Chicago, Estados Unidos. Ancel. La verdad es que a veces me sorprende lo perturbador y siniestro que es su creatividad cuando tortura. Esa oscuridad que emerge desde su alma es interesante aunque un poco espeluznante. Toda la habitación se encuentra rodeada de hombres colgados sobre la pared, como si fueran cuadros. En sus manos tienen incrustados clavos que estoy seguro que fueron atornillados con un taladro; algunos tienen sus intestinos hacia afuera mientras agonizan, otros no tienen ojos. Es una escena perturbadora. Rea ahoga un jadeo cuando observa. —Me resulta atrayente como representa cada cuadro. —murmuró De Santis curioso y asqueado. —Es algo leve—le hago saber. —. Es más repugnante y atroz, sólo que no tiene tiempo. Oliver se acerca cubierto de sangre, su sonrisa es

