Las ocho y diez, marcaba el lujoso reloj que adornaba su muñeca, se fijó dando un soplido, para luego quejarse.
—Alirio, voy a llegar tarde, tienes idea de ¿cuándo fue la última vez que llegue tarde a la oficina? –increpó con una voz exaltada.
—No, Señorita, disculpe.
—¡Nunca Alirio! ¡Nunca he llegado tarde! –exaltó pagando su enojo con el chofer–. Necesito volver a manejar –se quejó con gruñido y volvió a tomar posición de descanso como señal de resignación, allí en la parte trasera de su camioneta, notoriamente incomoda.
Iban por la Quinta Avenida, una de las más congestionadas de Manhattan por la hora, y sí, el tamaño de la camioneta blindada le impedía realizar avances efectivos en medio del tráfico, hazañas a las que estaba acostumbrada hacer en su flamante deportivo BMW S8, para llegar siempre antes de las ocho de la mañana a la imponente Torre Carvajal.
Esta vez no lo pudo hacer, su vehículo estaba accidentado, y no es que no contara como reemplazarlo, cualquiera de sus tres vehículos deportivos de alta gama hubiese salido al ruedo, pero en esta ocasión era ella, como conductora, que no podía. Se había accidentado el día anterior, una repentina ceguera le generó un impase desagradable en la vía, tenía prohibido conducir por restricción médica.
Esta era la razón de su enojo.
La prominente empresaria, de veinticinco años de edad, hija del tercer hombre más rico del país y comprometida, con el también empresario Luis Valencia, se caracterizaba por ser una mujer audaz, independiente, implacable y triunfante en el mundo de los negocios, y ante cualquier reto que decidiera tomar; había recibido la mejor formación académica, y práctica empresarial de la mano de su padre León Carvajal, quien depositó en su hija menor la confianza para manejar la Corporación Carvajal.
Por fin llega a su Torre, renegando por los quince minutos de retraso, su día a día era muy complicado, siempre, estaba involucrada en varios proyectos a la vez dentro y fuera del país; el consorcio había crecido diez veces desde que se hizo cargo como CEO, siendo ella, según reportes especializados, la CEO más exitosa del país con menos de treinta años.
Su fama le era bien merecida, era impecable e implacable en los negocios, todo a costa de muchos sacrificios en su vida personal, pero con incontables logros en su vida profesional.
Su entrada triunfal a la Torre era un espectáculo para la vista de todos en su trayecto, era la mujer más hermosa y elegante, sin lugar a dudas, que se pudiese ver allí día tras día.
En su recorrido, iba con pasos firmes, elegante, mirada altiva y siempre vestida exquisitamente por diseñador; vestía de Armani, en tonalidades grisáceos y n***o que resaltaban sus hermosas y perfectas curvas, su brillante piel y glamoroso cabello rubio, el cual caía ondulado y estilizado sobre su espalda al caminar, con la combinación exacta de accesorios que, acompañados con la más exquisita fragancia, dejaba envilecido a cualquier mortal que tuviese el placer de encontrase en las cercanías, de la estela que dejaba su presencia al pasar, como toda una diosa griega o con tan solo al cruzarse en la línea de su visión, la de aquellos ojos azules desbordantes siempre de inspiraciones celestiales, cuando su mirada era libre sin pretensión alguna.
Sube el ascensor privado, allí estaba su asistente personal, Andrea Lewis. Con la agenda del día y de infusión mate, para aquel recorrido de los setenta pisos para llegar a su oficina.
—Buenos días Valentina. –saluda y le entrega su bebida como siempre.
—Gracias Andy –sonríe–, necesito, no, me urge que el Doctor Hamilton me levante la restricción de manejar. Trata de que adelante mi cita para hoy. –ordenó.
—Valentina, hoy la agenda es imposible moverla y más con este atraso. –indica.
—Por eso mismo –resaltó–, necesito verlo hoy, he perdido veinte minutos de mi día Andy, que me mande a tomar lo que sea, pero que me deje tomar las riendas de mi vehículo. –puntualizó.
—Perfecto, haré magia. –se comprometió y en ese instante llegaron a su piso destino.
Caminaron por el pasillo hasta la oficina, mientras iban repasando tópicos de la agenda del día. Valentina Carvajal, nunca saludaba a ninguno de sus empleados en su trayecto, si es que alguien osaba hacerlo, todos huían de caer en su mirada, aunque fuesen los sus hermosos ojos de tonalidad azul, casi que celestial, tenían un poder de intimidación inexplicable, nadie le sostenía la mirada por muchos segundos sin sentirse desprotegido.
