Después del incómodo enfrentamiento con Rossan, mamá sugirió que preparáramos algo en la cocina como forma de agradecer la hospitalidad de Alonso. Aunque la mansión contaba con un chef profesional, mamá insistió en que algo hecho por nosotras sería más significativo. Mia, entusiasmada, saltaba alrededor mientras discutíamos qué cocinar.
—Unas empanadas no serían mala idea —propuso mamá, con esa chispa de energía que siempre tenía cuando cocinaba.
—¿Crees que tendrán los ingredientes? —pregunté, mirando a mi alrededor. La cocina era impresionante, equipada con tecnología de última generación y tan impecable que daba miedo tocar algo.
—Claro que sí —respondió mamá, ya revisando la despensa con una naturalidad sorprendente para alguien en una casa como esa.
Pronto nos pusimos manos a la obra. Mia y Julián insistían en ayudar, aunque más bien terminaba siendo un pequeño desastre ambulante. Se llenaron de harina en cuestión de minutos, pero sus risas eran contagiosas y nos alivió un poco la tensión que aún colgaba en el aire.
Estábamos en plena preparación cuando Alonso apareció, apoyándose contra el marco de la puerta con una expresión curiosa.
—¿Qué están haciendo? —preguntó, su tono más relajado de lo habitual.
—Empanadas —respondió mamá, sin siquiera levantar la vista de la masa que estaba extendiendo.
Alonso frunció el ceño, como si no entendiera del todo.
—¿Empanadas?
—Oh, no me digas que nunca has probado una casera. Eso es imperdonable, joven —dijo mamá con una sonrisa amplia, señalándolo con la cuchara de madera.
Alonso pareció desconcertado por su tono familiar, pero en lugar de molestarse, se acercó a la mesa de trabajo.
—¿Cómo puedo ayudar? —preguntó de repente, dejando a todos en silencio por un segundo.
—¿Tú? —solté antes de poder evitarlo.
—¿Por qué no? —respondió, encogiéndose de hombros.
Mamá, encantada, le asignó la tarea de cortar la masa en círculos perfectos. Alonso, con una seriedad casi cómica, se puso a trabajar. Al principio se notaba torpe, pero poco a poco fue agarrándole el truco.
—No está tan mal, ¿verdad? —dijo, mirándome de reojo.
—No, para ser tu primera vez, supongo que es aceptable —respondí con una sonrisa burlona, sorprendida de que pudiera bromear conmigo.
El ambiente en la cocina cambió. Alonso parecía más relajado. Incluso Mia lo animaba, dando pequeños saltos cada vez que cortaba un círculo perfecto.
Por primera vez desde que lo conocí, sonrió. Pero no fue la típica sonrisa fría y medida que a veces mostraba en público. Era una sonrisa auténtica, de esas que iluminan el rostro y lo hacen parecer otra persona.
—¿Por qué me miran así? —preguntó, arqueando una ceja al notar que todos lo observábamos.
—Porque finalmente tienes cara de humano —respondí en broma, provocando que Mia soltara una carcajada.
Él negó con la cabeza, pero su sonrisa no desapareció. Por un momento, todo parecía en calma. Incluso mamá, que siempre había tenido un ojo crítico para todo, parecía cómoda con él.
Cuando las empanadas estuvieron listas, servimos todo en la terraza. Alonso se aseguró de que cada uno tuviera su plato, incluso bromeando con Mia sobre cuántas empanadas podía comer.
Después de servir las empanadas en la terraza, mamá y Mia se quedaron disfrutando de la tarde mientras yo regresaba a la cocina para limpiar los últimos detalles. Alonso, como si hubiera estado esperándome, apareció en silencio, apoyándose contra la isla de mármol.
—No necesitas estar aquí —le dije sin mirarlo, enfocándome en limpiar los utensilios.
—Lo sé, tú tampoco, hay un personal para eso —respondió, con su tono tranquilo.
El sonido del agua corriendo llenó el espacio mientras me esforzaba por ignorarlo. Pero cuando cerré el grifo y me giré para secar mis manos, lo encontré mirándome fijamente, sus ojos oscuros atrapándome como siempre.
—Tays, tenemos que hablar —dijo, su voz baja pero firme.
—¿Hablar de qué? —pregunté, intentando sonar indiferente.
Él se acercó lentamente, sus pasos resonando sobre el suelo de piedra, hasta que quedó frente a mí. Su proximidad hizo que cada nervio de mi cuerpo se pusiera alerta.
—De esto —respondió, haciendo un gesto vago entre los dos—. De lo que está pasando.
Tragué saliva, intentando mantener la compostura.
—No está pasando nada, Alonso. Solo estás confundido.
Él dejó escapar una risa amarga, sacudiendo la cabeza.
—¿Confundido? Yo no estoy confundido, Tays. Pero parece que tú sí lo estás. Nunca antes había ansiado estar con nadie, mi corazón nunca se había acelerado por nada, y mi mente nunca ha estado tan ocupada como hace unos días con una persona. Tal vez nunca me he enamorado, pero esto que siento me desespera y no sé qué es.
Su acusación me hizo levantar la mirada, y lo que vi en sus ojos me dejó sin palabras. Había algo crudo, algo intenso, que no podía negar por más que quisiera.
—No sé de qué estás hablando —mentí, retrocediendo un paso, pero la isla detrás de mí bloqueó mi escape.
—Sí lo sabes —dijo él, avanzando hasta que su cuerpo estaba a solo unos centímetros del mío. Porque yo lo siento cada vez que estás cerca. Y sé que tú también.
—Esto no tiene sentido, Alonso. Tú estás comprometido, y yo también. Esto no puede… —Intenté decir, pero mi voz se quebró.
—No estoy hablando de lo que puede o debe ser. Estoy hablando de lo que es.
Su voz tenía una certeza que me desarmó. Mis manos temblaban, y cada fibra de mi ser me pedía que me apartara, que rompiera esa conexión antes de que fuera demasiado tarde. Pero no podía moverme.
—Dime una cosa, Tays. —¿Soy el único que siente esto? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia mí. Su rostro estaba tan cerca que podía sentir su aliento cálido sobre mi piel.
Mi respiración era errática, y mi corazón parecía querer salir de mi pecho.
—No deberías decir esas cosas —susurré, evitando su mirada, pero él tomó mi mentón con delicadeza, obligándome a mirarlo.
—Dímelo —insistió, su voz más suave, pero intensa—. Mírame y dime que no sientes nada.
Abrí la boca para responder, pero las palabras no salieron. Porque mentirle en ese momento habría sido imposible.
Antes de que pudiera suceder algo más, un ruido desde la terraza rompió el momento. Era Mia, llamando a Alonso para que volviera.
Él soltó mi mentón lentamente, pero no se movió. Su mirada permaneció clavada en la mía, como si quisiera asegurarse de que entendiera lo que acababa de decir.
—Esto no ha terminado —murmuró antes de girarse y salir de la cocina, dejándome ahí, con el corazón en la garganta y una batalla interna que apenas comenzaba.
Entonces, al caer la noche, envió a un chofer con nosotras. Desde ese momento solo quería estar con él, en su cama, arrepentida por no besarlo, pero no imagino lo que haría su padre si algo sucediese entre nosotros.