Mi mente está en blanco; no logro asimilar lo que mis ojos ven. Rebeca no para de reír, al lado del hombre que no cesa de besarla, sin preocuparse de que mi hermana esté casada o de que algún paparazzi pueda fotografiarlos y arruinar su matrimonio por un desliz.
Ella le susurra algo al supervisor, y él le guiña un ojo. Eso me confirma que no es la primera vez que mi hermana está en este hotel. Abrazados, se dirigen hacia los ascensores. Esteban no aparta la vista de Rebeca.
Fijo mi mirada en Esteban y, al observar sus ojos, noto decepción, un sentimiento que me confunde, pero decidí dejarlo pasar. Le prometo que hablaremos más tarde y me dirijo a mi habitación. Algo está sucediendo con Rebeca y descubriré qué es. Abro la puerta de mi habitación y entró. Enciendo las luces y dejo mi teléfono sobre la mesita de noche. Me recuesto en la cama y cierro los ojos.
Los minutos pasaban, o tal vez, horas, pero quiero permanecer así toda una vida. No quiero pensar en mi venganza, no quiero sentirme vacía, sin sentido y sin fuerzas para decidir qué rumbo tomar, para sentirme bien conmigo misma. Odio en lo que me he convertido a causa de ellos, de las personas que debieron protegerme y que, a cambio, me lastimaron hasta dejarme sin nada. De repente, el celular suena, logrando que olvide el caos que reina en mi cabeza. Me levanto y lo reviso; es un mensaje de Esteban.
“Necesitamos hablar. Voy a tu habitación.”
Apagué el teléfono y lo dejé donde estaba.
Me visto con algo más adecuado para esperar a Esteban. Recogiendo mi cabello, me siento en la cama; la espera me provoca a morderme las uñas, una maña que tengo desde niña. De pronto, tocan la puerta y me levanto. Al abrir, me besa la frente antes de entrar.
—¿Qué pasa?
Sin decirme una sola palabra, me entregó el sobre y lo miro, sin entender.
—Ábrelo.
Rasgo el sobre y saco unas fotos. En una de ellas está mi hermana con su amante. Miro de nuevo a Esteban.
—He ordenado a los guardaespaldas que estén al tanto de ellos —sus ojos no se apartan de los míos—. Les tomaron fotografías al ingresar a su habitación del hotel —Toma lugar a mi lado—. Es momento de hacerlos pagar y por eso he decidido enviarle estas fotos a Santiago. Solo quería que supieras lo que voy a hacer.
—No creo que…
Guardo silencio y fijo la mirada en las fotos que están en mi regazo.
—Tienes que tener claro el motivo por el que regresamos a Venezuela, Amber —Afirma, sin una pizca de aquel hombre dulce que siempre está a mi lado—. Merecen pagar cada lágrima que derramaste por ellos. No te olvides lo que viviste.
Sus palabras son una puñalada en mi corazón herido. Cada engaño, cada lágrima resurgen en mi memoria. Dejo el sentimentalismo de lado y saco a relucir la mujer fuerte que soy.
—Hazlo.
Esteban roza mis mejillas con una ternura que me desarma por completo. Sus ojos brillan y, de repente, siento un rechazo que me impulsa a alejarlo.
—Será mejor que me retire —dice mientras besa mi mejilla—. Descansa.
La puerta se cierra y me encuentro nuevamente en mi soledad. Coloco mis manos en la cintura y pienso en la reacción que tendrá Santiago al ver las fotos de mi hermana junto a otro hombre. La vena de lastimarlo, de la misma manera que él lo hizo conmigo al meterse con Rebeca, palpita en mí. Sin embargo, mi lado racional, el que aún se preocupa por los demás, me hace saber que lo que hice está mal. Alejo de mi mente esos pensamientos de autocompasión hacia ellos y no me permito bajar la guardia, ni mucho menos sentir lástima.
Salgo al balcón para calmar mis pensamientos y evitar que me dominen. Las luces de la ciudad me sacan una sonrisa al recordar cuánto había deseado regresar a Venezuela y cómo no pude hacerlo por miedo y por todo lo que estaba pasando en mi vida en ese momento. Me siento tan vacía, tan sola y triste, que no logro entender cómo es que he llegado a este punto. El rencor que siento hacia mi padre me llevo a regresar y buscar venganza por lo que me hizo.
Si mi madre estuviera con nosotros, jamás habría dejado que mi padre hiciera esta aberración conmigo. Era una fuerte y decidida, hasta que mi padre acabó con todo eso; la hizo sumisa y dependiente de él, hasta que un día, salió de casa y nunca regresó. Desde ese momento, mi padre habla de mi madre como si hubiera muerto, algo que jamás sucedió. Vuelvo a mi habitación, me meto en la cama y abrazo la almohada, imaginando que es mi Axael quien está a mi lado.
***
Olvidé cerrar las cortinas anoche, y no me sorprende cuando el sol de esta mañana se cuela por toda mi habitación, iluminándolo todo. Me estiró bajo las sábanas y abro los ojos con pesadez, arrastrando el sueño que aún tengo. Quito las sábanas de mi cuerpo y salgo de la cama de muy mal humor. Mientras camino hacia el baño, me restriego los ojos y me lastimo con el anillo que tengo en mi dedo anular. Este día no puede ser peor.
Entro al baño y al verme en el espejo, me sorprendo de lo mal que me veo esta mañana. Abro el grifo y lavo mi rostro, intentando reducir la hinchazón de mis ojos y disimular las ojeras. Cepillo mis dientes y me enjuago la boca.
Salgo con la toalla del baño en el hombro y la dejo en la cama. Elijo para hoy un mono y una camisa manga corta; me pongo las gomas para después maquillarme y bajar a desayunar. Esteban me espera en el restaurante del hotel, así que me apresuro para no hacerlo esperar demasiado. Me aplico un poco de brillo en los labios y salgo de mi habitación.