Ya en su oficina, encuentra un ramo de lirios, sus preferidos, adornando su fastuoso ambiente, una moderna y enorme oficina con ventanales de una sola pieza, muy amplios que dejaban ver una imponen ciudad de New York, en un paisaje compuesto por el emblemático Empire State, cercano a la Torre Carvajal.
—¿Se me ha olvidado hoy algo con Lucho? –preguntó alarmada, al admirar y apreciar el detalle de su arreglo.
— No, ninguna fecha en particular. –responde Andy revisando en su agenda, era de suma importancia mantener al día todos y cada uno de los eventos personales de su jefa, era una regla de oro, desde que se le olvidó felicitar a su Madre, Lucía, el día de su cumpleaños el año pasado.
—Bueno –dijo sin más y caminó hasta su escritorio, para sentarse en su silla–, estaré lista en diez minutos para reunirme con los inversionistas mexicanos, espero que desistan de hacerme ir a México –se quejó.
—Lo dudo Valentina, ya enviaron tu itinerario de vuelo, en una semana estarás allá. –confirma su asistente.
—México, México, bueno ni modo –suspiró–. Andy buscarme la cita con el doctor. –ordenó aferrándose ligeramente a su escritorio.
—No hace falta, estoy recibiendo mensaje de Karla –secretaria de Andy–, llamarón para confirmar cita a las 11a.m., lo cual puedo manejar para librarte hasta las 12m., y luego almuerces con el gerente de Miami. –indicó profesionalmente.
—Perfecto. –suspiró, esta vez aliviada.
—¿Quieres que te acompañe o que le avise a la Señora Lucia? –inquirió su asistente, sin apartar nunca la mirada a su iPad.
—Vamos…, Andy, no soy ninguna niña, lo parezco, pero no. –bromeó y rieron las dos.
—Bueno, iré a finiquitar detalles en la sala de juntas. Te espero en cinco minutos. –detalla su asistente, sonríe y se retira.
Valentina aprovecha el momento en el que está sola para tumbarse en su silla presidencial. Otra vez su visión se nubló y la bebida de su mate le hizo doler la cabeza. Respiro profundo y consiguió volver a la normalidad, esos episodios eran fugaces; se calmó y atormentó por pensar en tener que usar lentes correctivos.
A la consulta médica Valentina llegó puntual, como era su costumbre.
Decidió escuchar atención cuando le dijeron “…es más serio de lo que esperábamos…”
Después de una exposición larga de términos, Valentina se enteró de su situación. Hizo calmadamente las preguntas requeridas, escudriñó todo lo que le pareció pertinente y controló sus emociones.
Estaba entrenada para ello, aunque pareciera imposible, siempre trabajó bajo mucha presión, cada firma que realizara, cada correo enviado o cualquier palabra dicha en una llamada representaba para ella un riesgo de perder millones de dólares, porque las decisiones y responsabilidades que tomaba a diario, desde que tiene veintidós años, la conllevaron a ello, inevitablemente al autocontrol, el manejo de crisis y sobre todo al procesamiento de información inmediata para analizar y evaluar escenarios en cuestión de segundos.
Era una máquina, en sentido figurado. Lo estaba demostrando.
—Valentina, todos los detalles están en el sobre –lo señaló su Doctor–, y te voy a enviar indicaciones a tu correo personal como me lo has pedido. –enfatizó.
Valentina bajó su mirada hacia el sobre y puede sopesar la cantidad de información que le contiene. Pensó en tomarse la tarde libre para leer.
—Bueno Valentina, mañana iniciaremos todo, entonces dependiendo de ello volverás a manejar sin problemas. Estoy seguro no te preocupes. –fue enfático y luego se paró, para rodear su escritorio y sentarse en la silla al lado de Valentina, observándola esperó respuesta de ella, estuvieron en silencio durante un par de minutos.
—Doc, no sé qué esperas que diga –dijo serenamente–, confío en lo que me has dicho y no podré procesar ninguna respuesta hasta que tú inicies y me des certeza. Este es tu campo, no el mío, y me gusta manejarme sobre certidumbre, así que no esperes otra reacción –levanta su mirada y se queda mirándolo fijamente, la cual el doctor resistió unos segundos–, por ahora. –concluyó, se incorporó, y el doctor la emuló, en su cara había asombro, estrecharon sus manos.
—Mañana estaré aquí puntual. Y le agradezco toda su discreción. –Apretó su mano.
El Doctor entendió que por más que insistiera todo iba a ser como ella lo dispusiera, conoce a la familia Carvajal desde hace mucho tiempo y siempre fue admirador del temple de la menor de los Carvajal, y el destino se lo estaba confirmando su teoría.