Después de luchar con mi hija menor, ya las tres estamos listas para empezar el día, así que salgo corriendo a dejarlas en su escuela, pero antes…
—Abuela, gracias por el desayuno, ya nos vamos, la bendición. —le expreso.
Ella se acerca y nos da la bendición.
—Algún día, cariño, vas a descansar, y podrás disfrutar de todo lo que has logrado —me dice todo eso mientras acuna mi rostro.
—Eso espero —le doy un beso. —Oh, antes que lo olvide, deje el dinero para Salomón en la mesa del comedor; por favor, dile que si esta vez no arregla bien el fregadero, le diré a su esposa con quién lo vi tomando unas cervezas.
Mi abuela niega con la cabeza, mientras ríe.
Salgo de la casa; las niñas ya están sentadas en el carro, así que nos dirigimos a nuestros compromisos.
Tengo treinta años; contra todo pronóstico pude ir a la universidad, estudié lo que amo desde pequeña: elaborar productos cosméticos. Entrar a la universidad en realidad no fue complicado; lo complicado fue mantenerme en los estudios a pesar de muchos contratiempos. Uno de ellos fue mi profesor de química; era un apuesto hombre de tez morena. Siempre me pareció al Jamie Foxx de los 2000; eso no fue lo único que me atrajo; él siempre me trató de manera cariñosa, así que dejé que me sedujera.
Duramos un tiempo con nuestra relación; incluso él me ayudó con los trámites de la custodia de Sol. Todo parecía perfecto entre los dos, yo soñaba con ser su esposa hasta que, recién cumplidos mis veinte años, salí embarazada.
Cuando lo supe, fui corriendo hacia su oficina a contarle lo que creí yo, que lo haría feliz; sin embargo, me llevé una gran sorpresa: él no quería ser parte de la vida de nuestro hijo. Recuerdo verlo, hacer un cheque y darme la dirección de una clínica para que abortara; no lo pensé mucho, solo lo tomé para luego romperlo, tuve que salir de ahí, no podía con tener la rabia.
Luego de ese día me enteré de que se iba a casar con la hija del rector de la universidad. Era un cobarde; se atrevió a lanzarme amenazas; recuerdo decirme algo como: ‘Si haces un escándalo por tu embarazo, haré que te boten de la universidad’, y no sé cuántas amenazas más.
Por suerte, no lo tuve que ver más hasta el día de mi graduación; para ese momento ya tenía a mi pequeña Luna, mi hermosa morena con los ojos cafés más bellos del mundo. Ese fue el único día que dejé que la viera.
Flashback
Ese día estaba desbordada de mucha ilusión por obtener el título que me costó mucho trabajo. Mi abuela, las niñas y yo salimos corriendo hacia el lugar donde sería la graduación. Cuando llegamos al salón, todo estaba decorado con un estilo muy elegante y festivo.
Dejé a la abuela con mi Sol de dos añitos y mi Luna de apenas nueve meses, y fui al asiento que me correspondía. Ya sentada, me tocó ver cómo él estaba entregando los títulos de manera muy sonriente y, a mi entender, hasta altanera, como si fuera dueño y señor de todo.
Cuando llega mi turno, con mi frente bien en alto camino hacia él, mientras que este reacciona de forma sorpresiva. ¿Acaso creyó que me iba a detener? Pues no, aquí estoy. Me entrega mi título y, antes de que diga algo…
—Gracias —es lo único que digo para luego alejarme sin darle tiempo a nada.
Cuando termina la ceremonia, se acerca donde estoy.
—Veo que lo lograste —lo dice con poca expresión en su rostro.
—Así es, no podría estar más agradecida contigo por esto —levanto la carpeta donde está mi título.
—Dahlia, yo…
Sus palabras son interrumpidas por mi abuela.
—Cariño, creo que la bebé tiene hambre. —Ella nos mira. —¿Todo está bien? —pregunta mi abuela.
—Sí lo está —le respondo con una sonrisa.
Veo cómo él observa a mi Luna; lo hace por unos segundos, luego mira hacia mi Sol. Él intenta decir algo, pero nada de lo que salga de su boca me interesa.
Diviso a lo lejos a quien considero que es su esposa.
—Profesor Morales, ya tenemos que irnos, y su esposa parece que lo busca. Adiós.
Esa fue la última vez que lo vi.
Fin del Flashback.
—Mami, pronto será el baile de padres e hijas.
La voz de Luna me saca de mis recuerdos.
—Lo sé, mi cielo, pero sabes que papá no está con nosotras —le explico. Ese es el momento donde maldigo: mis hijas no deberían pasar por la ausencia de un padre. —¿Qué tal si ese día vamos al cine y luego a comer pizza?
Propongo, mirándolas a través del retrovisor, y solo puedo ver cómo ríen de alegría; yo daría todo por verlas así de felices.
—También por helado, mamá —me dice mi Sol, quien no se queda atrás; será buena en los negocios.
—Está bien, pero duraremos unas cuantas semanas sin dulces ni harina; debemos equilibrar la balanza.
Las escucho quejarse, pero esta vez no saldrán con la de ellas.
Llegamos a su colegio, me despido llenándolas de besos.
Ahora voy camino al trabajo; no niego que voy un poco nerviosa por las decisiones que podría tomar el señor Davis. Es un hombre implacable en los negocios; no le tiembla el pulso para acabar con sus enemigos.
¿Recuerdan a Natural Cosmetic? ¿No? Hay una razón que tiene nombre y apellido: John Davis, esa empresa era su mayor competencia; cuando él sintió que lo estaban igualando, solo hizo lo que todo magnate haría: la compró para luego desaparecerla; no tembló para hacerlo.
Cosméticos Amber nunca ha competido con Davis&Sura; no tenemos la infraestructura ni el alcance, no habrá razón para desaparecernos, pero con estos tiburones de los negocios, quién sabe.
Dime, John, ¿qué clase de jefe serás tú?