Santiago
El Doctor me programó una cita para dentro de una semana, con el fin de asegurarse de que no hubo ninguna gravedad en mi cuerpo a causa del accidente. Me entregó el recipiente y salió de la habitación. Agarré la chaqueta que estaba en la silla y guardé mi cartera en el pantalón. Juan, mi guardaespaldas de confianza, y mi abogado están en la comisaría. Ernesto insistió que me fuera a mi casa a descansar, y él se encargaría de todo el problema. Salgo de la clínica; el chófer me está esperando, me saluda y abre la puerta para que entre.
Desabrocho mi chaqueta y me acomodo. Me duele el cuerpo, y mi mente no deja de pensar en lo ocurrido. Nunca he tenido problemas, ni siquiera inconvenientes, y verme en esta situación me hace preocuparme por Axael y Rebeca.
El tráfico hoy en Caracas está colapsado, lo que hace que nos atrasemos para llegar a casa.
—¿Rodrigo?
—Sí, señor.
—¿Alguien, aparte de ti, utilizo mi auto está mañana?
—No, señor, sabe que siempre he sido cuidadoso con que nadie tenga acceso a sus autos. —No tengo dudas de lo que dice; siempre ha sido fiel desde que empezó a trabajar para mí hace tres años— Está mañana lo revise, no entiendo cómo pudo sucederle eso.
—Yo tampoco.
El auto se sumerge en un silencio; después de todo lo que ha sucedido, desconfío incluso de mi propia sombra. El chófer decide coger otra ruta debido al tráfico, llegando más rápido de lo esperado.
Salgo del auto y cierro la puerta. La puerta de la casa se abre y aparece Rebeca, quien se lanza en mis brazos.
—¿Estás bien? —su pregunta me deja perplejo—. Me acabo de enterar de lo sucedido.
—Estoy bien —respondo con sequedad—. No debes preocuparte.
—Lo hago, soy tu esposa.
—Necesito ver a mi hijo —asiente y se aparta para dejarme pasar—. Por cierto —me detengo y la miro— Cuando salgas, hazlo con los guardaespaldas. La persona que quiere hacerme daño también puede llegar a ti, Rebeca.
Sus ojos brillan y besa mi mejilla.
—Está bien.
Ruedo los ojos y entro a la casa. Son las doce del mediodía y me duele hasta el cabello. Escucho la risa de mi hijo y camino a la sala; él me ve y se lanza en mis brazos. Me quejo y gruño por el dolor.
—¿Estás bien, papá? —sus manos tocan mi cara y me causa gracias la manera como busca algún indicio de daño.
—Claro que sí, hijo —lo abrazo; no me perdonaría que algo le pasara—. ¿Ya comiste?
—Si, Ángel y yo preparamos unas galletas. ¿Quieres probarlas? —Así le dice a Rebeca, Ángel.
—Claro que sí, campeón.
Lo bajo y él toma mi mano para llevarme a la cocina. Al llegar, varias sirvientas están limpiando el lugar; al vernos, dejan de hacer lo que estaban haciendo.
Axael se separa de mí y se acerca a Sara, su niñera. Le habla tan bajo que no alcanzo a escuchar lo que le está diciendo. La niñera, con una sonrisa, abre una taza que tiene un pañuelo encima y saca una galleta, que le entrega a mi hijo.
—Toma, papá —me dice Axael, ofreciéndome la galleta.
La tomó y le doy un mordisco, disfrutando de lo rica que están. No me sorprende; Rebeca es una excelente repostera. Lo que realmente me sorprende es que haya encontrado tiempo para Axael. Sus problemas con el alcohol lo han alejado de mi hijo y, después de lo que sucedió hace días, pensé que la conexión entre ellos se había roto. Sin embargo, al parecer, no es así.
—Están muy buenas, te felicito —dije, chocando mi puño con el de él, mientras él se ríe.
Lo dejo con la niñera y me dirijo a mi despacho. Necesito hacer unas llamadas para asegurarme que mi vida y la de mi familia no corran riesgo. La preocupación que siento en este momento no me dejará en paz si no consigo el responsable. He ordenado aumentar la seguridad de la casa e incluso he instalado cámaras en los alrededores.
