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MAGNATE... ARRUINA MI MATRIMONIO

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Blurb

Ella tiene un matrimonio que se derrumba luego de 5 años de peleas y disgustos... y él, magnate árabe, aparece para arruinarlo completamente. Essam Al Othman es un multimillonario empresarial que llega desde Emiratos Árabes para expandir su conglomerado.

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AMOR Y MATRIMONIO... SON MITOS
Casarse… es una estafa. Promete felicidad y dicha, pero la dosis de amargura y sufrimiento es aún mayor. —… señora Othman, ¿realmente quiere el divorcio? —la pregunta del abogado vino por mi duda y por la manera en que sostenía la pluma temblorosamente, pero sin tocar aún el papel. Me observó con una mezcla de compasión y unos ojos que decían que ya había visto finales parecidos muchas veces. Tragando saliva y todo con ella, sonreí apenas, mirando de nuevo el papeleo delante de mí. Eso era todo de él; solo papeles enviados con su abogado, sin siquiera presentarse delante de mí una última vez. Lo amaba todavía, con un fervor que ardía y dolía. Pero el amor no basta, eso es un mito que ahora odiaba: El amor basta para que un matrimonio funcione… Había sobrevivido a un matrimonio violento y sin futuro, y creí que el segundo sería mi redención. Creí que bastaba con amar de verdad… Pero qué equivocada estaba. No bastaba para sostener un matrimonio que se había convertido en un campo de silencios, de ausencias y, sobretodo, de mentiras dolorosas. —Sí, en serio quiero divorciarme —respondí finalmente. Firmé los papeles con la misma mano que aún temblaba al recordar todo lo vivido en solo un año. Essam Al Othman, mi esposo, el hombre que me había enseñado a ser feliz, a emocionarme y amar de nuevo… quedaba ahora reducido a una firma, a un nombre en tinta negra. Mientras el abogado recogía los documentos yo, en lo más alto de uno de los edificios pertenecientes al conglomerado financiero de mi esposo en Abu Dabi, recordé con una leve sonrisa nostálgica el principio de una relación tan inesperada como intensa… … Igual que el final de un primer matrimonio ya desgastado… **** Mi quinto aniversario de casada fue una noche amarga. El bar estaba lleno, como siempre. La música retumbaba en las paredes, y las luces parpadeaban en tonos neón. Mi esposo estaba rodeado de sus amigos, riendo y bebiendo como si no existiera el mañana. Me senté en una esquina, observando la escena frente a mí y suspirando con desaliento. Era imposible ignorar cómo los amigos de mi marido trataban a sus parejas: con atención, con gestos cariñosos, con palabras de afecto y besos coquetos mientras bebían, susurrándose al oído…. En cambio, Jude ni siquiera había vuelto a verme desde que llegamos de la mano, y el tema de nuestro aniversario ni siquiera se había tocado, menos celebrado. Al contrario, lo vi reírse con una mujer que llevaba un vestido ajustado y que no dudaba en acercarse demasiado a él. Ella le tocaba el brazo mientras hablaban, y él no hacía nada para detenerla. Por el contrario, parecía disfrutarlo. ¿En qué momento habíamos llegado hasta allí? Decidí salir del bar antes de que la rabia traicionará mi rostro y armará una escena. Me quedé afuera, respirando profundamente para calmarme. El aire fresco de la noche me ayudó a recuperar un poco la compostura, pero no duró demasiado. A pesar de que mi esposo no me miraba, yo no era invisible para otros. Un tipo se me acercó al verme sola en la banqueta; me vio las piernas expuestas por el vestido corto y sus ojos borrachos se detuvieron en mi escote pronunciado. —¿Quieres un trago? Lo ignoré con incomodidad, pero él siguió acercándose e insistiendo. —Bebamos juntos. Anda, solo un trago. Afortunadamente no pasó mucho tiempo antes de que Jude saliera, tambaleándose ligeramente por el alcohol. Y solo así el tipo se fue. —Aurora, ¿qué haces aquí? —preguntó con voz pastosa, sin darse cuenta de lo que había ocurrido—. ¿Por qué no estás adentro divirtiéndote? Mis amigos creen que estamos peleados. Miré mis bonitas sandalias abiertas y las uñas rojas; toda esa pedicure no había servido para nada. Era mi aniversario por 5 años de matrimonio, otros me veían, pero mi marido no. Me había comprado un entallado vestido n***o escotado, ido al salón y esperado la noche con ilusión, pero Jude lo había convertido en una borrachera de amigos. —¿Divirtiéndome? —dije con incredulidad y enfado—. ¿Cómo podría divertirme cuando ni siquiera te importa si estoy allí o no? ¿Cómo podría disfrutar mientras bebes y coqueteas en mi cara? Él frunció el ceño y se acercó más a mí. Podía oler el alcohol en su aliento, y su mirada era dura, casi desafiante. —¿De qué estás hablando? —preguntó con desdén—. Siempre estás buscando algo para quejarte. Respondí, tratando de mantener la calma. —Solo estoy diciendo lo que es evidente: ya no funcionamos juntos. Su expresión cambió de confusión a furia en cuestión de segundos. —¿Qué estás diciendo? —Estoy diciendo que quiero divorciarme —solté finalmente, sintiendo cómo las palabras pesaban en mi garganta—. Esto no tiene sentido. Tú y yo… ya no somos lo que éramos. Agaché la cabeza, y deslicé esa peligrosa palabra en mis labios. —Divorciemonos. El divorcio había sido una idea que me había tragado varias veces durante discusiones intensas, problemas y breves separaciones; y