El comedor estaba en silencio. Demasiado.
Sofía estaba sentada frente a sus padres. La mesa de madera que una vez fue lugar de desayunos, cumpleaños y fotos felices… ahora era el escenario de un juicio.
—No quiero rodeos —dijo Sofía, sin titubear—. Necesito que me digan la verdad. Toda.
Su madre bajó la mirada. Su padre cruzó los brazos, incómodo.
—No sé de qué estás hablando —intentó él.
—¡¿No sabes?! —la voz de Sofía tembló, pero no de miedo. De rabia contenida—. ¿Qué hicieron con Samantha? ¿Por qué la convirtieron en Nari?
Silencio.
Hasta que la madre suspiró. Largo. Doloroso.
—Fue por protección.
—¿De qué hablas?
—Después del accidente… —empezó ella, con los ojos vidriosos—. Nari estaba muerta. Y Samantha… estaba rota. No recordaba nada. Ni siquiera su propio nombre. Los médicos dijeron que tal vez no volvería a recordar. Teníamos dos opciones: forzarle a reconstruir una vida vacía… o darle una nueva.
—¡¿Y se les ocurrió que lo mejor era mentirle y meterla a la vida de su hermana muerta?! ¿Qué tipo de monstruos son?
—¡No hables así! —interrumpió el padre, golpeando la mesa con la palma—. Tú no entiendes lo que fue verla postrada, sin alma, sin recuerdos. Pensamos que si le dábamos una identidad estable, podría tener una vida digna. Que nunca recordaría. Que era mejor así.
—¡Ustedes no decidían eso! ¡Ella tenía derecho a saber! —gritó Sofía, con lágrimas ahora corriéndole por las mejillas—. Toda su vida ha sido una mentira. ¿Y saben qué es lo peor? Yo fui cómplice. Me quedé callada. Tenía miedo… de perderla de nuevo.
Su madre se tapó la boca, llorando en silencio.
—Pensé que estábamos haciendo lo correcto… —murmuró entre sollozos.
—Lo correcto hubiera sido amar a sus hijas sin jugar a ser Dios —dijo Sofía, con la voz rota.
Hubo un instante de vacío. Solo respiraciones cortadas. Lágrimas mudas.
—Ella lo sabe —añadió Sofía, finalmente—. Sabe que no es Nari. Que su verdadero nombre es Samantha. Y está empezando a recordar.
El padre alzó la vista, pálido.
—Entonces… todo se va a desmoronar.
—No —dijo Sofía con firmeza—. Ahora sí está empezando a vivir de verdad.
Se levantó, recogió su bolso, y se fue sin mirar atrás.
Era tarde. La lluvia comenzaba a caer con la suavidad de un susurro en el asfalto.
Nari caminaba sola por una de las calles del centro de Seúl. Había salido sin decir nada. Necesitaba aire, espacio, una pausa. Su mente era un caos… recuerdos que se entrelazaban, nombres que ya no sabía si eran suyos o prestados.
Samantha. Nari. ¿Y ahora quién demonios era?
Se detuvo frente a una vitrina de libros antiguos. Ahí, entre el reflejo del vidrio y la lluvia, lo vio.
Parado del otro lado de la calle.
Inconfundible.
El abrigo n***o. El cabello un poco más largo.
Los ojos que siempre la habían mirado como si supieran más de lo que ella misma entendía.
—…Daniel —susurró, sin creérselo.
Él cruzó la calle, ignorando el tráfico. Como si el mundo no existiera. Como si solo importara ella.
—Hola, Sammy.
Ese nombre la atravesó como un rayo. Solo él la llamaba así. Desde que eran niños.
Ella se quedó inmóvil. La lluvia le empapaba la chaqueta, pero no podía moverse.
—No puede ser —dijo, dando un paso atrás—. ¿Qué haces aquí?
Daniel sonrió. Un poco más triste, un poco más maduro.
—Vi tu foto en una revista. No me importó nada. Tomé un vuelo. Tenía que verte.
—¿Después de tantos años? ¿Así de simple?
—No. Nada de esto es simple. —Se acercó más, lento, sin invadir—. Pero no podía quedarme sabiendo que estabas viva. Que… seguías confundida. Que todo ese infierno no terminó cuando creímos.
Nari parpadeó. Sentía su corazón latirle en la garganta.
—¿Sabías lo del accidente?
