—¿A qué debo el honor? —preguntó Alonso, con su tono cortante.
—Solo vine a recordarte algo, hijo. La imagen lo es todo, y estás descuidando la tuya. Esa relación con Rossan es lo único que mantiene intacta la percepción del consejo sobre ti. No puedes permitirte que eso se tambalee.
—No te preocupes por Rossan. Todo está bajo control —respondió Alonso, pero su voz tenía una rigidez que no podía ocultar.
Hernán se rió, pero el sonido fue amargo.
—¿De verdad, Alonso, control? Esa palabra la aprendiste bien, pero parece que olvidaste lo que te enseñó tu madre... bueno, lo poco que pudo enseñarte antes de irse.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Mi corazón se aceleró al escuchar la mención de su madre. Aunque no podía verlos, podía imaginar la tensión en los ojos de Alonso.
—No metas a mi madre en esto —dijo Alonso finalmente, con una dureza que nunca antes había oído en su voz.
—¿Por qué no? Ella siempre quiso que fueras perfecto, que llevaras el apellido Mars con orgullo. ¿No es eso lo que estás haciendo? Cumpliendo su sueño. Bueno, al menos estás haciendo algo con el apellido que ella nunca pudo, mantenerlo intacto.
—¡Basta! —La voz de Alonso retumbó en la oficina, haciendo que me sobresaltara.
Después de eso, solo se escuchó el sonido de una silla moviéndose y pasos acercándose a la puerta. Me apresuré a volver a mi escritorio, fingiendo que estaba absorta en los documentos.
Hernán salió con una sonrisa cínica en los labios. Me lanzó una última mirada antes de marcharse.
—Cuídese, Tays. Mi hijo es un hombre difícil. Quizá demasiado parecido a su madre.
Cuando la puerta del ascensor se cerró detrás de él, Alonso apareció en el umbral de su oficina. Sus manos estaban apretadas en puños, y su rostro mostraba furia y dolor.
—¿Te dijo algo? —preguntó, su tono más bajo de lo habitual.
Negué rápidamente.
Él asintió y pasó junto a mí sin decir más, con los ojos llorosos. La puerta de su oficina se cerró con fuerza, dejando claro que no quería ser molestado.
Sentí una punzada de empatía por él. Detrás de su fachada impenetrable, había un hombre lleno de cicatrices. Esperé unos minutos, dudando si debía entrar o no. Desde que trabajaba con Alonso, había aprendido que su espacio personal era sagrado, especialmente después de reuniones complicadas. Pero algo en mi interior me decía que esta vez era diferente. Algo estaba mal.
Tomé aire y me acerqué a la puerta de su oficina. Toqué suavemente, sin respuesta. Dudé un instante antes de girar el pomo y entrar.
Lo que vi me dejó helada.
Alonso estaba sentado en el sofá, con los codos apoyados en las rodillas y el rostro cubierto por las manos. Su respiración era irregular y, aunque no hacía ruido, las lágrimas que resbalaban por sus mejillas lo delataban. Nunca lo había visto así. Siempre tan fuerte, tan contenido... Verlo vulnerable me golpeó de una manera que no esperaba.
—Alonso... —dije en voz baja, cerrando la puerta tras de mí.
Él levantó la cabeza de inmediato, sus ojos enrojecidos clavándose en los míos. Por un segundo, pareció debatirse entre pedirme que me fuera o dejarme quedarme, pero al final no dijo nada. Solo volvió a cubrirse el rostro, como si le avergonzara que lo viera así.
Me acerqué lentamente y me senté a su lado. No sabía qué decir. ¿Cómo se consuela a alguien como él, que parece cargar el peso del mundo en los hombros?
—No tienes que decir nada, ¿sabes? dije finalmente, con un tono suave. A veces, solo necesitas soltarlo.
Él dejó escapar una risa amarga, más un suspiro que otra cosa.
—No sabes nada, Tays. No tienes idea de lo que es esto.
—Tal vez no —admití—. Pero estoy aquí. Y no tienes que enfrentarlo solo.
Hubo un silencio tenso, pesado. Entonces, inesperadamente, Alonso habló, su voz baja y quebrada.
—Hernán siempre encuentra la forma de hundirme. Siempre. No importa cuánto haga, nunca es suficiente. Siempre vuelve a recordarme lo que no soy... Lo que no puedo ser.
Su confesión me dolió más de lo que esperaba. Extendí una mano, dudando, y la apoyé suavemente en su brazo. No se apartó. Sentí cómo sus músculos tensos empezaban a relajarse, aunque solo un poco.
—Él no define quién eres, Alonso —dije con firmeza. Tú eres más que sus palabras. Más que sus juicios. Lo he visto.
Alonso levantó la cabeza y me miró fijamente. Sus ojos, todavía húmedos, tenían una intensidad que me dejó sin aliento. Por un momento, el mundo pareció detenerse. No había ruido, no había tiempo, solo esa conexión entre nosotros, cargada de algo que no podía definir.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó en un susurro, su voz más suave de lo que jamás había oído.
—Porque no quería dejarte solo —respondí sin pensarlo, mi voz apenas un murmullo.
Él inclinó ligeramente la cabeza, acercándose apenas unos centímetros. Sentí su aliento cálido contra mi piel, y mi corazón empezó a latir con fuerza. No sé quién se movió primero, si él o yo, pero de repente la distancia entre nosotros se redujo a nada. Podía ver cada detalle de su rostro, cada sombra, cada línea.
—Tays... —murmuró, su voz llena de emociones contradictorias. Había algo en su tono que me hizo estremecerme. Vulnerabilidad. Deseo. Y algo más, algo que no quería analizar demasiado.
Sus dedos rozaron mi mejilla, y fue como si mi piel ardiera bajo su toque. Cerré los ojos por un instante, tratando de recuperar el control de mi respiración, pero todo en mí gritaba que lo besara. Que cruzara esa línea.
Pero entonces, como si algo en él se rompiera, Alonso se apartó de golpe. Se levantó del sofá y se pasó una mano por el cabello, frustrado.
—Esto no debería estar pasando —dijo, más para sí mismo que para mí. No puedo... No debo...
Su reacción me devolvió a la realidad. Me levanté lentamente, tratando de calmar el torbellino de emociones que sentía.
—Lo siento —dije, aunque no estaba segura de qué estaba pidiendo perdón exactamente.
Él me miró por un instante, con expresión de arrepentimiento y algo más que no podía descifrar.
—No tienes que disculparte. Yo soy el que debería...
No terminó la frase. Solo se quedó allí, mirándome, mientras yo recogía los pedazos de mi autocontrol y me dirigía hacia la puerta.
—Si necesitas algo... estaré en mi escritorio —dije antes de salir, cerrando la puerta suavemente tras de mí.