todo porque tenía la esperanza de que nuestro matrimonio cambiará y superaremos esa “fase” pronto. Pero esa esperanza ya estaba muerta. —El divorcio es lo mejor para los dos… —¿Ya no me amas? Lo dudé. ¿Aún amaba a mi marido? ¿Las discusiones constantes no habían desgastado todavía mis sentimientos? —Jude, ¿tú aún me amas? —le pregunté a mi vez, mirándolo a los ojos y encontrándolos vacíos de mí. Terminé sonriendo con pena por mi misma, sabiendo ya la respuesta. —No creo que nuestros sentimientos sean los mismos del principio… Jude se quedó en silencio por un momento, mirándome como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. Luego comenzó a reírse, pero no era una risa genuina; era amarga y llena de sarcasmo. —¿Y eso es malo? Llevamos 5 años casados, el matrimonio mata el amor, lo vuelve rutina. A todos les pasa. —Hay que separarnos… —¿Eso es lo que quieres? ¿Dejarme solo con todo lo que tengo encima? Mi madre está enferma, Aurora. Tiene diabetes, lo sabes. Necesita de nuestro cuidado. ¿Y tú quieres abandonarme ahora? Su tono era acusador, como si quisiera hacerme sentir culpable por siquiera considerar la idea de dejarlo. —No puedo seguir viviendo de esta manera —dije con firmeza. Después de constantes peleas cada día y problemas a cada segundo, ya no podía seguir así—. ¡No puedo seguir sintiéndome como si no importara en absoluto! —¿Importar? —repitió con desprecio y la mirada dilatada por el alcohol—. ¿Sabes cuánto he hecho por ti? ¡¿Sabes cuántas veces he tenido que sacrificarme para mantenernos a flote?! Su voz se alzó, y la gente que pasaba por la calle comenzó a mirarnos de reojo. —¿Y ahora quieres irte? ¡Eres una ingrata! Jude nunca me había gritado así antes, y mucho menos en público. Con un sobresalto, sentí como si algo dentro de mí se rompiera definitivamente en ese momento. —¿No aporto? —repetí con la voz incrédula y afectada—. ¡Cuido de ti, de tu madre y todavía trabajo para invertir dinero en la empresa que estás formando con tus amigos! ¡¿No ha bastado eso?! Las lágrimas comenzaron a correr por mi rostro, pero no eran de tristeza; eran de pura frustración y cansancio acumulado. —Dices que soy ingrata… ¿y qué hay de ti? ¿Eres mejor? —¿Y tú crees que me ayudas divorciandote de mí? —se acercó—. Estamos en busca de inversionistas, Aurora. Antes de poder poner distancia, sujetó mi cara y la acercó a la suya. Me quejé, viendo como cerraba la mandíbula y su rostro se volvía hostil. Era la primera vez que hacía algo así. —¡¿Crees que mis inversionistas confiarán en mí si saben que me he divorciado y perdido a mi mujer?! ¡¿Cómo puedes pedirme separarnos luego de ser yo quién siempre da más en este matrimonio?! Con una fuerza que nació de la rabia, quité su mano de mi cara y me distancié por precaución. —Estás ebrio. No voy a seguir discutiendo contigo —le dije reprimiendo el miedo que de repente me inspiraba—. Si no quieres aceptarlo ahora, lo harás después. Pero esto se acabó, Jude. Él me miró con una mezcla de ira y desprecio. —¿Eso crees? ¿Por qué habría de ceder al divorcio sólo porque tú lo pides? Esas palabras me hicieron mirarlo con conmoción. —¿Por qué? ¡Porque ya no somos felices juntos! ¡Nuestro matrimonio está arruinado, llevamos años sin querernos…! —¿Ese es el problema? ¿Un matrimonio sin chispa? Bien, se puede solucionar—me interrumpió con una ceja elevada—. Involucremos a otras personas. Podemos… abrir el matrimonio. —¿Abrirlo? —repetí, sin comprender. Y una mirada suya de soslayo, un breve vistazo por la ventana al interior del bar, me hizo comprender que ya llevaba tiempo pensando ese disparate. —Si. ¿Quieres ser libre? ¿Quieres amor, emoción? Puedes tener todo eso, igual que yo —mientras hablaba, miraba a la misma mujer con quién me había dicho que no había coqueteado—. Tú con tus cosas, yo con las mías. Así nadie sufre. Así no fracasamos… y tampoco nos divorciamos. Su propuesta cayó como una piedra en el agua. Y por un instante me negué a tomarlo en serio, esperando que en cualquier momento se riera y dijera que era una broma pesada. Pero en lugar de eso, buscó mi cara y habló como sí fuese un experto en la materia. —Involucrarnos con otras personas puede ayudarnos a equilibrar nuestro matrimonio, a hacerlo más interesante. Encontrar alguien compatible, alguien que satisfaga lo que entre tú y yo ya no funciona, Aurora. Lo miré un largo segundo, intentando hallarle sentido a lo que salía de su boca. —Es… una estupidez —hablé al fin—. ¿Propones permitir vernos con otros con tal de no ceder al divorcio? ¡¿Como sí me hicieras un favor?! —¡No habrá divorcio, Aurora! Acepta el matrimonio abierto, que es la única propuesta en la mesa —dijo antes de girarse y marcharse sin decir una palabra más. Lo vi alejarse hasta que su figura entró al bar y se sentó al lado de la mujer, está vez para abrazarla sin reparo alguno. Me quedé allí por unos minutos, tratando de recuperar el aliento y calmar mi mente. Imaginé que aquello no llegaría lejos, que él se retractaría y me diría que todo eso lo había propuesto al calor de la discusión. Sin embargo, esa noche no volvió a casa. Y al día siguiente, cuando cruzó la puerta con el traje desaliñado y el cuello de la camisa manchado de labial, mi corazón se hizo pequeño al darme cuenta de que había dado un paso a algo que ya nunca se podría revertir.

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