El sol apenas despuntaba cuando Ethan abrió los ojos. Esta vez había dormido mejor; el cansancio acumulado lo había vencido. Se levantó con el cuerpo algo adolorido, pero con la determinación de cumplir con las tareas que le habían encomendado. Se lavó la cara con agua fría en la palangana de la cabaña, se colocó una camisa sencilla y unos jeans gastados, y salió rumbo a la granja mientras el aire fresco de la mañana le despejaba los pensamientos. Al llegar, el aroma a heno fresco y el sonido de las vacas lo recibieron. El encargado ya lo esperaba, señalándole hacia el establo: —Hoy te toca ordeñar. No es difícil, pero hay que hacerlo con calma. Ethan asintió, algo nervioso. Se acercó a la primera vaca, un animal enorme de ojos tranquilos, y se acomodó en el banquito de madera. Al princ

