Volvió a su departamento sola.
Había dejado a Daniel en el parque, sin muchas palabras. Liam se había ido con el corazón hecho un nudo y ella… ella no estaba segura de qué parte de sí misma se había ido también.
Cerró la puerta. Silencio.
El eco de los pasos, el abrigo colgado donde lo había dejado esa mañana, su cámara olvidada sobre el sofá. Todo seguía igual.
Excepto ella.
Se dejó caer en el piso, con la espalda contra la pared.
Respiró hondo. Otra vez. Otra más.
Y entonces se lo preguntó.
—¿Quién soy?
¿Song Nari?
¿Samantha Johnson?
¿La chica que amó a Daniel en otro continente o la que eligió a Liam entre luces, escándalos y memorias fragmentadas?
Nada tenía una forma definida.
Sus manos temblaron cuando tomó el cuaderno donde solía escribir, uno que no había tocado en semanas.
Lo abrió.
Y empezó a anotar:
“Tengo dos nombres.
Dos países.
Dos historias.
Y un solo corazón dividido.
Daniel representa el inicio. La inocencia, la primera vez que sentí que pertenecía a algo.
Liam es el ahora. El caos hermoso. La calma en medio de la tormenta.
¿Y si no puedo elegir?
¿Y si ninguno de los dos me salva porque aún no sé cómo salvarme a mí misma?”
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Ya no eran por Liam.
Ni por Daniel.
Era por ella.
Porque por primera vez entendía que su mayor conflicto no era el amor, sino la raíz misma de su existencia.
Una identidad reconstruida a partir de heridas, olvidos y decisiones ajenas.
Se levantó. Fue al espejo.
Se observó en silencio.
—Nari… Samantha… ¿Qué vas a hacer ahora?
Se limpió las lágrimas.
Y por primera vez, sin huir, dijo en voz alta:
—Voy a descubrir quién soy. Sin importar a quién lastime en el proceso.
No podía dormir.
No después de escribir aquello, no después de mirar al espejo y ver en su reflejo más dudas que certezas.
Así que, sin pensarlo mucho, se puso un abrigo, agarró su bolso, las llaves… y bajó al sótano del edificio donde había guardado unas cajas desde que se mudó a Corea.
Cajas que nadie más había abierto.
Cajas con nombre propio: Samantha J.
Encendió la luz del depósito, y el olor a polvo y encierro la golpeó.
Abrió la primera caja. Ropa. Una bufanda que le había tejido su abuela en Australia. Fotografías. Una postal de Bondi Beach.
La segunda: su antigua cámara rota, boletines del colegio, una libreta de apuntes con garabatos sobre composición de imagen y exposición.
—Vamos, tiene que estar aquí… —susurró.
Entonces, debajo de una carpeta de cuero n***o, apareció.
Un sobre manila. Su nombre completo.
“Samantha Elizabeth Johnson”
Adentro:
Su pasaporte australiano.
Certificados de nacimiento.
Un expediente médico con palabras borrosas y resaltadas: “adopción parcial”, “separación neonatal”, “paciente N. Johnson”.
—¿Qué…? —susurró, con la piel erizándosele.
Había un nombre más, tachado a mano con tinta roja:
“Song Nari / Johnson”
Y debajo, otra línea con letra médica ilegible.
Empezó a sacar todo frenéticamente. Encontró una carta. La reconoció al instante: la letra de su madre.
“Si estás leyendo esto, es porque ya nada puede seguir oculto.”
“Tú y Nari fueron parte de algo que no debió pasar. Algo que aceptamos por miedo. Nacieron juntas, pero fueron separadas bajo una decisión médica y política. Nos prometieron que sería lo mejor… para una de ustedes.”
Las manos de Nari temblaban.
“Siempre creímos que podríamos protegerlas, pero la verdad es que vivimos con miedo a que lo descubrieras.”
“Perdón. No fuimos fuertes. Y ahora estás sola buscando verdades que merecías saber desde el inicio.”
Ella no supo si llorar o gritar.
La verdad no era un golpe: era una colección de fragmentos, informes, palabras escondidas, decisiones tomadas por otros.
Y ahora, todo estaba en sus manos.
Cerró el sobre.
Apagó la luz del sótano.
Subió de nuevo, esta vez sin temblar.
Había pasado de víctima a protagonista.
Ya no era solo Nari.
Era Samantha reconstruyendo su historia.
Una pieza a la vez.
Nari no durmió esa noche.
Y Liam tampoco.
El timbre sonó cerca del amanecer.
Cuando abrió la puerta, la encontró con el rostro frío, serio. Tenía el sobre en la mano. Ni lágrimas, ni sonrisas. Solo esa calma extraña que precede al huracán.
—Necesito que veas esto —dijo, sin más.
Liam la dejó entrar. No preguntó. Solo la acompañó al sofá donde se sentaron sin música, sin luz artificial, sin palabras.
Nari abrió el sobre y puso cada hoja frente a él.
Su pasaporte. Los certificados.
La carta.
Él leyó todo en silencio, página por página.
Sus cejas se fruncieron al encontrar su nombre y el de Nari en documentos médicos.
Su mandíbula se tensó al ver la palabra “adopción”.
Pero no habló. Solo cuando llegó a la carta de la madre, sus ojos se llenaron de algo más profundo.
—Entonces… tú no solo fuiste “adoptada”… —murmuró, con la voz apenas audible.
—No. Me escondieron. Me dividieron. A Sofía también.
—Dios, Nari… —Liam apretó el puente de su nariz—. ¿Cómo… cómo es que nadie te dijo esto antes?
—Porque no querían que lo supiera. No querían que yo eligiera.
Ni siquiera sabía que podía elegir.
Ella lo miró. Por primera vez desde su pelea, desde aquel accidente, desde Daniel… lo miró de frente.
—Liam… quiero que sepas que esto no cambia lo que siento. Pero sí cambia quién soy.
Él tragó saliva, dejando los papeles sobre la mesa.
Se acercó.
Le tomó la mano.
—No necesito que sigas siendo la Nari que conocí… —susurró—. Solo necesito que sigas siendo tú. Aunque tengas que reconstruirte, aunque cambie todo.
Porque te amo. Porque siempre fuiste tú, Samantha o Nari.
Ella cerró los ojos. Una lágrima, al fin, escapó.
—Gracias por no tener miedo.
—Tengo miedo —respondió él con una sonrisa triste—. Pero tengo más miedo de perderte por no estar aquí.
Ella apoyó su frente en la de él.
No se besaron. No hacía falta.
Había un lazo más fuerte: la verdad compartida.
Y justo cuando Nari pensó que el día apenas empezaba…
el celular vibró.
Un mensaje.
Número desconocido.
Solo dos palabras:
“Sabía todo.”
Y una ubicación.