—Sabía que algo no encajaba. Me lo dijo tu madre… antes de que muriera. Me dijo que “una de ustedes tendría que cargar con la vida de la otra”. No entendí nada hasta ahora.
Ella se cubrió la boca. Temblaba.
—Daniel… yo no sé quién soy. No sé si soy Nari o Samantha. No sé qué recordar, a quién amar, a quién odiar. Estoy… rota.
—No lo estás. Estás reencontrándote. —La tomó suavemente de los hombros—. Y no pienso dejarte sola en eso.
Ella lo miró a los ojos. Los mismos de su infancia. Los que alguna vez fueron su hogar.
—¿Aún me reconoces?
—Siempre lo hice, Sammy. Solo que ahora… es tu turno de reconocerte a ti misma.
Y por primera vez en mucho tiempo, Nari —o Samantha— se permitió llorar frente a alguien que no intentaba arreglarla, sino simplemente… estar ahí.
Liam no había dormido bien.
Desde que Nari salió esa tarde sin decir palabra, algo dentro de él se removía con inquietud. Tenía ese presentimiento amargo, el que solía tener antes de una mala noticia.
Revisó su teléfono por décima vez. Nada. Ni un mensaje.
Hasta que, al fin, uno llegó. No de ella.
De Soe.
“La vi. Estaba en el centro. No estaba sola. Estaba con un tipo… alto, moreno, abrigo n***o. Parecía extranjero. ¿Todo bien?”
El corazón de Liam se detuvo. Era como si el nombre ya estuviera grabado en su mente sin necesidad de escucharlo:
Daniel.
El Daniel del que ella le había hablado alguna vez, con una mezcla de ternura, nostalgia y vacío.
El primer amor que nunca cerró del todo.
El fantasma que él siempre temió.
Sin pensarlo, se puso los zapatos, tomó las llaves y salió a buscarla.
Necesitaba verla. Necesitaba entender.
La encontró en un parque cerca del río Han.
Nari estaba sentada en una banca. A su lado, Daniel.
Riendo. Tranquilos.
Como si el mundo tuviera sentido otra vez.
Liam se quedó quieto, a unos metros, sin ser visto.
No escuchaba lo que decían, pero la imagen le bastaba.
La forma en que Daniel la miraba.
La forma en que ella lo dejaba mirarla así.
Su mandíbula se tensó.
Podía irse. Fingir que no lo vio. Ser el “novio comprensivo”.
O podía ir y hacer lo que sentía.
Eligió lo segundo.
—¿Interrumpo algo?
La voz de Liam cortó el aire como una hoja filosa.
Nari se giró, sorprendida.
—¡Liam! Yo… no esperaba…
—Se nota. —Su mirada fue directamente hacia Daniel—. Vos debés ser el famoso Daniel.
Daniel se levantó con calma.
—Y vos debés ser Liam.
El aire entre ellos se volvió denso.
Dos hombres que sabían exactamente quién era el otro.
—Nari no me había contado que ya se había reencontrado con vos —dijo Liam, cruzado de brazos—. ¿Fue muy emotivo?
—Más de lo que imaginás —respondió Daniel, sin pestañear—. Ella necesitaba respuestas. Y yo también.
—¿Y ahora qué? ¿Pensás quedarte?
—¿Eso te preocupa?
Liam sonrió, pero no era una sonrisa amable.
—Lo que me preocupa es que ella empiece a dudar de todo de nuevo. De su pasado. De quién es. De lo que sentimos.
Nari intervino, poniéndose entre ellos.
—¡Basta! Los dos. No vine aquí para esto. No necesito que peleen por mí como si fuera un trofeo.
Liam la miró.
—No sos un trofeo. Sos mi mundo. Y me duele ver cómo ese mundo tiembla cada vez que él aparece.
Daniel bajó la mirada, entendiendo más de lo que dijo.
Nari respiró hondo.
—Yo… necesito tiempo. Para ordenar lo que siento. Lo que sé. Lo que soy.
Liam asintió, con dolor en la voz.
—Tómalo. Pero solo recordá algo, Nari…
Se acercó y le tomó suavemente la mano.
—Yo te elegí con todo lo que sos. Con tu pasado. Con tu confusión. Con tus cicatrices. Y lo haría mil veces más.
Ella no pudo decir nada.
Solo lo vio alejarse, sabiendo que con cada paso, Liam estaba luchando contra sus propios demonios.