CAPÍTULO 31

1248 Words
El reflejo en el espejo era cada vez más ajeno. Nari pasaba sus dedos por el borde del tocador, como si en ese mueble antiguo pudieran esconderse respuestas. Había algo en su rostro —esa forma tan particular de mirar, de arrugar la frente cuando pensaba demasiado— que ya no sentía suyo. Como si lo hubiera visto en otra persona. En otro cuerpo. En otra vida. Desde hace semanas, las piezas no encajaban. Había memorias sueltas, emociones sin dueño, palabras familiares que no recordaba haber dicho. Y desde aquella conversación incómoda con Mike, su mundo había dejado de sentirse real. —¿Qué estás escondiendo? —susurró, mirando la vieja fotografía enmarcada de ella con sus padres. Algo no cuadraba. Ese día, mientras todos pensaban que se encontraba en una grabación fuera de la ciudad, Nari volvió a la casa familiar. Necesitaba respuestas. La habitación del estudio estaba cerrada con llave, pero sabía dónde el señor Song escondía la copia. Siempre había sido meticuloso, predecible. Justo detrás del marco del calendario lunar, la encontró. Abrió la puerta. Un leve crujido en el piso fue lo único que se atrevió a protestar. Archivos. Documentos antiguos. Carpetas de universidad, exámenes médicos. Nada parecía fuera de lugar… hasta que, entre dos libros gruesos sobre psicología infantil, una carpeta gris atrajo su atención. Polvo. Olvido. Se notaba que alguien había querido esconderla, no organizarla. La sacó. En la portada: "Proyecto GEMINI – Sujeto 021A / 021B" El corazón de Nari latió con fuerza. Sus dedos sudaban. Dentro, encontró un certificado de nacimiento. Nombre: Samantha Johnson. Nacionalidad: australiana. Debajo: Song Nari, nacionalidad: coreana. Fecha de nacimiento: la misma. —No puede ser… Siguió leyendo. "Separadas al nacer bajo autorización experimental. Padres informados. Fundación NEXUS. Propósito: estudio de desarrollo gemelar bajo condiciones culturales divergentes." Había más: informes médicos, fotografías, mapas genéticos. Todo lo que había soñado o imaginado… estaba ahí. La confusión. Los destellos de otro idioma. Las memorias que no encajaban. Todo tenía sentido. —Samantha… soy yo. —Lo dijo en voz alta. Pero el eco la golpeó como una sentencia. Nari —Samantha— cayó sentada al borde del escritorio. Las lágrimas no salieron. No aún. Estaba demasiado impactada. Y entonces, un pensamiento oscuro cruzó su mente: ¿Liam lo sabía? Lo conocía demasiado bien. Su cercanía. Su miedo a hablar del pasado. Su culpa… ¿era por esto? Cerró la carpeta, temblando. Ya no había vuelta atrás. Nari camina bajo la lluvia, sin paraguas. Tiene la mochila colgada al hombro y la mirada perdida. Pasa por el café donde conoció a Jiwoo. Pasa por el parque donde Liam le confesó su amor. Saca el celular. Mira una foto de ellos dos. Ella sonriente. Él besándole la frente. Pero ahora, nada parece real. —¿Desde cuándo me mentiste… Liam? Susurra, mientras el cielo se quiebra sobre su cabeza. Liam estaba en su departamento, repasando el guion para la próxima grabación. El sonido de la lluvia golpeando las ventanas le daba cierto confort. Pero algo dentro de él no se calmaba. Sabía que tarde o temprano, la verdad iba a encontrar el camino. —Toc, toc. Un golpe seco en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Se levantó, sin imaginar que al abrir, se encontraría con ella: empapada, con el cabello pegado a la cara, temblando… pero con los ojos más despiertos que nunca. —Nari… —murmuró, sorprendido— ¿Estás bien? ¿Qué te pasó? Ella no respondió. Entró sin pedir permiso. —Cierra la puerta —dijo con voz firme. Liam