Santiago
Estoy cansado de Rebeca. La manera en que busca manipularme sin darse cuenta del daño que nos está causando no solo a mí, sino a Axael.
No es algo que me sorprenda de ella. Desde hace un año ha tenido episodios de nervios y, aunque busca la manera de ayudarla, no me lo permite. Solo desea algo y es tenerme a su lado, algo que no puedo permitirle tener más. He hablado con su padre al respecto, pero su única respuesta es: Mi hija está bien. No es cierto, pero siempre me lleva la contraria cuando se trata de Rebeca. Necesita ayuda, o si no, su estado de salud empeora.
El médico de la familia la está atendiendo. Quería entrar con él, pero no me lo permitió. Estoy sentada con la cabeza baja en espera de noticias de Rebeca, escuchó unos pasos y levantó la vista, es David. Me levanto y, cuando estoy por decirle que no quiero discutir, su puño se estrella en mi mejilla.
—¡Mi hija está así por tu culpa! —Sus ojos ardían de la rabia—. No eres capaz de mantener a tu esposa bien. Ruega a Dios que salga de esto, o si no, vas a conocerme, Santiago.
—Tus amenazas te las puedes tragar —me acerco—. Por otra parte, no vuelvas a ponerme un dedo encima, David. Porque te devolveré de la peor manera tus amenazas, no te olvides de quién soy hijo.
—¿Cómo te atreves…?
—En este momento la prioridad es Rebeca y su problema con el alcohol.
—¡No tiene nada! —contestó con sequedad—. Solo está triste porque su marido, en vez de estar pendiente de ella, se sigue lamentando por una muerta.
—Está viva.
—Si es así —se mofa—. Debe estar revolcándose, sabrá Dios con quién y tú aquí, lamentándote como un desgraciado.
Su asquerosa boca no va a nombrar a Amber. Jamás. Lo tomó del cuello apretando con fuerza.
—Última vez que hablas de Amber de esa manera.
—Suéltame —dice, tratando de respirar.
Lo hago y se lleva sus manos al cuello.
El terror se manifiesta en su cara y se aleja. Jamás volveré a dejarme humillar por David. Desde que supo de mi relación con Amber estando con Rebeca, he soportado todo tipo de humillaciones.
La puerta de la habitación en dónde está Rebeca se abre y sale el doctor con dos enfermeras.
—¿Familiares de la señora Rebeca Gómez? —me acercó, al igual que David.
—Es mi esposa. ¿Cómo está?
—Fuera de peligro. Estará en observación esta noche, y depende como amanezca, el día de mañana será dada de alta.
—Gracias, Doctor.
Me da la mano y nos deja solos.
David me da una última mirada y se va. No me sorprende, aunque se la quiera dar de digno, no sirve como padre y jamás le ha interesado la situación de su hija..
Le envío un mensaje a mi padre para que se quede esta noche con Axael. Aunque la situación entre Rebeca y yo está dependiendo de un hilo, no voy a dejarla sola. No espero una respuesta de el, guardo mi teléfono y entró a su habitación. Está acostada, sus labios están pálidos y respira lento, como si fuera un sacrificio que le costará hacer.
Me siento en el mueble y me quedo rato observándola. Sé qué gran parte del porqué está así, es mi culpa. Jamás debí engañarla de la manera como lo hice, no lo merecía. Me quiere y tuvo la valentía de cuidar al hijo que tuve con su hermana sin quejas. Me acomodo en el mueble y cierro los ojos quedándome dormido.
****
Siento una mano, rozarme los labios y abro los ojos. Rebeca está de rodillas y me mira con tristeza. Me levanté y la ayudé a ella.
—No debiste bajar de la cama.
Busca mi mirada con insistencia. La puerta se abre dejando pasar a la enfermera que está a cargo.
—Buenos días —nos sonríe—. Al parecer, la paciente de hoy ya nos quiere dejar. ¿Cómo te sientes, querida?
—Estoy bien —murmura.
—Me alegro mucho —palmea el hombro de Rebeca a modo cariñoso—. La vida es demasiado bella para querer no estar en ella. —Mirar a Rebeca luchar contra las lágrimas que querían escapar me hizo tragar fuerte—. Cuál sea el problema, todo tiene solución.
La enfermera la ayuda a vestirse para poder irnos a casa. La sienta en la silla de ruedas que mandaron a buscar y salimos de la habitación. Rebeca va cabizbaja y sin decir una sola palabra. El chofer nos espera afuera.
Ayudó a Rebeca a subir al auto. Entro y me acomodo, tomando una distancia prudente con ella. El chófer arranca el auto y nos sumergimos en un silencio incómodo durante el viaje de regreso a casa.
Relajo los músculos y finjo que estoy ocupado con mi teléfono. Pero la razón es que no quiero hablar con ella. Estoy indignado en la manera como quiere solucionar nuestros problemas, me dolió ver cómo se lastimaba por mi causa, pero lo que más me enfureció fue que lo hiciera delante de mi hijo. Axael la respeta y la ama, es una segunda madre para él y no le importo causar ese daño.
El auto se detiene y miro por la ventanilla, hemos llegado. El chófer abre la puerta y ayuda a Rebeca a salir del auto. El ama de llaves viene corriendo hacia nosotros.
—Necesitamos hablar —dice—. Por favor.
—Luego —Miro a Martha—. Llévale a su habitación y ordena que le preparen algo para que coma.