Desde que salí del hospital, hay un nombré que ronda en mi mente: David. Es un hombre ambicioso que, desde que se enteró de mi relación con Amber, me ha dejado muy en claro que no me soporta. No me preocupa, porque también lo detesto. Me desagrada la forma en que intenta manipular a Rebeca para que haga lo que él desea. Sin embargo, tengo mis dudas; su empresa está en la cima gracias a mí y al dinero que he invertido en los últimos años. Por esa razón, poseo el 20% de las acciones, aunque trato de no involucrarme demasiado. Aunque estoy seguro que, a este paso, volverá a poner en quiebra la empresa. Sus negocios no son legales y le he dejado en claro que no volveré a ayudarlo si vuelve a caer en la misma situación. A pesar de su arrogancia y su amor por el dinero, no lo creo capaz de cometer una estupidez de tal magnitud.
Firmo unos papeles para entregárselo a Julián, mi guardaespaldas, para que los lleve a la oficina y se lo entregue a mi secretaria. No pienso salir de casa está semana; trabajaré desde aquí y poder estar cerca de Axael. Aunque el comportamiento de Rebeca hoy me ha dejado confundido, no puedo darle un voto de confianza. He intentado hablar con ella y hacerle entender que esa vida que está llevando no es la adecuada, pero parece que hablo con una pared. Es tan desgastante intentar, una y otra vez, llevar la fiesta en paz con ella; todo se convierte en peleas y discusiones que no nos lleva a ninguna parte.
La puerta se abre, dejando ver a la sirvienta con una bandeja en la mano.
—Señor —musitó mientras se aproxima a mi —. La señora me ha ordenado que le trajera algo para comer y las pastillas que le recetó el doctor.
No digo nada; ella deja todo en mi escritorio y se retira.
Ernesto me envía un mensaje para informarme que se ha abierto una averiguación para buscar el responsable de mi accidente. Mi auto estará varios días en la comisaría, hasta que el caso se resuelva y podamos agarrar al responsable. Me alivia saber eso; se que el dinero que tengo que dar para que el caso sea resuelto, será grande, pero no me importa. Lo que necesito es que mi familia esté protegida.
Mi hijo debe estar tomando su siesta, así que decido salir por unas copas con Raúl. Quiero despejar mi mente y una salida con un amigo de la infancia es la mejor opción. Le envío un mensaje para que nos veamos en el bar en diez minutos. Guardo la carpeta y miro por un momento lo que me envió Rebeca. Tomo dos galletas y salgo de mi despacho, encontrándome con ella.
—¿Vas a salir?
—Si.
—Está bien.
Me sonríe y noto en sus ojos que no está bien. Aunque quisiera quedarme y saber que es lo que le sucede, no lo hago. Rebeca jamás muestra sus sentimientos, y yo no estoy para adivinanzas. Así que, sin esperar más, salgo de la casa y subo al auto.
—¿Señor? —La voz de mi chófer me hace volver a la realidad.
—Dime.
—Jamás haría algo que lo dañara —En sus ojos veo sinceridad.
—Nunca llegué a pensar mal de ti. No te preocupes.
—Está bien.
Llegamos al bar y salgo, palmeo el hombro de mi chófer ofreciéndole una sonrisa de agradecimiento.
—Llevas conmigo años, se que jamás harías algo que me perjudique. Relájate, amigo.
Me sonríe. Entró al bar y busco a mi amigo por el local.
—Hasta que por fin te veo la cara, imbécil —me giro y ahí está.
—No soy ese tipo de hombre que está sin trabajar y que solo se dedica a estar en la cama de todas las mujeres de Caracas —sus carcajadas se escuchan en todo el lugar y me abraza.
—Eso fue demasiado cruel, Santiago.
—Pero no quita que sea verdad —nos separamos y agarro su rostro entre mis manos—. Deberías sentar cabeza, hermano.
Él me empuja y me río. Raul es un gran amigo de años, pero también el hombre más mujeriego que conozco; jamás se ha casado y se le pasa disfrutando la vida como si fuera un adolescente en plena crisis de rebeldía.
Nos sentamos, y el camarero nos trajo dos cervezas. Bebo la mía de un trago y amo la sensación que provoca en mi lengua.
