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Mamá, Adoptemos un Papá

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Blurb

Maya Ruter no es una niña común; es una tormenta de ocho años con una lógica implacable y un vacío en el pecho que ninguna muñeca puede llenar. Tras descubrir que hay lugares donde los niños que no lo tienen logran conseguir padres a través de la adopción, toma una decisión que cambiará su destino y el de su madre, Alana Ruter: si no tiene un papá, debe comprar uno. Ella no busca un héroe de cuentos de hadas, busca un protector que detenga las lágrimas de su madre. En su deseo, Herold Guanchez —el criminal más temido del país— resulta ser el candidato ideal. Él es el Rey del Bajo Mundo: un coloso tatuado, de mirada fría y un corazón blindado por años de sangre y traición. Herold desprecia la debilidad y aborrece la inocencia, pero cuando una "mocosa" impertinente lo intercepta para interrogarlo sobre su paternidad, algo en su estructura de hierro se quiebra.Mientras Maya despliega un audaz plan de "reclutamiento" para adoptar al mafioso más peligroso de la ciudad, Alana, una mujer agotada por la supervivencia, se ve arrastrada al epicentro de una guerra de castas y poder. Entre ella y Herold nace una atracción eléctrica y prohibida; un deseo oscuro que se consume entre el lujo de las suites y el peligro de las balas.¿Puede una niña domesticar a una bestia? ¿Podrá Alana sobrevivir al fuego de un hombre que no sabe amar sin poseer? En un mundo donde la lealtad se paga con sangre y los contratos se sellan con fuego, Maya está a punto de demostrar que, a veces, para salvar a una familia, hace falta adoptar a un demonio.