La mano de Rebeca sujeta fuerte mi camisa. Su mirada no se aparta de la mía.
—¿Rebeca?
—Por favor.
Quito sus manos y su expresión se llenó de rabia.
Sin decir más nada, se retira de mi presencia con Martha a su lado. No logro entender en qué momento Rebeca se convirtió en esta mujer llena de odio. Esta casa se ha convertido en un infierno para esta familia.
Subo las escaleras y voy a la habitación de mi hijo. Miro el reloj que está colgado en la pared del pasillo y son las ocho de la mañana, todavía es temprano, así que lo dejaré dormir un poco, además, hoy no tiene colegio. Entró a su cuarto y la cierro con cuidado para no despertarlo, me dejó llevar por la lámpara que está al lado de su cama, que me alumbra para llegar a dónde está y acostarme a su lado. Acaricio su mejilla y beso su frente, desearía volver el tiempo y darle esa familia que merece. Rebeca lo ha amado como un hijo, pero no es su madre.
El sueño me vence y me quedo dormido junto a Axael.
****
Trato de moverme y no puedo. Al abrir los ojos, mi hijo está agarrado de mi cintura, sonrió y retiro de su rostro el pelo, ya lo tiene largo. Retiro sus brazos y salgo de la cama, me estiró para aliviar el dolor de espalda que me ocasionó el dormir en muy mala posición.
Salgo de la habitación para alistarme para el trabajo. Son las 10 de la mañana, hoy tengo algunas reuniones y varias entrevistas. Abro la puerta de mi habitación y me encuentro con Rebeca sentada en la cama cruzada de brazos. Esta mujer debería estar en reposo, no aquí, atormentándome la vida.
—Necesito hablar de lo que sucedió ayer, Santiago.
—Es muy temprano para una discusión.
—Sebastian…
—Estoy retrasado, no quiero hablar del tema —gruño como respuesta.
Baja la mirada y sale de mi habitación. Entro al baño y me quito la ropa, me enjuago la boca y lavo mi cara, estoy agotado, necesito una extensa sección de sueño de una semana. Me alisté, agarro mi maleta para ir a la empresa.
Al bajar la escalera, escucho risas en la sala, me acerco y están mi padre y Rebeca, los ignoro y salgo de la casa. Decido irme en mi auto. El chofer me abrió la puerta y entró. Salgo a toda velocidad mientras me pongo mis lentes y bajo la ventanilla.
El viento hace mover mi pelo y paso mi mano por él para apartarlo de mis ojos. Un recuerdo llegó a mi mente, sonrió al recordarlo. Amber odiaba mi pelo de esta manera, me decía que me veía más guapo y que eso causaba en ella celos. Desearía con todas mis fuerzas que estuviera conmigo. Llegó a la empresa justo en la hora y bajo del auto, le doy las llaves al de seguridad mientras palmeo su hombro a modo de saludo.
Susy, mi secretaria, me entrega los papeles requeridos para la reunión y camino a la sala de junta donde me esperan. Saludos a todos y me siento, el tiempo se nos va en hablar de los cambios que éramos en los hoteles que están dentro y fuera del país. Somos una cadena hotelera de gran prestigio y siempre quiero mejorar para nuestra clientela. Los famosos, cantantes y modelos son parte de ellos. Terminamos luego de media hora tratando de ponernos de acuerdo, todos salen y le ordenó a Susy que mandé a comprar mi almuerzo a mi restaurante favorito. Cuando sale, llamo a mi hijo para saber cómo está y cerciorarme de que Rebeca no haga otra de las suyas delante de Axael. Me cuenta todo, a sus seis años es como un loro, como siempre, terminamos hablando de su madre. No sé cómo, pero hemos llegado a tenerlo como una rutina.
Nos despedimos y le prometo que le llevaré helado de chocolate. Hasta en eso es igual a su madre. La secretaria llega con mi almuerzo, lo deja en mi mesa junto al agua y se retira. Tengo poco apetito, pero trato de comer la mayor parte de la comida. Cuando terminó, dejó a un lado lo que dejé y me levanté. Salgo y me despido de Susy indicando una vez más su hora de salida. Siempre se queda hasta tarde para adelantar trabajo y tenerme todo en orden. Aunque le he dicho que no haga eso, no me hace caso.
Al salir, miro al cielo y está nublado, debo llegar a casa antes que comience a llover. El de seguridad trae mi auto y me entrega las llaves, subo y salgo del estacionamiento. Miro a unos metros una farmacia. Cuando estoy cerca, intento frenar y no pasa nada, lo intento una vez más y nada. ¡Qué carajo está pasando! Maniobro el volante y termino estrellandome con un árbol; pierdo el conocimiento al instante.
****
La luz de la habitación me hace doler la cabeza. Tengo un yerco en mi mano izquierda. Cuando intento bajar de la camilla, una mano me detiene.
—Será mejor que vuelva a su lugar, Señor.
Una mujer alta, con cara de pocos amigos, me hace acostarme de nuevo.
—¿Qué me pasó?
—Tuvo un accidente —dice.
—¿Un accidente?
Y los recuerdos llegan a mi mente.
—Será dado de alta en unos minutos. Debe dar gracias a Dios por estar vivo.
¿Cómo es posible que a mi auto no le funcionaron los frenos? Solo mi chófer y mi mecánico de años tienen acceso a los autos. Alguien está intentando asesinarme, estoy en peligro, al igual que mi familia.