—¿Qué tal las cosas con el demonio que tienes por mujer? Me enteré de que había tenido un accidente —ruedo los ojos; sabía que los chismes no cesarían.
—Ojala hubiera sido un accidente —deja la cerveza sobre la mesa—. Se hizo daño delante de Axael.
Mi amigo abre los ojos, y no me sorprende. Aunque jamás se han llevado bien, Raúl conoce a Rebeca y sabe que no es una mujer débil, que se deja llevar por momentos de vulnerabilidad.
—Esa mujer necesita estar internada.
—No se que hacer para hacerla entender que su actitud me desespera. Lo que más me preocupa es que mi hijo está viendo ese comportamiento a diario —le doy otro trago a mi cerveza—. Llega a casa borracha cada vez que le da la gana. Estoy harto de esta situación, amigo.
—No sabe cómo me apena verte así.
—Le he pedido el divorcio y se niega a dármelo.
—Intenta las veces que sea necesario para alejarla de ti y de Axael —se acerca y palmea mi mejilla—. No mereces este sufrimiento y lo sabes.
Raul me ha dejado claro en varias ocasiones que lo que sucedió con Amber no fue mi culpa, pero no me siento así. Le falle y no puedo dejar de recriminar por las cosas que debí hacer y no hice.
Ya tengo varias copas encima, pero no estoy borracho. Trato de evitar que Axael me vea así; no quiero darle un mal ejemplo. Me hizo bien venir a desahogarme con mi amigo, pero ya era hora de irme a casa. Me levanto y dejo la propina en la mesa.
—Gracias por escucharme.
—Sabes que siempre estaré para ti, San —responde.
Nos despedimos y salgo del bar. La noche me recibe con una suave brisa. El chófer abre la puerta del auto y subo. Me meto un caramelo de menta para aliviar el sabor de la cerveza que me quedo en el paladar. Cuando llegamos a casa, hay otro auto en la entrada que no reconozco. A medida que nos acercamos, observó a varias personas de servicio alrededor, intentando que la persona que está adentro salga. ¿Qué está pasando? El chófer estaciona el auto y salgo a toda prisa.
—¿Qué hacen a esta hora fuera de la casa? —todos voltean a mirarme.
—Señor, este jóven —señala al chico que está a su lado, que debe tener unos veinte años como mucho—. Trajo a la señora Rebeca.
—Perdón por aparecer de esta manera en su casa —se apresura a decir el joven—. La señorita no quería irse. Me tomé el atrevimiento de revisar su identificación para saber dónde vivía. No tenía a nadie que la trajera, pero no sale del auto —mira el reloj—. Tengo que irme a mi casa.
Pensé que está mierda con Rebeca se había acabado, pero veo que no. Estoy harto de sus estupideces y está vez no dejaré pasar lo que acaba de suceder. Me asomo al auto y está dormida, o al menos eso intento. La tomo del brazo y ella abrió los ojos.
—Amor —me jala hacia ella— Sabía que ibas a venir por mi.
—Sal del auto, Rebeca.
—Ven a buscarme y tómame en tus brazos, bebé —dice.
—¡Que salgas del auto! —le grito.
Sus ojos se llenan de miedo; se apresura a bajarse el vestido y sale. Miro a mi alrededor y todos captan la indirecta, se retiran y nos dejan solos.
—Estoy harto de ti y tener que soportar que no te importe llegar en este estado a la casa —baja la mirada—. No, mírame, por una vez en la vida acepta tus errores.
—Lo siento.
—Nada de lo que digas importa.
—¿Sebastián?
—Entra a la casa, Rebeca —le ordeno—. Mañana hablaremos.
Sin quejas, lo hace. Levanto la mirada al cielo y ruego en silencio a Dios que está pesadilla, que yo mismo he provocado por no tomar las decisiones adecuadas, termine pronto. Luego de unos minutos, cuándo toda la rabia ha disminuido un poco entro a la casa. Subo las escaleras y me dirijo a mi habitación. Me desvisto y me meto a la cama, solo con el boxer puesto. Amber llega a mi mente; me preguntó dónde estará, qué estará haciendo y si nos extraña. Porque yo la extraño como un loco, y me desespera no saber nada de ella.
Solo espero que, donde quiera que esté, me perdone por todo el daño que le cause.