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PRÓLOGO: El Precio de la Sangre y el Valor de una Moneda
El Hotel Eurobuilding se alzaba sobre el valle de Caracas como un monolito de cristal y concreto, una fortaleza de lujo que ignoraba sistemáticamente el caos que respiraba a sus pies. En el piso más alto, el aire estaba viciado por el olor a tabaco de exportación y el aroma metálico de las armas recién aceitadas. Pero abajo, en las alcantarillas espirituales de la ciudad, la realidad tenía otro sabor: el de la pólvora y el sudor de quienes no tienen nada que perder. Maya, de apenas seis años, no entendía de jerarquías sociales, pero entendía de ausencias. Entendía que el silencio en su casa era demasiado pesado y que los ojos de su madre, Alana, siempre estaban enrojecidos, como si el cansancio fuera una enfermedad que se le filtraba por los poros. Aquel martes, en el rincón de la escuela, el dolor de Maya encontró un nombre y una solución. —Mis papás me compraron —había dicho Mateo, un niño de su clase que siempre estrenaba zapatos y cuya merienda nunca faltaba—. Me dijeron que no tenía a nadie, así que fueron a un sitio de adopción, dieron mucho dinero y ahora son mis papás. Maya lo había mirado con sus ojos grandes, oscuros y demasiado analíticos para su edad. —¿Se pueden comprar? —preguntó en un susurro. —Todo se puede comprar si tienes dinero —sentenció el niño con la crueldad inocente de quien lo tiene todo. Esa noche, Maya no durmió. Mientras Alana contaba billetes arrugados sobre la mesa de la cocina, tratando de estirar el salario de mesera para cubrir el alquiler de su pequeño apartamento en las cercanías del hotel, la niña vació su alcancía de plástico. Eran apenas unas pocas monedas, algunos billetes de baja denominación que había recolectado bajo los cojines del sofá o que su madre le daba "para el recreo". No era suficiente. El hombre que ella necesitaba, el que detendría las manos temblorosas de su mamá y ahuyentaría a los cobradores que golpeaban la puerta, debía ser el más caro del mundo. —Mamá —dijo Maya, entrando a la cocina con su bolsa de monedas—. Tenemos que reunir más. Me merezco un papá, y tú te mereces dejar de llorar. Alana no supo qué responder. El cansancio la dejó muda. Solo pudo abrazar a su hija, ignorando que la mente de la pequeña ya estaba trazando un plan de adquisiciones. El cambio de turno en el restaurante principal del hotel era un campo de batalla. Alana se ajustó el uniforme n***o, tratando de ignorar el mareo. Maya estaba allí, escondida en el cuarto de descanso, con una fiebre que le encendía las mejillas pero que no lograba apagar el fuego de su determinación. —Quédate aquí, Maya. No salgas. Si el supervisor te ve, me despedirán —le suplicó Alana, dándole una dosis de antipirético antes de salir al salón VIP, donde los hombres más peligrosos y poderosos del país cenaban a la sombra del anonimato. Pero Maya no era una niña que supiera de obediencias cuando había negocios pendientes. Media hora después, cuando la fiebre bajó lo suficiente para darle movilidad, la niña se escurrió por la puerta trasera. Sus pasos, pequeños y decididos, resonaron en el mármol del lobby. Cruzó la recepción del gimnasio, un área donde el aire olía a hierro y perfumes caros. Y entonces, lo vio. En el centro de un despliegue de seguridad que helaría la sangre a cualquier adulto, estaba Herold. Su altura era imponente, una muralla de músculos envuelta en una camiseta negra que apenas contenía su fuerza física. Tatuajes oscuros trepaban por su cuello, perdiéndose bajo la línea de la mandíbula, y sus manos, grandes y callosas, sostenían un teléfono con la misma frialdad con la que sostendrían un cuello. Sus ojos eran dos pozos de indiferencia absoluta, el tipo de mirada que solo tiene alguien que ha visto morir a muchos y no ha sentido nada por ninguno. Maya se detuvo. El corazón le latía con fuerza, pero no era miedo. Era la adrenalina del cazador que encuentra su presa. —Te encontré —susurró para sí misma. Caminó directo hacia el grupo de hombres armados. Dos escoltas, con el rostro de piedra y auriculares en las orejas, bloquearon su paso. Uno de ellos la agarró por el brazo, levantándola ligeramente del suelo. —¡Suéltenme! —gritó Maya, su voz resonando con una autoridad que hizo que varios huéspedes se detuvieran—. ¡Tengo que hablar con él! ¡Tengo negocios importantes! Herold se detuvo. Giró la cabeza lentamente, como un depredador que escucha una rama romperse en su territorio. Su mirada se posó en la niña de cabello n***o azabache y ojos desafiantes. Era una pulga comparada con él, pero la forma en que lo señalaba con el dedo índice era casi insultante. —¿Qué es esto? —preguntó Herold con una voz profunda, ruda, que parecía vibrar en el pecho de quienes lo rodeaban. —Señor, la mocosa insiste en... —empezó el guardia, pero Herold levantó una mano. Uno de sus hombres de confianza, un sicario con sentido del humor retorcido, soltó una carcajada. —Jefe, parece que su fama ha llegado hasta los preescolares. ¿Qué le diste, niña? ¿Quieres que te recomiende ese perfume? —se burló, mirando el tatuaje de Herold. Herold no sonrió. Sus ojos se entrecerraron con asco. —Asqueroso. Los niños ni con una pluma —dijo con un tono que cortaba como una navaja—. Quítenla de mi camino. Pero Maya se zafó del agarre del guardia y dio un paso al frente, quedando a solo dos metros del hombre que controlaba el Bajo Mundo de la ciudad. —¿Cuántos hijos tienes? —le disparó ella, sin preámbulos. La pregunta cayó como una bomba en el silencio del pasillo. Los escoltas se miraron entre sí, esperando el estallido de furia de su jefe. Herold se puso en cuclillas, no por ternura, sino para intimidarla con su presencia. El olor a tabaco y peligro que emanaba de él era embriagador. —¿No se supone que deberías estar con tu madre, mocosita imprudente? —le contestó él con sarcasmo, sus labios curvándose en una mueca de apatía. Maya no retrocedió. Cruzó los brazos sobre su pequeño pecho y lo miró con una suspicacia que lo dejó descolocado. —En tu casa... ¿no te dijeron que es de mala educación responder a una pregunta con otra pregunta? Hubo un silencio sepulcral. Herold sintió algo que no había sentido en décadas: curiosidad. O quizás, el primer indicio de un destino que no iba a poder evitar. Miró a la niña y, por un segundo, la imagen de la camarera hermosa y pálida que le había servido café esa mañana —la madre de esta criatura— cruzó su mente. —No tengo hijos, niña. Celebro que sea así, porque si son como tú me libre de morir estresado —dijo él, levantándose y dándole la espalda—. Y no estoy en venta —Aún no —gritó Maya detrás de él—. Pero mi mamá y yo estamos reuniendo el dinero. ¡Vete preparando, porque te voy a adoptar! Herold no se detuvo, pero una sombra de algo parecido a una sonrisa, o quizás a un presagio oscuro, cruzó sus labios mientras se alejaba. En la suite VIP, Alana dejaría caer una bandeja al sentir que su vida, tal como la conocía, acababa de terminar. Maya, por su parte, guardó su moneda de la suerte en el bolsillo. Había visto el modelo que quería. Ahora solo faltaba que el Rey de Caracas aprendiera a obedecer a su nueva dueña.

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