El restaurante hoy está lleno, mucho más que los días anteriores que hemos venido a desayunar. Busco a Esteban y se me hace difícil encontrarlo entre tanta gente. Él nota mi presencia primero y alza la mano para llamar mi atención. Sonrió y me acerco a nuestra mesa. Al llegar, me doy cuenta de que no está solo; una mujer de mi edad, si no me equivoco, está a su lado.
Esteban se levanta y me besa la mejilla, luego me presenta a su amiga. Creo haberla visto en algún lugar.
—Oh —su voz es dulce y se sorprende al verme—. Qué gusto verte de nuevo, Amber.
Un clip resuena en mi mente y entonces recuerdo, es Adam.
Esteban nos observa con curiosidad.
—¿Se conocen? —su pregunta provoca que Adam se ría.
—Sí —responde ella—. Tuvimos un pequeño accidente.
—¿Y ustedes? —Los señalo a ambos.
—Adam es la hermana de un amigo de hace años. Están aquí de vacaciones con su familia.
—Mmm —jalo la silla y me siento—. ¿Te quedas a desayunar con nosotros, Adam?
—No puedo, pero gracias —responde mirando a mi amigo; notó un rubor en sus mejillas—. Un gusto verte de nuevo, espero que podamos coincidir más a menudo.
—Claro.
Y, como toda una damisela enamorada, nos deja solos.
—Le gustas.
—Estás imaginando cosas donde no las hay —bebo de mi café, mientras me río—. Es la hermana pequeña de Román.
—Es una mujer hermosa.
—La única que quiero en mi vida y en mi cama es a ti.
Sonríe con suficiencia y yo simplemente ruedo los ojos.
Me comenta que ya Sebastián ha recibido las fotos. Un peso se formó en mi estómago y apartó la ensalada que estaba comiendo.
Terminamos de desayunar y decidimos salir a caminar. Visitamos varias tiendas y, al ver una cadena de oro con la inicial de Axael en el mostrador, supe de inmediato que era para él.
—¿Cómo crees que reaccionará tu hijo al verte?
—No lo sé —dirijo mi mirada a los padres con sus hijos y me preguntó si Sebastián amara al hijo que salió de mi amor por él—. Su rechazo me hundirá más de lo que estoy. Sé que tiene a su alrededor personas que jamás le hablarán bien de mí.
—Estoy seguro de que te amará desde el primer instante que te vea. Tienes ese efecto en los hombres.
—Voy a confiar en tu palabra.
Suspira y mete sus manos en los bolsillos de su pantalón.
—El lunes tenemos una cena benéfica para ayudar a los niños con cáncer que no cuentan con apoyo económico —asiento, bebiendo un sorbo de mi refresco—. Tu padre y Santiago estarán esa noche —me detengo—. Prepárate, es hora de enfrentar a tu familia, Amber.
Trato de disimular ante Esteban la presión que ejercen sus palabras sobre mí. No quiero ni imaginarme la reacción que tendrá mi padre al verme de nuevo. Por otra parte, no dejo que esto me afecte..
Decidimos regresar al hotel. Me despido de él en el vestíbulo, ya que tiene una reunión por videollamada con unos socios de Inglaterra. Aunque me ofreció quedarme con él, le dije que no. Entro en mi habitación, dejo mi bolso en la mesita y me dejó caer en la cama. Agarro la laptop y me la siento en el regazo. Abro Google y busco el nombre de Santiago; me aparecen muchos resultados sobre él, junto a Rebeca y nuestro hijo.
Santiago siempre ha sido un hombre guapo, pero a lo largo de los años ha adquirido un atractivo irresistible que despierta el deseo culposo de varias mujeres. Se ha dejado crecer la barba, luciendo más sexy y caliente. Me quejo y cierro la página, molesta conmigo misma. Aunque no está presente, su recuerdo hace que mi cuerpo anhelé, una vez más, estar en sus brazos. Necesito sacar a este hombre de mi corazón y olvidarme de lo que provoca en mí.
Con la mente hecha un lío por culpa de Santiago, agarro mi chaqueta y salgo de mi habitación. Mientras camino hacia la salida, miro a los lados, intentando no encontrarme con Esteban. Lo conozco y sé que va a insistir en que vaya con mi guardaespaldas, pero hoy no quiero a nadie a mi lado.
Cierro bien mi chaqueta y voy al parque, un lugar tranquilo para pensar con más claridad. Encuentro a varios padres con sus hijos y siento una profunda tristeza al no tener a Axael conmigo. Me siento en una banca que está junto a la fuente de agua y miro todo a mi alrededor. Algo capta mi atención y fijo mi vista en una espalda ancha; el hombre está arrodillado a la altura de un niño que no para de reír. ¡Es Axael! ¡Es mi hijo!
Santiago se levanta y toma a nuestro hijo en brazos.
—¿Papi, me compras un helado? —Mis ojos se humedecen al escuchar la voz de mi hijo; es hermosa.
—Claro que sí, campeón.
Besa su frente y se alejan. Siento que mi corazón se quiebra en mil pedazos; estuve tan cerca de mi bebe, de tocar su carita, de abrazarlo y decirle cuando lo amo. Limpio mis lágrimas y regreso al hotel. Necesito a Esteban, quiero que me diga una vez más que todo estará bien. Unos brazos me rodean y sé que es él.
Se aleja para secar mis lágrimas.
—¿Qué ocurrió?
—Lo vi, Esteban.
—¿A quién?
—A mi hijo. Vi a Axael en el parque, con Santiago.
—Mi reina —me envuelve nuevamente en sus brazos—. Pronto estará a tu lado, no llores.