Esa noche, después de un largo día en Mars Enterprises, me encontré caminando sola hacia el estacionamiento subterráneo. Las luces fluorescentes parpadeaban débilmente, y el eco de mis pasos rompía el silencio del lugar. Estaba exhausta, pero mi mente no paraba de reproducir cada interacción con Alonso.
Justo cuando intentaba abrir la puerta de mi coche, supe que las había olvidado en mi escritorio; una voz profunda resonó detrás de mí.
—¿Pasa algo?
Era Alonso.
Di un respingo, sorprendida. No lo había oído acercarse. Estaba de pie a unos metros, con la chaqueta del traje colgando sobre su hombro y el primer botón de la camisa desabrochado.
—No, señor Mars. —Solo estoy cansada —respondí, luchando por mantener el tono profesional.
Él dio un paso más cerca, y la intensidad de su mirada me dejó clavada en el lugar.
—Aquí no tienes que llamarme señor Mars. —Alonso está bien, es una regla mía, tampoco me trates de usted, necesito que confíes en mí y no salgas huyendo como todas —dijo con voz baja, casi suave. Algo en su tono era diferente, como si las barreras que siempre mantenía se hubieran desmoronado por un instante.
—De acuerdo... Alonso —dije, sintiendo un cosquilleo extraño al pronunciar su nombre de esa manera.
Él inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera evaluando mis palabras, mis gestos. Su proximidad era abrumadora, y mi corazón latía con fuerza.
—¿Por qué aceptaste este trabajo, Tays? —preguntó de repente.
Su pregunta me tomó por sorpresa, pero mi nombre en sus labios era poesía. Titubeé antes de responder.
—Porque es una oportunidad única. Quiero crecer, demostrarme a mí misma que puedo manejar cualquier desafío.
—¿Entonces me consideras un desafío? —preguntó, pero antes de poder responder agregó. —Tienes ambición. Lo respeto. Pero este lugar... puede cambiarte. A veces, de maneras que no imaginas.
Mi pecho se apretó. ¿Era una advertencia? ¿Un consejo? Antes de que pudiera responder, él dio un paso atrás, rompiendo la tensión.
—Descansa, Tays. —Mañana será otro día largo —dijo, y comenzó a caminar hacia su coche sin esperar respuesta.
Lo observé irse, incapaz de moverme. Esa breve conversación me dejó más preguntas que respuestas. ¿Qué había querido decir? ¿Por qué parecía... preocupado?
Esa noche, mientras me acostaba junto a mi prometido, James, no podía sacarme a Alonso de la cabeza. James se giró hacia mí, ajeno a la tormenta de pensamientos en mi mente.
—¿Todo bien, amor? ¿Cómo te fue? Esperé mucho tiempo a que llegaras, pero me venció el sueño. Es muy acogedor el departamento, por cierto.
Le sonreí débilmente, esforzándome por disimular; luego respondí.
—Sí, solo estoy cansada del trabajo, fue un primer día agotador. Perdóname por llegar tan tarde, olvidé que vendrías y me quedé a ordenar cosas.
Me abrazó, cálido y reconfortante. Pero, por primera vez, su cercanía no logró tranquilizarme. Porque en mi mente, una figura alta y oscura ocupaba cada rincón.
Cuando conseguí este empleo en Mars Enterprises, tuve que mudarme a esta ciudad. Mi madre Adela y mi hermana Mia me ayudaron a instalarme en mi departamento, y aunque fue un cambio emocionante, dejó una sensación de vacío al despedirme. Esta primera noche sin ellas, lloré, sintiendo el peso de la distancia.
Y aunque James era casi perfecto, esta vez me sentía sola. Era trabajador, detallista y cariñoso. Siempre tenía una palabra amable o un gesto romántico para mí, como preparar mi café favorito en las mañanas o sorprenderme con pequeñas notas en mi escritorio. Sin embargo, nuestra relación era metódica, casi como si siguiéramos un guión.
Un momento significativo en nuestra relación fue cuando James me propuso matrimonio. Fue una cena elegante en un restaurante con vistas a la ciudad. Mientras él se arrodillaba, sentía felicidad y duda. Acepté, pero no pude evitar fingir que nos faltaba algo.
James notó mi vacilación, pero no insistió en hablar de ello, una tendencia habitual en nuestra relación: evitar los temas incómodos.
En el día a día, James estaba muy enfocado en su carrera como arquitecto, lo que significaba que, aunque físicamente presente, emocionalmente a veces parecía distante. Cuando estamos juntos, las conversaciones giran en torno a cosas prácticas: la boda, el trabajo, los planes para el futuro. Rara vez hablábamos de sueños o deseos más profundos, algo que ya empezaba a notar.
Por otro lado estaba la relación con mi madre.
Desde pequeña, había visto a mi madre como un pilar inquebrantable. Sin embargo, cuando mi padre nos abandonó, tuvo que asumir el rol de madre y padre. Esto creó en ella una actitud protectora y, a veces, controladora hacia nosotras.
Un momento que no olvido ocurrió cuando estaba a punto de entrar a la universidad. Mamá no estaba segura de que pudiéramos afrontar los costos, y hubo una discusión en la que insistí en trabajar medio tiempo para ayudar. Fue la primera vez que vi a mi madre llorar, admitiendo que temía no poder darnos todo lo que merecíamos.
Esa vulnerabilidad reforzó el lazo entre ambas.
Por otro lado estaba Mia, la chispa alegre de la familia. Con su amor por la literatura, siempre veía el mundo a través de historias y metáforas. Yo era su mayor apoyo, la persona que le leía cuentos antes de dormir cuando mamá trabajaba turnos nocturnos.
A medida que fui creciendo, nuestra relación evolucionó. Mamá seguía preocupada por las decisiones de sus hijas, especialmente cuando empecé a salir con James. Aunque veía en él un buen hombre, no podía evitar cuestionar si realmente era feliz o si estaba eligiendo lo que la sociedad esperaba de mí. Esto provocaba tensiones entre nosotras, pero también conversaciones profundas que me ayudaban a reflexionar sobre mi vida.
Pasaron dos meses, y ya me sentía adaptada a mi trabajo; trabajaba bien con Alonso, nos entendíamos bien. Una mañana estaba revisando unos documentos cuando un hombre alto, con el cabello entrecano perfectamente peinado y un porte imponente, entró sin anunciarse. Su presencia hizo que el ambiente se tensara de inmediato.
—Tays, ¿verdad? —dijo, observándome de arriba abajo. Soy Hernán Mars, el presidente honorario de esta compañía.
Su tono era autoritario, pero había algo en su actitud que me incomodaba, como si juzgara todo lo que veía.
—Sí, señor Mars. Un gusto conocerlo. ¿Quiere que le anuncie con Alonso? —pregunté, tratando de mantenerme neutral.
Hernán soltó una risa seca.
—No hace falta. Siempre he entrado en la vida de mi hijo sin invitación, y no voy a empezar a pedir permiso ahora.
Antes de que pudiera decir algo más, Hernán ya estaba cruzando la puerta hacia la oficina privada de Alonso. Dudé, pero la curiosidad me hizo quedarme cerca, lo suficiente para oír parte de la conversación.