Después de terminar con las gallinas, Madison invitó a Ethan a la cocina. El aroma del café recién hecho llenaba la cabaña, y en la mesa había pan tostado, mermelada casera y huevos que ella misma había recogido la tarde anterior. Ethan se sentó frente a ella, con esa postura recta de soldado que nunca lo abandonaba. Observaba todo con detalle: la madera desgastada de la mesa, las cortinas claras que dejaban entrar la luz, la sencillez del lugar. —Nunca desayuné en un sitio tan… —buscó las palabras, moviendo el café en la taza—. Hogareño. Madison sonrió mientras untaba mermelada en su pan. —Eso significa que has estado demasiado tiempo en lugares fríos y solitarios. —Estuve en lugares donde desayunar era un lujo —replicó él, serio, aunque después arqueó una ceja y añadió—. No me malin

