a otro hotel —le indicó al chófer.
—No tienes por qué hacerlo.
—Claro que sí, no pienso torturarte, quedándote en un hotel que te recuerde a ese hombre, te prometí que te cuidaría, y así lo haré —dice, tomando mi cuello y acercando su rostro al mío—. No tienes idea de las ganas que tengo de probar esos labios.
Trago con dificultad y siento cómo mi corazón se aprieta en mi pecho. No puedo negar que la atracción que siento por Esteban ha crecido a lo largo de los años, pero temo lastimarlo al no cerrar por completo mi corazón a Santiago. Cierro los ojos y siento sus labios posarse suavemente en mi mejilla.
—Cuando estés lista, mi reina.
El hotel América fue nuestra elección. Al llegar, bajamos del auto; es bellísimo y la atención es excepcional. Un chico moreno, de unos ojos muy lindos, nos ayuda con nuestras maletas, mientras que Esteban se dirige a recepción para pedir nuestras habitaciones. Yo, por mi parte, decido admirar todo lo que me rodea. Me sumerjo tanto en mis pensamientos que no me doy cuenta de la persona que está detrás de mí.
—Oh, lo siento.
—No te preocupes, parece que las dos veníamos en nuestra burbuja —me dice la mujer, sonriéndome.
—Sí.
—Soy Adam, un gusto —me ofrece su mano—. Sí, tengo un nombre de hombre y no me importa.
—Pero te queda bien, Adam. Un placer, mi nombre es Amber.
—Bueno, Amber, me tengo que ir. Mi hermano debe estar loco buscándome. Espero verte pronto.
Me abraza y sale corriendo, dejándome sin palabras por su arrebato de cariño hacia alguien que acaba de conocer. Regreso a dónde está Esteban, quien me entrega la llave de mi suite.
—Nuestras habitaciones están juntas.
—No me voy a perder —digo en broma.
—Seré tu ángel guardián, mi reina.
Llegamos a nuestras habitaciones, justo cuando estoy a punto de entrar. Esteban me tomó del brazo.
—¿Te gustaría salir esta noche? —se inclina y toca la punta de mi nariz—. Quisiera conocer el lugar donde nació la mujer que me tiene loco.
Un cosquilleo recorre mi estómago. Cómo desearía poder corresponder a sus sentimientos.
—Está bien.
—Nos vemos esta noche, ponte guapa.
Besa mi mejilla y entra en su habitación. Me quedo ahí, sin palabras, pensando en mi situación con Esteban. No quiero arruinar nuestra amistad por intentar tener algo más. Entro y cierro la puerta, me quito el abrigo y lo dejó en la silla. Con la ropa todavía puesta, me acuesto en la cama y pienso en mi hijo. ¡Cuánto desearía tenerlo conmigo, escucharlo decir mamá y abrazarlo hasta ya quedarme sin fuerzas! He visto varias fotos de él y me siento tan feliz de que se parezca a mí. Tiene uno que otro rasgo de Santiago, pero es una mini copia mía. Es muy guapo y debe ser un niño muy inteligente.
Una lágrima recorre mi rostro mientras me aferró a la almohada que abrazo. El cansancio me envuelve, y poco a poco, me dejo llevar hacia el sueño.
*****
Me despierto a causa del sonido de la alarma. A través de la ventana, veo caer la noche y me levanto enseguida. Esteban pasará por mí y quiero estar lista a tiempo. Me quito la ropa y la dejo en la silla en donde deje la chaqueta está tarde; ya después arreglare el desastre que tengo en mi habitación.
Voy al baño y me asombro por lo espacioso que es. Abro la ducha y el agua está a la temperatura perfecta. Entro y disfruto de la sensación del agua corriendo por todo mi cuerpo, liberándome del estrés. Me quedé unos minutos así, mimando mi cuerpo y consintiéndome. La paz llega a su fin cuando el celular comienza a sonar y me veo obligada a salir de la ducha. Espero que no sea Esteban; sabe muy bien cuánto me molesta que me apresuren.
Al salir, el celular deja de sonar. Lo enciendo y veo que es una llamada de un número desconocido. Es extraño; ninguno de mis amigos aquí en Venezuela tienen mi número. Lo bloqueo.
Abro la maleta y sacó un vestido suelto de flores color rojo, que combinó con unas sandalias bajas de color n***o. Me visto y empiezo a arreglarme el cabello; elijo un moño alto con ondas en las puntas. Miro mi reflejo en el espejo y no puedo creer cómo he cambiado a lo largo de estos años. Mi cabello está más largo de lo que alguna vez lo tuve, mi cuerpo cambió a causa del embarazo; mis caderas están más anchas y mis senos, que nunca fueron grandes, subieron una talla más. Soy una mujer que ha tenido que madurar con el tiempo, pero estoy orgullosa de lo que soy.
Tocan la puerta. Pinto mis labios y agarro mi cartera. Al abrir, mi amigo me mira, en silencio.
—¿Tengo algo en la cara?
—No, solo que estás hermosa hoy —acaricia mi mejilla—. Me vuelves loco, Amber.
—Por favor, no me hagas esto.
—Haré lo que esté en mis manos para que me permitas hacerte feliz.
No digo nada al respecto. Cierro la puerta de mi habitación y entramos al ascensor; las puertas se cierran y el silencio se hace presente. Mi mirada quedó fija en la puerta del ascensor, esperando que se abra para salir de este momento tan incómodo tras esa declaración. La puerta finalmente se abre y salimos. Él toma mi mano y me detengo.
—No me tortures con tu silencio.
—Lo siento.
—Que mis sentimientos no sean un impedimento para que estemos bien. Si te parece, mantendré mi límite en cuanto a lo que siento. ¿Te parece? —asiento—. Bueno, preciosa, disfrutaremos de esta noche.
Y, como por arte de magia, la tensión se disipa y salimos del hotel. Decidimos caminar por algunos lugares que ya conocía, ya que los visité en algún momento con mis amigos y familia.
Una familia que me arruinó, dejándome sin nada. Una familia que logró destruir por completo el amor que sentía por ellos. Una familia a la que no le importo mi dolor.
Una familia que iba a pagar por todo lo que me habían hecho. No tendría piedad de ninguno, como jamás ellos lo tuvieron conmigo.
Las horas pasaron y decidimos regresar al hotel. Al entrar, mi cuerpo se detiene ante la sorpresa.
—¿Qué sucede?
—Camina rápido, mi hermana está aquí —Nos escondemos detrás de una puerta.
—¿Dónde está?
Señalo y notó como su expresión cambia.
—¿Es ella?
—Sí.
Mi hermana no está sola; está con un hombre que no deja de besar su cuello y abrazarla. Ella ríe, y yo me sorprendo ante lo que estoy presenciando. ¿Qué hace aquí? ¿Dónde está Santiago? Esteban no dice nada; su mirada está fija en Rebeca. El hombre la toma de la cintura, y entre besos, entran al ascensor.
—Le llegó el karma a Santiago.
¿Es que estás metida, Rebeca?