Al regresar a mi lugar, traté de enfocarme en el trabajo, pero la sensación de su cercanía, de su mirada, seguía ardiendo en mi piel. Sabía que algo había cambiado entre nosotros, y aunque no sabía qué significaba exactamente, entendía que nada volvería a ser igual.
Aquella noche, mientras volvía a casa, mi mente estaba lejos de los documentos que había dejado en la oficina o las tareas que me esperaban al día siguiente.
Cuando llegué, James estaba preparando la cena, como hacía a menudo. Su sonrisa relajada y su presencia familiar deberían haberme reconfortado, pero en lugar de eso, sentí una ola de frustración y culpa.
—Hola, amor —dijo, dándome un beso rápido antes de volver a revolver algo en la sartén. Llegaste justo a tiempo. Espero que tengas hambre.
Me acerqué a él por detrás, rodeando su cintura con mis brazos, y apoyé mi rostro en su espalda. Él dejó de moverse, sorprendido por mi gesto.
—¿Todo bien? —preguntó, girándose para mirarme. Sus ojos azules me escudriñaron, preocupados.
—Solo te extrañé —mentí, pero mi tono era más ansioso de lo que pretendía.
Antes de que pudiera responder, me puse de puntillas y lo besé. Fue un beso más apasionado de lo habitual, más exigente. En ese instante, dejé que todo lo que sentía se desbordara, el deseo, la confusión, la culpa, todo mezclado en un torrente que solo él podía recibir.
La cena quedó olvidada mientras lo llevaba hacia el sofá, sin importarme nada más que el calor que ardía en mi interior. Retiré su ropa con rapidez mientras lo besaba por todo el cuerpo, hasta que introdujo su pene en mí, y me tomó bruscamente.
Mientras tanto, en su lujosa residencia, Alonso y Rossan estaban teniendo una discusión que parecía ser una más de tantas. Rossan, impecable en su vestido de diseñador, lo miraba con los brazos cruzados y una expresión de fastidio.
—¿Es tan difícil dedicarme un poco de tu tiempo? —espetó, su tono cortante. Siempre estás ocupado, siempre con tus reuniones y tus proyectos. ¿Acaso nuestro compromiso significa algo para ti?
Alonso, sentado en el borde de un sillón, se frotó las sienes con frustración.
—Rossan, lo hemos hablado mil veces. Sabías desde el principio cómo iba a ser esto. No es personal, es trabajo.
Ella dejó escapar una risa amarga.
—Eso es todo lo que eres, Alonso. Trabajo. Un hombre dedicado a su imperio, incapaz de ver más allá de su escritorio. ¿Alguna vez te has preguntado si quiero más que esto? ¿Más que ser la prometida perfecta para tus cenas de negocios y tus malditas apariencias?
Él levantó la mirada, sus ojos oscuros llenos de cansancio y algo más profundo, algo que parecía dolor.
—¿Y tú? ¿De verdad quieres más? Porque, desde donde yo estoy, parece que esta relación te conviene tanto como a mí. No me culpes por un acuerdo que ambos aceptamos.
El silencio que siguió fue tenso, cargado de reproches no dichos. Rossan apartó la vista, pero no antes de que Alonso notara el brillo de rabia en sus ojos.
—No sé cuánto más puedo hacer esto —murmuró ella, casi para sí misma, antes de girarse y salir de la habitación, sus tacones resonando con fuerza contra el mármol.
A la mañana siguiente, decidí llegar temprano para adelantar trabajo. Mientras organizaba unos documentos, escuché una risa juvenil resonando en el pasillo. Alcé la vista justo a tiempo para ver a Alonso entrando a la oficina con un joven más bajo, de cabello alborotado y ojos brillantes que no dejaban de moverse, observándolo todo con entusiasmo.
—¿Y esta es aún tu guarida secreta? Pensé que sería más emocionante desde la última vez. —¿Dónde está el botón que activa la trampa para empleados insubordinados? —dijo el joven con una sonrisa traviesa.
—Te aseguro que está en algún lugar, y no quieres encontrarlo —respondió Alonso con un toque de humor seco que rara vez mostraba.
El chico me miró entonces, sorprendido, como si no esperara encontrar a nadie más allí.
—Oh, hola. ¿Eres su asistente? —¿Cómo logras soportarlo? —preguntó con una risa ligera.
—Con paciencia y mucho café —respondí, contagiada por su energía.
Alonso rodó los ojos, pero no podía ocultar la chispa de afecto en su mirada.
—Tays, este es mi hermano, Julián. Él cree que puede venir a inspeccionar mi trabajo sin previo aviso.
—Es un placer conocerte, Julián —dije, estrechándole la mano.
—El placer es mío. ¿Ya te advirtió que no se le permite reír en horario laboral? Es su política de "austeridad emocional".
—Julián... —advirtió Alonso, aunque su tono estaba más cerca de la resignación que del enojo.
La dinámica entre ellos era innegable. Julián tenía un aire relajado y bromista que contrastaba por completo con la seriedad de Alonso. Y, sin embargo, se notaba que ambos se entendían perfectamente. Julián lo desafiaba de una manera que nadie más en su vida parecía atreverse.
Cuando Alonso se alejó para revisar unos documentos, Julián se inclinó hacia mí.
—Por cierto, ¿ya lo viste sonreír? Es como un eclipse solar: raro y sorprendente. Pero créeme, si te quedas suficiente tiempo, lo verás.
No pude evitar reír. Julián era un soplo de aire fresco, una pieza de humanidad que parecía equilibrar la intensidad de Alonso.
De pronto se presentó una junta, pero Julián no podía ir con Alonso, así que en medio de su discusión sobre hacia dónde iría Julián, me ofrecí a cuidarlo, y no hubo más reparo que asentir.
Alonso suspiró, aliviado.
—Gracias. —Julián, pórtate bien y no causes problemas —le dijo, lanzándole una mirada seria.
—Entonces, Tays, ¿qué hacemos? ¿Tienes explosivos escondidos? ¿Planes secretos? ¿Un dragón en el sótano? —preguntó, exagerando sus gestos.
Pasamos la primera hora explorando los rincones del lugar, desde la máquina de café hasta la vista desde la terraza. Julián era un torbellino de energía y curiosidad, y me hacía reír constantemente con sus ocurrencias.
La tarde pasó volando; había llegado la hora de irnos y Alonso aún ni llamaba. Empezábamos a tener hambre, así que nos fuimos a la mansión de los Mars.