obedeció, sintiendo un escalofrío que no venía del clima. —¿Dónde está? —preguntó ella, con los ojos fijos en él. —¿Qué… qué cosa? —La verdad, Liam. Él retrocedió un paso. Sabía que no se trataba de una metáfora. —Encontré la carpeta. La del Proyecto Gemini. Encontré mi nombre real. Samantha Johnson. Y el de ella… Song Nari. Mi hermana gemela. El silencio fue inmediato. Solo la lluvia se atrevió a hablar. Liam bajó la mirada. —Entonces… ya lo sabes. Nari soltó una risa amarga, dolida. —¿Desde cuándo? Liam tragó saliva. Las palabras le pesaban como piedras en la garganta. —Desde el accidente. Desde que entraste al hospital y te confundieron con Nari. Tus pruebas de ADN no coincidían del todo… Mike empezó a investigar. Tu forma de hablar, tu comportamiento. No eras ella, pero tampoco eras una desconocida. —¿Y decidiste callarlo? —Tenía miedo —dijo, alzando la voz—. ¡Te acababan de operar! Estabas confundida, vulnerable… Y cuando empezaste a recuperar recuerdos… me di cuenta de que lo mejor era no decir nada. Que si te sentías feliz, protegida… era suficiente. —¿Suficiente para ti o para mí? Liam la miró. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero ella estaba hecha de fuego ahora. No lloraba. No aún. —Me dejaste vivir una vida que no era mía. Me dejaste amar a personas que creían que era otra. Y lo peor… me hiciste pensar que estaba rota, que estaba loca, que mis recuerdos eran inventados. —¡Yo te amaba, Nari! ¡Samantha, lo que sea! ¡Te amo ahora! Y si tuviera que callar otra vez por protegerte… lo haría. Un golpe seco. Nari le lanzó la carpeta a los pies. —No necesito que me protejas, Liam. Necesito que confíes en mí. Que me respetes. Y eso… ya no lo hiciste. El silencio volvió. —¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó él, apenas audible. Nari lo miró por última vez. —Lo que Samantha Johnson habría hecho desde el principio. Descubrir toda la verdad… sin mentiras. Y sin decir más, se fue. Dejándolo ahí, solo, con la tormenta por dentro y por fuera. 📼 Flashback – Año 2005. Laboratorio del Instituto Kronos. —¿Están seguros de lo que están haciendo? —preguntó la doctora Lee, mirando a la pareja frente a ella. Ambos tomaban sus manos con fuerza, como si soltar ese lazo pudiera quebrarlos. —No queremos esto —dijo la mujer, con voz temblorosa—. Son nuestras hijas. No... no es justo. —Ustedes firmaron el consentimiento —replicó un hombre de bata blanca, con voz áspera—. El Proyecto Gemini necesita concluirse. Nari y Samantha son las únicas compatibles. El padre, rígido, alzó la mirada. —Dijeron que era un programa de salud genética. Nos engañaron. —Lo que sus hijas pueden aportar al futuro de la medicina... —empezó el científico, pero la madre lo interrumpió. —¡No son un experimento! Son niñas. Son mis niñas… —Podemos ofrecer algo más. Protección. Una vida digna para ambas. A una la criará una familia en Corea. La otra, en Australia. Separadas… pero vivas. El padre bajó la mirada. No había salida. —Y… ¿nunca podrán encontrarse? —No, si todo sale como debe. Silencio. La madre asintió, con lágrimas en los ojos. —Entonces... que se lleven a Nari. Pero prométanme algo… —Lo que sea —respondió la doctora Lee. —No les quiten la posibilidad de recordar. No borren sus memorias por completo. —Eso no depende de nosotros —murmuró la doctora. Y así, las separaron. Una en brazos de una familia coreana. Otra, durmiendo en un avión rumbo a Australia. Ambas con los mismos ojos. Con la misma cicatriz en el hombro izquierdo. Y un vacío invisible que las acompañaría toda la vida.
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